Tenía razón Heine cuando dijo que la palabra “patria” electriza a las masas confusas mucho más que las palabras “humanidad”, “razón” o “verdad”, quizá por parecerles un tanto abstractas, huidizas y nada proclives al sentimentalismo.

 

Por: Jaime Fernández

En una entrevista reciente el poeta y catedrático de Literatura española Guillermo Carnero (Valencia, 1947) decía que la decadencia de la cultura es un hecho verdaderamente sorprendente si se recuerda que hace tan solo un siglo en un cuarto de oficiales de cualquier ejército de la Primera Guerra Mundial se podía hacer un concurso para ver quién escribía un poema en griego más deprisa. Carnero afirmaba además que estamos “en un corte cultural como el del siglo V, a punto de perder la cultura, echarla por la borda”, y advertía de la existencia de “toda una red de infracultura que se alimenta de sí misma y que no quiere saber nada de la cultura en el sentido tradicional porque le parece elitista, minoritaria y compleja”.

Los historiadores coinciden en la desgracia irreparable que representó la pérdida de miles de jóvenes talentosos y con una formación de primer nivel en los frentes bélicos esparcidos por Europa entre 1914 y 1918. Aquella guerra fue una especie de suicidio de la vieja cultura europea.

Guillermo Carnero

Sin embargo, el ejemplo citado por Guillermo Carnero merece ser matizado. Por sus propios testimonios, sabemos que casi todos aquellos jóvenes cultivados fueron a la guerra espoleados por el entusiasmo patriótico, sucumbiendo a la propaganda chovinista difundida por los gobiernos de sus respectivos países y por los periódicos. El dramaturgo Carl Zuckmayer recordó que en agosto de 1914 los chicos de su generación acogieron la noticia del estallido de la contienda “con un júbilo indómito, como si se nos liberase de la duda”. Los conocimientos de las lenguas clásicas, de historia, filosofía y literatura no les sirvieron para protegerse de la peste nacionalista que se propagó por Europa y cuyas consecuencias fueron desastrosas.

En el otro extremo estaban los soldados rusos que combatieron en el frente oriental. La mayoría provenía del mundo campesino. Analfabetos, alejados de la vida urbana, no leían periódicos, por lo que se libraron del virus nacionalista que había contaminado a tantos jóvenes cultos de los países occidentales. Lejos de identificarse con la causa patriótica por la que su gobierno les obligaba a luchar y a morir, no odiaban al enemigo, al contrario, admiraban a los alemanes por la cultura de la que ellos carecían, aunque les pareciesen rencorosos y vengativos.

Carl Zuckmayer con el uniforme de soldado del ejército alemán.

En la Grecia clásica y la Antigua Roma se denominaba bárbaros a los pueblos extranjeros que ignoraban su lengua y costumbres. Bárbaros eran los otros. Influidos por la leyenda histórica y el cliché, siempre se pensó que los bárbaros venían de fuera, que eran gentes no solo extrañas a la refinada civilización sino dispuestas a destruirla sin contemplaciones. Resulta mucho más fácil imaginar algo inexistente, al amparo de la idea recibida que lo pinta con colores exóticos, que ver lo que ya existe, y que por el mero hecho de existir ni se cuestiona, aunque las diferencias que los separan sean insignificantes en la práctica.

En la historia moderna, la Guerra de 1914 desbarató la leyenda de los bárbaros foráneos, descendientes de los remotos vándalos. Entonces la barbarie no vino de fuera, de otro continente, de otra mentalidad. Tampoco del proletariado, el estamento social que, por sus precarias condiciones materiales y laborales, tenía motivos suficientes para sublevarse contra los poderes establecidos y al que, a pesar de los derechos conquistados, buena parte de la burguesía observaba con desconfianza.

En El mundo de ayer Stefan Zweig cuenta que, tras el ascenso al poder de los socialistas en Austria y ante la primera manifestación callejera del Primero de Mayo en Viena, el terror se apoderó de la burguesía liberal. La palabra “socialista” tenía en Alemania y en Austria “algo de nimbo sangriento y terrorífico que antaño tuvo el término ‘jacobino’ y más tarde el de ‘bolchevique’”. Se temía que las “hordas rojas” marcharan desde los suburbios incendiando casas, saqueando tiendas y cometiendo toda clase de atrocidades. Por supuesto, no sucedió nada.

Primera edición en alemán y en inglés de “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig.

Pero no fueron las hordas rojas venidas del este las que pocos años después de la guerra destruyeron la democracia, implantaron regímenes totalitarios, a imagen y semejanza del imperante en la URSS, y, finalmente, desencadenaron la Segunda Guerra Mundial en 1939, sino las facciones nacionalistas de extrema derecha que se hicieron con el poder primero en Italia y luego en Alemania, esgrimiendo el miedo al comunismo soviético y promesas de expansión imperialista.

