Tal vez la poesía logre con sus metáforas lo que no han hecho los boletines informativos, conmovernos ante la muerte, mirarla a los ojos, nombrarla para conocerla realmente y poder, por una vez, afirmar la vida.

 

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

Juan Manual Rocca realizó una antología de poemas llamada: La casa sin sosiego (La violencia y los poetas colombianos del siglo XX), libro que termina por ser perturbador en la medida que cautiva al hacer patente la belleza de la violencia.

Al leer los poemas que describen la angustia, el dolor y la sangre en la que caminó Colombia el siglo pasado, no se puede evitar chocar de frente con un malestar al reconocer que hoy se transita por las mismas sendas.

Colombia está de nuevo en la zozobra con una seguidilla de asesinatos, amenazas, atentados y desplazamientos. No termina uno de reponerse de la noticia del homicidio de un joven médico en El Bagre, cuando aparece un cineasta asesinado en Arauca o el tweet que alerta sobre el atentado a los líderes de comunidades afro en el Cauca; todo es confusión, no se sabe quién fue el último o el primer muerto, todas las muertes parecen recientes y distantes.

Las noticias reportan el hecho, en el mejor de los casos, lo describen, advierten que había amenazas, que el lugar está cooptado por grupos ilegales y, lo que es peor, que la gente en muchas zonas calla y teme.

El silencio parece ser el sitio que funda la violencia. La palabra, atemorizada, prefiere esconderse; las comunidades, a su vez, viven en medio del sigilo. En las redes abundan los comentarios de apoyo o las columnas de rechazo; sin embargo, no pasa nada o, mejor dicho, solo pasa la violencia.

Los asesinatos, uno tras otro, pasan a ser una cifra, una estadística más y aunque no quisiéramos ver como los números borran los rostros y las historias, esto es inevitable. Sin embargo, aquí la poesía, fiel a su rebeldía, sabe hacer de las cifras un único grito de dolor. Así lo logra expresar este poema de Piedad Bonnett.

Fueron veintidós, dice la crónica.

Diecisiete varones, tres mujeres,

Dos niños de miradas aleladas,

Sesenta y tres disparos, cuatro credos,

Tres maldiciones hondas, apagadas,

Cuarenta y cuatro pies con sus zapatos,

Cuarenta y cuatro manos desarmadas,

Un solo miedo, un odio que crepita,

Y un millar de silencios extendiendo

Sus vendas sobre el alma mutilada.

 

Vivimos bajo una tempestad que no cesa, una tormenta de la cual ya no recordamos cuándo inició y cada tanto muchos perdemos la esperanza de verla terminar. Por eso los versos de Álvaro Miranda terminan por ser tan reveladores: “En esa tormenta puede naufragar la vida, / la invisible nada que golpea / sus vacíos contra todos…”, nadie puede escapar a esta violencia, así pretendamos ignorarla y gozar de instantes de éxtasis pasajeros, la tormenta continúa.  “Y para colmo / la sangre de mi hermano / ha manchado mi camisa blanca / aquí en el pecho.”  Sentencia Horacio Benavides en su poema: Yo que iba para la fiesta.

Alguien podría pensar que la violencia es un acto pasajero o una moda que la historia ha legado a los colombianos. Sin embargo, esta moda se ha insertado de tal manera que ya parece haberse integrado a su ser, ¿o es la moda de la violencia el ser de los colombianos? No importa. Lo cierto es que vamos A la moda con la muerte, como en el poema de León Gil, donde afirma que: “Hombres y mujeres jóvenes y viejos / andamos a la moda con la muerte: / La lucimos en los ojos / Como el último grito de la vida / la llevamos en los pies / como si camináramos por las pasarelas del infierno.”

Las noticias continúan. Mientras escribo esta columna las redes anuncian el asesinato de un reinsertado de la guerrilla; ahora también recuerdo que en horas de la tarde vi un video donde un grupo de guerrilleros representan a Colombia en un mundial de Rafting. Qué pensaran esos hombres y mujeres que apostaron por un acuerdo y hoy ven cómo sobrevivieron a la guerra para morir en “la paz”.

Ahora bien, es preciso volver sobre la violencia y la poesía. Después de las balas o las granadas, solo queda un cadáver, en ocasiones mutilado o con varios agujeros que marcan la entrada de las balas y la salida de la sangre.

El cuerpo yace a la espera de los funcionarios que tomen las fotografías, marquen, señalen y empaquen en una bolsa lo que queda del muerto. No se equivoca Gabriel Jaime Franco en su poema He aquí el brazo, cuando dice: “No hubo ni habrá un cielo para ella, / ni habrá dolor posible, / ni palabra, / ni deseo que devuelvan, / restituyan la mirada / a los ojos de los muertos. /” .

Ante la muerte y sus rastros, vale preguntarse: ¿quiénes son los verdugos? Aquellos que jalan el gatillo, se marchan y duermen tranquilos al final del día. Alguien debe ser el que decide disparar, debe tener un rostro, una historia que muchos no quieren conocer; sin embargo, ellos existen y asesinan.

En Al otro lado de la calle, Liana Mejía, no pretende responder estos interrogantes, solo describe los efectos del accionar sicarial.

Desde las alcantarillas

Sicarios que se saben

Cobradores de viejos

Errores

Asedian la ciudad.

Avanzan,

A pesar de los susurros

Detrás de las persianas.

Al otro lado

de la calle

Alguien cae.

 

Releo los poemas de esta antología para tratar de romper el silencio que trae consigo la violencia. Utilizar las palabras que describen lo siniestro y hermoso que hay en estas formas de morir para rechazar una vez más cómo la violencia sigue caminando a nuestro lado.

Tal vez, la poesía logre con sus metáforas lo que no han hecho los boletines informativos, conmovernos ante la muerte, mirarla a los ojos, nombrarla para conocerla realmente y poder, por una vez, afirmar la vida.

*ccgaleano@utp.edu.co