Resultó que eso que yo había capturado con mi cámara, no era más que un monocultivo: una extensa siembre de una sola especie de árbol, en este caso específico de eucalipto…

 

DIANA CAROLINA GOMEZPor: Diana Carolina Gómez Aguilar

Tuve una foto de un monocultivo precioso como portada en Facebook en el 2013. Me encantaba la foto porque se veía la majestuosidad de un montón de árboles idénticos, con troncos delgados y altísimos en un plano contrapicado; y aunque la foto no obtuvo muchos likes en mi red social, yo me sentía orgullosa de aquella toma. Un tiempo después de mi publicación, comencé a comprender lo que representaba aquello que a mi manera de ver -carente de información profunda sobre el territorio y sus características- era tan hermoso y deslumbrante.

Resultó que eso que yo había capturado con mi cámara, no era más que un monocultivo: una extensa siembre de una sola especie de árbol, en este caso específico de eucalipto, una variedad que produce un cambio en la micro flora y micro fauna y definitivamente provocan la degradación del suelo. Esta es, grosso modo, una explicación, pero de fondo contiene muchas más implicaciones negativas.

Seguro que entre la mayoría de mis amigos de Facebook esta información ya era conocida y por eso la carencia de “me gusta” que yo no había comprendido; pero yo era una estudiante de comunicación social – periodismo que no tenía idea del contexto de lo que estaba publicando. Peor aún, no tenía información vital sobre el territorio que habito.

Más allá de mi vergonzosa experiencia -una de tantas, porque también es cierto que no tenemos que sabérnoslas todas ni juzgar al que no sabe, sino más bien preocuparnos por indagar más e informar al desinformado de la mejor manera posible- la intención de contarles que publiqué una cosa por bonita y no porque conociera su procedencia e impacto, es que ustedes y yo nos preguntemos cuánto sabemos sobre nuestro contexto inmediato: sobre el territorio que habitamos, la sociedad de la que hacemos parte, los árboles que nos regalan sombra y oxígeno, los ríos que nos abastecen de agua, las plantas tan necesarias en tiempos de sequía, esas que contienen el líquido tan valioso y necesario para vivir.

Cuánto de historia hemos leído sobre nuestra ciudad, nuestras zonas veredales aledañas, nuestros campesinos o, por qué no, sobre nuestros dirigentes. Además, qué tanto sabemos sobre el cuidado del suelo, del aire, de las cuencas, del agua. Cuánto sabemos sobre los posibles megaproyectos que pueden llevarse a cabo en nuestro territorio tan seductor para los grandes empresarios e inversores. Qué estamos haciendo nosotros como sociedad civil para proteger eso que no volteamos a mirar sino cuando se publica un video en redes sociales protagonizado por una retroexcavadora haciendo de las suyas en zonas protegidos.

Queda entonces peguntarse si somos cuestionadores de la realidad y defensores de la vida, únicamente tras la pantalla de un computador o celular, si nuestras luchas se dan únicamente por medio de publicaciones en redes sociales que mañana serán olvidadas y que se hacen por moda y nada más. Preguntarse si realmente somos conscientes de todas las tareas que como habitantes tenemos: que si bien venimos en búsqueda del disfrute de todo lo que nos ofrece la tierra, también tenemos como labor el cuidado de la misma. Que así como hay que luchar por la defensa de los derechos, también hay que trabajar por la ejecución de los deberes; y ni siquiera debería verse esto como una obligación, sino como la necesidad de cuidar a esa que nos brinda la vida y nos ofrece, además, como si fuera poco, todo lo necesario para mantenerla. Ese circulito azul con verde que se llama planeta tierra y que nos pide a incesantes gritos los cuidados que al parecer se nos olvida que necesita y que, en últimas, son cuidados para nuestro propio bienestar.