La barbarie se fraguó en el corazón de Europa, en el estamento que, además de gobernar los países, encabezaba el progreso económico, tecnológico y cultural y que se jactaba de sus aciertos. El éxito del narcisismo nacional promovido por la burguesía radicaba en su virtualidad para derribar las barreras que normalmente en tiempos de paz separan a las clases sociales, para regocijo de desclasados idiotizados por los panfletos políticos de baja estofa que circulaban en la época, como el joven Hitler.

Según confesó posteriormente, aquel 2 de agosto de 1914 en que el gobierno alemán proclamó la entrada del Reich en la guerra, lloró emocionado, mientras compartía la noticia con una multitud eufórica en las calles de Múnich ¡Todos por la patria! Todos por la barbarie. Tenía razón Heine cuando dijo que la palabra “patria” electriza a las masas confusas mucho más que las palabras “humanidad”, “razón” o “verdad”, quizá por parecerles un tanto abstractas, huidizas y nada proclives al sentimentalismo.

Heinrich Heine (1831), retratado por Moritz Daniel Oppenheim.

Algunos de los excombatientes con un rico bagaje cultural que al principio se dejaron seducir por los cantos de sirena del chovinismo, narraron en sus libros los horrores de la guerra. La cruel experiencia en las trincheras les abrió los ojos. Aunque su sólida formación humanística no les previno de los peligros que entrañó su apuesta por el nacionalismo, luego habría de servirles para abominar de esta ideología, asimilar el duro aprendizaje y desmenuzarlo con lucidez. A veces el conocimiento no nos ayuda a escapar de las trampas que nos tendemos, pero sí a averiguar las causas por las que caímos en ellas.

Desgraciadamente, sus libros no actuaron de cortafuegos ante la nueva oleada nacionalista que se desató en Europa occidental en los años veinte, inducida por el temor al comunismo y la crisis económica de 1929. Legiones de intelectuales y artistas se alistaron a los ejércitos de los dos grandes bloques ideológicos en liza, bien como compañeros de viaje o como militantes entusiastas. Unos y otros demostraron no haber aprendido nada de su propia experiencia ni de los testimonios escritos de sus contemporáneos.

Fotografía de soldados de la Legión Checa en la Primera Guerra Mundial.

En la Alemania nazi se repitió la historia: jóvenes dotados con una excelente formación humanística sucumbieron al supremacismo criminal. El odio inoculado por la ideología hitleriana llevó a muchos de ellos a participar activamente en las masacres durante la guerra de 1939. Tampoco en esta ocasión la cultura humanística les sirvió para protegerse del veneno de la propaganda, una lacra que a lo largo del siglo XX tuvo unos efectos letales y que en el nuevo siglo continúa su curso por unos derroteros aparentemente menos nocivos pero igual de estériles para el pensamiento individual.

¿De qué sirve entonces el saber humanístico si no frena una pasión tan mezquina como el chovinismo? ¿Dónde está la razón que se presupone a ese saber? Aunque las respuestas a estas preguntas son variadas y complejas, podemos rastrear una de ellas nada menos que en el siglo XVIII. Su autor fue Georg Christoph Lichtenberg, un alemán ilustrado, profesor de Física en la Universidad de Gotinga, pero crítico tanto con las lumières como con el sentimentalismo que cultivaban los jóvenes poetas alemanes.

Lichtenberg

Georg Christoph Lichtenberg.

Su respuesta se resume en un oxímoron: “barbarie ilustrada”. Se refería a la “docta ignorancia” que, en su opinión, estaba conduciendo a Alemania el exceso de lectura y de libros (“Das viele Lesen hat uns eine gelehrte Barbarei zugezogen”, “La mucha lectura nos ha brindado una barbarie ilustrada”). Lichtenberg pensaba además que leer mucho vuelve al lector soberbio y pedante y hace que se aferre a una sola idea.

Esa Alemania era la misma a la que Madame de Staël le dedicó un célebre ensayo en el que acuñó el latiguillo de “pueblo de pensadores y poetas”. Menos mal que ahí estaba Heine, en su sempiterno exilio francés, para recordar en el poemario Alemania, un cuento de invierno que si, a falta de tierras y mares, el pueblo alemán ejercía un domino indiscutible en el aéreo reino del sueño, bajo sus pies se agitaban los fantasmas, un magma del que emanaban “repugnantes olores premonitorios”.

Madame de Staël retratada por Vladimir Borovikovsky.

