1984 – 2013: un mundo orwelliano

SIMON BLAIRLa verdad, aquí, deja de ser un juego de contrarios para después encontrar su cauce común y ajeno a toda falacia o superstición. La verdad aquí es una orden, no se cuestiona, no se cambia. Porque cuando se “cambia” nadie se da cuenta y entonces la verdad permanece inmutable.  

A mi amigo Iván Rodrigo García, que me ofreció la lectura de Orwell.

Por: Simón Blair

Comienza otro nuevo día, un hombre se levanta y no tiene razón para enaltec
er ese “se levanta”. Desde el primer momento en que busca sus pantuflas, en que piensa en el café de la mañana, en los panecillos, en las compras, tiene la certeza de que está siendo vigilado. Debe sentir, perdón.

Un paso, dos pasos, cinco pasos recorridos por el embaldosado, fuera de su cama reconfortante, el sitio donde únicamente se puede sentir lo que es estar muerto, o para ser más precisos, abstractos y sumidos en el sueño mortal, pero aliviador.

Allí está, como siempre, desde siempre y para siempre la telepantalla. Un instrumento que vigila, imperecedera, por los siglos, nuestra frágil existencia. Nadie puede sentirse liberado, excusado por su derecho a ser libre, a tener su propia privacidad. Las personas que piensan deben sentir a sus anchas la telepantalla, inmutable. Los proles, seres sin educación, seres que solo necesitan algunos placeres básicos -comida gratis, cine, música empobrecedora- no saben qué es pensar. El uso de la intimidación por medio de pequeñas bombas también hace parte del juego. El Estado, el poder de siempre, el régimen, les alegra la vida con estos placeres que fueron hechos para saciar las ganas de no ser un muerto vivo.  Y ¡oh, paradoja! son ellos, los proles, quienes cambiarán el mundo. 

Una vida completa en servicio demente de un poder establecido. No es demente para el régimen, pues demente no cabe en sus diccionarios y, además, es contraproducente con la verdad, que solo le pertenece al Estado. La verdad, aquí, deja de ser un juego de contrarios para después encontrar su cauce común y ajeno a toda falacia o superstición. La verdad aquí es una orden, no se cuestiona, no se cambia. Porque cuando se “cambia” nadie se da cuenta y entonces la verdad permanece inmutable.

El hombre que comienza su día en este artículo sabe que llegará a su oficina a hacer lo mismo de siempre, porque al menor ataque de locura, o si le da por convertirse en ser humano, la telepantalla explotará de ira y la Policía del Pensamiento lo arrestará. Suprimir y cambiar, en esto se puede resumir su trabajo. Recibe una noticia “verdadera” de hace unos meses que por un motivo cualquiera merece ser cambiaba para que recobre su veracidad de estos días. Para Oceanía – el régimen- la verdad es un asunto del hoy y nunca más; así podríamos traducir el asunto.

Están tan agobiados los trabajadores del Ministerio de la Verdad, que también tragan entero lo que sus mentes y extremidades mecanizadas les piden. O al menos esta es mi hipótesis para semejante contrariedad.

Más paradójico aún es el asunto de los educados e inteligentes, de los que piensan por cuenta propia y en cualquier momento harán de las suyas. Sin embargo, ¿cómo es posible que esto no suceda? ¿Cómo es, entonces, eso de que los proles serán los protagonistas del cambio si siempre están dormidos en sus comodidades nimias?

El problema radica en el pasado. En Oceanía no hay pasado, se ha suprimido de la historia que ya no existe. Los hombres del pasado no existen, se han extinguido. O existen pero ya no son lo que eran: su cerebro fue aspirado voluntariamente. Y la educación de hoy se basa en el absurdo patriotismo, en la indigencia del pensamiento extremadamente servil. En estas pocas palabras podríamos resumir la obra de George Orwell 1984.

Bien, ¿y qué relación tiene esto con lo que últimamente viene pasando en el mundo? Claro, nos referimos al caso de Assange y Snowden.

