Identidades de fábrica: el vino y la poesía

Puede encontrarse mayor vida interior en un ejecutivo, mediado por ciertas estéticas más clásicas, que en una persona llena de formas estridentes.

 

432333_429784537088273_896925543_nPor: Julián Bedoya

Vivimos en el mundo de la necesidad de identificarnos. Eso nace en la adolescencia y cada vez más temprano, y nos acompaña por el resto de nuestras vidas. De ahí nacen toda una serie de instituciones religiosas, artísticas, deportivas, grupos sociales, tribus urbanas, y todas las denominaciones que permitan jugar con el “yo soy” y el”yo gusto de”. Sin embargo, de la necesidad de identificarnos y a su vez, de matricularse en un saco de actitudes y de gustos, nace el cliché, el estereotipo; sea este construido por los medios de comunicación o en contravía.  Me quiero referir entonces no a la elección armónica y profundamente humana de decidir cómo asumirnos, sino a la inscripción, a un adjetivo y a sus exigencias desde el cliché: una ropa, una música, unos gustos, una manera de expresarse. Todo para hacernos merecedores de un adjetivo que nos abra las puertas a lo deseado: prestigio, amistades, amor, sexo y más sexo (un poco Freudiano, pero es así).

En el mundo universitario existen varios adjetivos deseados, pero me llama poderosamente la atención el honroso título de “interesante” y todas las maromas posibles que se puede realizar para obtenerlo, incluso algunas tan odiosas como cosificar y vulgarizar la cultura, utilizándola como elemento ornamental hasta el extremo casi de caricaturizarla.

No tengo ni la más mínima idea sobre de donde salieron tantos códigos de comportamiento, si son las viejas y nuevas películas de cine independiente, el imaginario de Cortázar, las viejas modas de los años 60 y 70, las canciones de protesta o la respuesta espontánea de algunos cuando no caben dentro del estereotipo de popularidad imperante, en fin, especulo nada más. Pero sea cual sea su origen sí se generó todo un modelo: el individuo que ama tomar café o vino,  adora la poesía (de tres o cuatro autores, todos famosos), viaja para tomar fotografías y llenarlas de etiquetas estridentes,razona con citas de grandes escritores en las redes sociales (muchas de ellas falsas, porque no se ha leído el libro), considera que mientras más fusión sea su grupo musical mejor, alardea con la cantidad de libros que compra, intenta ingresar a grupos de teatro (generalmente falla, porque para el teatro se necesita disciplina), usa sombrero,ama a Paris, la música francesa, fuma cigarrillos sin filtro, y demás banalidades.

Naturalmente, ninguna de las cosas mencionadas tiene nada de malo o de nocivo, incluso muchas de ellas (hablo del fondo) son verdaderas delicias para la vida; sin embargo la utilización de la cultura como fetiche, vaciándolas de su contenido, la creación de personalidades homogéneas –hay un ejército de personas interesantes–, la reducción de la construcción intelectual a simples destellos diseñados para impresionar y la exposición tipo vitrina de cada conocimiento y sueño que se posea, con la consecuente pérdida de la intimidad y la sorpresa; le quitan peso específico a una juventud que debe ser, ante todo, crítica y transformadora, reduciendo el placer de adquirir el conocimiento y el usar ciertas prendas, a una relación puramente instrumental, seca, sin vida.

La vibración propia de las almas inquietas no puede medirse bajo ninguna circunstancia, ni por tatuajes, ni por modas. Puede encontrarse mayor vida interior en un ejecutivo, mediado por ciertas estéticas más clásicas que en una persona llena de formas estridentes

“Gente que dice amar el café, las buenas lecturas, el estudio autodirigido, los procesos de aprendizaje, las buenas conversaciones, las caminatas y sentarse en un parque a ver el atardecer… y va uno a ver, y el café les da gastritis, escriben hubieron, les pica el pasto y andan en moto. Muy coherentes con lo que dicen ser”. No lo dice Oscar Wilde, ni Sábato, solo una bella e inteligente pereirana.

Seamos auténticos.

@AJulianBV