Dos siglos después, la barbarie ilustrada que desenmascaró Lichtenberg abanderaba en Alemania una idea única y excluyente y los repugnantes olores premonitorios degeneraron en una fetidez vomitiva. Para demostrarlo empezó quemando libros bajo las órdenes de un doctor en Filología germánica, el ministro nazi “para la Ilustración Pública” Joseph Goebbels. Como también profetizó Heine, aquellos infames autos de fe desembocaron en la quema masiva de personas en los campos de la muerte entre 1939 y 1945. La vecindad de la barbarie y la ilustración tuvo en la Alemania nazi un símbolo insuperable: el campo de concentración de Buchenwald distaba a ocho kilómetros de Weimar, la ciudad de Goethe que se asocia a la pléyade de pensadores y artistas más celebrados de la época clásica.

La “barbarie ilustrada” señalada por Lichtenberg es coetánea de la inquietante observación que a principios del siglo XIX formuló el ensayista y crítico británico William Hazlitt, cuando advirtió que la literatura puede alejar a los lectores del mundo real, hasta el punto de sentir indiferencia ante éste. Ya lo había dicho Coleridge:

“La poesía estimula en nosotros sentimientos artificiales y nos hace insensibles a los verdaderos”.

Puerta de entrada al campo de concentración de Buchenwald.

George Steiner ha abundado en este peligro, que además hace extensivo a los novelistas, al comentar que pueden permanecer insensibles ante el dolor ajeno que gime detrás de la puerta de su estudio mientras describen el sufrimiento de sus personajes.  Al hilo de esta observación, ha planteado una pregunta de respuesta compleja: “¿Cómo es posible tocar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar al mediodía?”, recordando que algunos de los comandantes de los campos de la muerte se sentaban al piano tras ordenar una masacre.

En su poema Esperando a los bárbaros, Cavafis imaginó la inminente llegada de éstos a Roma ante la pasividad de las autoridades. Hasta el emperador se ha sentado junto a la puerta principal de la ciudad, ciñendo su corona, para recibir al jefe de los bárbaros. Pero éstos no llegaron jamás porque ni siquiera existían. ¿Qué iba a ser de ellos sin los bárbaros? Pues bien, nosotros no necesitamos esperar la llegada de los bárbaros: los llevamos dentro, están a nuestro lado, alrededor, en los instintos autodestructivos de los que dimos muestras en el siglo XX y que en el nuevo siglo adoptan formas menos agresivas.

Constantinos Cavafis

Parece que cada época cultiva su barbarie ilustrada. En 1930 Ortega y Gasset arremetió contra la “barbarie del especialismo”, definiendo al especialista como alguien que “sabe muy bien su mínimo rincón de universo, pero ignora de raíz todo el resto”. Lo peor es que, al sentirse satisfecho dentro de su limitación,

“esta misma sensación íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar fuera de su especialidad”.

Así que cuando tiene que pensar y juzgar sobre política, arte, religión o los problemas generales de la vida y del mundo, incurre en la estupidez característica del hombre masa. Esta actitud lo convierte en “un primitivo, un bárbaro moderno”, que conoce sólo una ciencia determinada y de ésta, una pequeña porción. Eso sí, no duda en tildar de diletantes a quienes sienten curiosidad por el conjunto del saber.

Retrato de José Ortega y Gasset, por Ignacio Zuloaga

Nadie cuestiona la necesidad de la especialización en las ciencias experimentales, por supuesto. Pero ésta resulta dañina para las disciplinas humanísticas, como la filosofía, la literatura y la historia. Parcelando el conocimiento se impide el acceso a una perspectiva amplia y, por tanto, a una visión de conjunto, con lo cual se corre el riesgo de constreñir el juicio a la propia especialidad. De ahí a su burocratización no hay más que un paso. Jürgen Habermas ha subrayado que, en el caso de la filosofía, el especialismo es un callejón sin salida, porque esta materia

“debería tratar de explicar la totalidad, contribuir a la explicación racional de nuestra manera de entendernos a nosotros mismos y al mundo”.

Jürgen Habermas

Aunque renueve su vestuario para adaptarse a su tiempo, la barbarie acostumbra a envolverse en la capa del utilitarismo romo, que sólo atiende a los hechos y a los datos. Ya Dickens caricaturizó al prototipo de hombre “eminentemente práctico” en el personaje de Thomas Gradgrind, el gélido administrador escolar de su novela Tiempos difíciles, quien desdeña la imaginación y lo remite todo a los hechos y a los números.

Este utilitarismo insensible, que presume de racional, no oculta su desprecio hacia la vida del espíritu, tachándola de superflua por indemostrable y confusa. Coherente con su desconfianza en todo cuanto no pueda demostrarse, recela de la incertidumbre asociada a la discusión especulativa, rechazando tajantemente la duda por considerarla inútil. Mientras se duda, no se hace nada y la duda misma nunca produce hechos. Es impotente. Si acaso, engendrará nuevas dudas.