Gracias a estos dos hombres, nos hemos dado cuenta del gran espionaje mundial que Estados Unidos manejaba y sus enormes capacidades para no dejarle ni un sólo  rincón a esa extraña palabra llamada “privacidad”. Estados Unidos dice que todo el embrollo alrededor del espionaje es un asunto de seguridad, y entonces la privacidad debe ponerse a su servicio. ¿Hasta qué punto es esto cierto? ¿Tiene siquiera un punto? Nos dicen que para lograr el bienestar supremo es necesario sacrificar algunas cosas, que el Estado está para funcionar o garantizar la completa serenidad en la población. Parece un objetivo altruista, demasiado generoso.

Yo aún no he llegado a la conclusión que suscita una reflexión de este calibre; aún no sé qué debe estar por encima de qué y hasta qué punto. Pero puedo escribir algunas conjeturas:

Creo que el asunto debe estar en manos de la población por medio de un referendo, ella es la que debe decidir si quiere estar o no vigilada, si sienten la necesidad de esa “protección” y si saben que no tiene nada que esconder. Pero, grave problema, si la mayoría acepta un sí, ¿qué pasará con esa minoría que dijo que no? Y un gobierno democrático también debe garantizar los mismos derechos a las minorías.

Estados Unidos vigila otros países, pero sin permiso. Otro grave problema. Sabemos de los continuos problemas que ha albergado este país a lo largo de su historia con muchísimos países, tales como Irán, Pakistán, Cuba, la antigua Unión Soviética. Y su delirio frenético de una nueva amenaza los mantiene alerta, por eso vigilan. Están prevenidos contra este o aquel. Son vulnerables. ¿Pero sin permiso, quebrantando las normas constitucionales de otros países, su soberanía? ¿O es una amenaza antigua, de viejos dementes?

En Colombia, por ejemplo, la Constitución Política de 1991 (artículo 15) es defensora íntima de la integridad personal y la considera un derecho inquebrantable: “Todas las personas tienen derecho a su intimidad personal y familiar y a su buen nombre, y el Estado debe respetarlos y hacerlos respetar”

Y viajando a un terreno más cerca de nosotros, nos encontramos con las redes sociales, esas -quizá- telepantallas voluntarias y conscientes. Las personas pueden asumir una posición contradictoria: dicen estar en contra del espionaje, pero publican cuanto se imaginan y hacen. Juan Gabriel Vásquez, en una de sus recientes columnas los llama “los espiados voluntarios”.

Sabemos hoy que casi todo el mundo utiliza estas redes sociales para saber lo que usted ni yo nos podemos imaginar. En la mayoría de empresas, por ejemplo, los reclutadores de empleo las utilizan como un arma potente para saber qué hacen, qué piensan, cómo sienten los posibles trabajadores; si valen o no la pena.

A Orwell se le cumplió la profecía, solo que veinte años después y no con las dimensiones exageradas de su novela. Pero algo es algo, y por pequeñas cosas se empieza.

Winston, el protagonista de la novela, se rebela y la Policía del Pensamiento lo descubre. Es encarcelado y torturado; obligado a cambiar de pensamientos para que pueda morir en paz con el régimen.

Espero que ni a Assange, ni a Snowden les suceda lo mismo, porque si algo verdaderamente extraordinario  hicieron fue revelar la verdad. Y eso ya es demasiado, ellos nos ofrecieron el comienzo de una historia, y nosotros, los protagonistas debemos desvelarla, debemos comprender qué debe estar por encima y qué por debajo. Todo consiste en saber qué nos puede hacer felices y a cambio de qué podemos conseguirlo.

Nota: El viernes 16 de agosto se declaró en Egipto un tal “Viernes de la Ira”. Esto demuestra que cada vez más vivimos en una realidad terrible de novela: solo les faltó cambiarlo por “Viernes del Amor”. Llega una bomba.