Thomas Gradgrind, por el ilustrador Sol Eytinge (1867).

Barbarie ilustrada es también la conversión de los libros y obras de arte en objetos equiparables a los que se fabrican con procedimientos industriales y se compran y se venden en sus respectivos mercados. De ahí que en la jerga sectorial se diga “el mercado del libro” y “el mercado del arte”, y que en este último se use con frecuencia el verbo cotizar, hurtado del mercado bursátil, para referirse a las obras artísticas de nueva creación. Pero es en el cine donde los propios cineastas y críticos no tienen reparos en calificar de “industria” al hasta hace poco considerado séptimo arte.

En los mismos años en que Ortega y Gasset desenmascaraba la barbarie del especialismo, Aldoux Huxley alertaba de la frenética producción de libros, con el consiguiente peligro de sacrificar la calidad de la lectura a la cantidad. Si se lee demasiado y demasiado rápido no se estará en condiciones de juzgar lo leído. Su pronóstico era que a ese ritmo de producción la cultura acabaría enterrada bajo una avalancha de libros. A día de hoy el problema no ha hecho más que agravarse. Basta con entrar en cualquier librería, donde las novedades se suceden a un ritmo trepidante, sin que el propio circuito comercial pueda asimilarlas.

Algo hay de barbarie en juzgar las obras de arte y los libros de los autores clásicos con criterios exclusivamente sociológicos y culturalistas, como si fuesen contemporáneas, censurándolas incluso por no ajustarse a las reivindicaciones identitarias del presente. En vez de leer para salir de sí mismos, esta clase de lectores lee para reafirmarse en lo que de todos modos ya son.

Aldous Huxley

Es también barbarie hablar y escribir en una lengua zarrapastrosa, aun cuando se tengan conocimientos suficientes para hacer un uso correcto del lenguaje, o el goteo constante de eufemismos, frases hechas y clichés que expanden los medios de comunicación, como si fuesen loros mecánicos. Un lenguaje pobre y corrompido sólo conduce a un pensamiento enclenque, que aprovecharán los desalmados de turno para colar sus falsedades e ideas rastreras.

Se aprecian indicios de barbarie en las políticas educativas que, en nombre de la igualdad, rebajan deliberadamente el nivel académico en los planes de estudios, perjudicando a aquellos estudiantes a los que se pretende beneficiar, los más desfavorecidos, para quienes el centro de enseñanza es el único lugar que les garantiza el acceso a conocimientos y recursos culturales.

No menos bárbara es la marginación de la literatura -que enseña a leer-, de la filosofía -que enseña a pensar-, de la historia- que enseña el pasado-, y de las artes -que pretenden despertar la sensibilidad estética-, con la excusa de que carecen de utilidad. Todo ello concuerda con el objetivo de convertir las escuelas, liceos y universidades en meros centros de formación profesional. De esta manera la institución escolar, al prescindir de su cometido de “conservar para la humanidad el patrimonio logrado por ella ofreciéndolo continuamente a las nuevas generaciones” (Walter Benjamin), da por hecho que los alumnos interesados en conocer ese patrimonio deberán arreglárselas por su cuenta. Que busquen en Internet y Google, y como ahora viajan tanto, pues que visiten museos. Allá ellos. Au revoir.

Walter Benjamin

Barbarie es también menospreciar la educación escolar y a quienes la imparten, con la excusa de que ahora los alumnos, habituados al uso de las nuevas tecnologías, dominan otros saberes distintos de los que reciben en las escuelas. En su distopía Fahrenheit 451, Ray Bradbury describía una sociedad esclavizada por las pantallas y el consumo de entretenimiento, y donde los libros que leyeron cientos de generaciones a lo largo de los siglos son perseguidos por las autoridades, al igual que sus lectores. Sólo una minoría clandestina sigue en sus trece, negándose a entrar por el aro. Son los únicos que se atreven a defender su individualidad de lectores libres.

A los sesenta y cinco años de la publicación de esta obra, asistimos al declive del lector que confiaba en esos libros, en busca de respuestas y preguntas vitales. Ahora ya no hace falta perseguir a los lectores ni incinerar libros, excepto los destinados al consumo masivo. Ellos mismos van desertando voluntariosamente de la lectura, hipnotizados por la micropantalla del móvil del que no se separan ni durmiendo y bajo los efectos de una expectación adictiva. Ahora la ignorancia ha perdido la vergüenza que mostraba en los viejos tiempos. Es la soberbia de los herederos que pisotean la herencia recibida en nombre de un utilitarismo estúpido y del entretenimiento indefinido.