Rodolfo Ramón de Roux nació en Cali en 1945. Pertenece a una connotada familia de industriales e intelectuales que ha sabido prestar importantes servicios a la comunidad nacional. Es licenciado en filosofía (Varese Italia); licenciado y magister en teología (Universidad Javeriana de Bogotá); Doctor en Sociología de la Religión (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París); Doctor en Historia de América Latina (Universidad de Toulouse-Le Mirail). Desempeñó la decanatura de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional, donde también fue profesor hasta su exilio. Es miembro de la Junta Directiva de la Cehila (Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en América Latina). (Fuente: Encolombia.com)

Elogio de la incertidumbre 

“En mi soledad he visto cosas muy claras que no eran verdad.”

 

Antonio Machado.

 

“yo digo siempre la verdad, pero no toda; porque decirla toda, nadie puede.”

Jacques Lacan

 

“Comprendí que, cuando no tenía una respuesta Guillermo imaginaba una multiplicidad de respuestas posibles, muy distintas una de otras. Me quedé perplejo.

 – Pero entonces – me atreví a comentar -, aún estáis lejos de la solución…- Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.- ¿O sea que no tenéis una única respuesta para vuestras preguntas?- Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.- ¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?- Nunca, pero están muy seguros de sus errores.- ¿Y vos? – dije con infantil impertinencia – ¿Nunca cometéis errores?- A menudo – respondió -. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos, para no convertirme en el esclavo de ninguno.”  

 

Humberto Eco, El nombre de la rosa. 

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Ni la bestia ni Dios tienen problemas. La una porque no piensa y el otro por omnisciente. Pero para nosotros, mortales humanos, es la vida laberinto y duda porque nos encontramos a media agua; partimos de un saber que, en buena parte, es ignorancia. Somos seres que buscan, que se buscan, y que se hacen buscándose. Pero somos también seres vanidosos, inclinados a no reconocer la limitada perspectiva desde la cual abordamos la realidad. Si no reflexionamos vivimos en la ceguera y si reflexionamos vivimos en la oscuridad, pues cualquier problema, por complicado que sea, cuando uno medita seriamente sobre él, se complica todavía más. Es normal, entonces, que vivamos preguntando y preguntándonos. Pero nuestra capacidad de preguntar va siempre muy por delante de nuestra capacidad de responder razonable y concienzudamente: la vida humana no plantea problemas cuya respuesta consista sólo en la afirmación de una evidencia. Por eso, si queremos ser rigurosos, debemos imponernos continuamente la “suspensión del juicio” antes que precipitarnos a dar respuestas sin fundamento. Para evaluar la existencia humana disponemos del estudio de si mismos, de la observación de los demás y de los libros. Es poco – fragmentario y superficial – lo que conocemos sobre los que nos rodean. En cuanto al conocimiento de si mismos es oscuro, in formulado y secreto como una complicidad. Y aunque tengamos la mayor estima por los libros sería iluso pensar que en ellos se encierra la realidad entera o que no se halla un tanto disecado entre sus páginas el árbol frondoso de la Vida. Con justeza dijo, pues, ese partero del espíritu que fue Sócrates, que sólo sabía que no sabía. Verdad ésta fundamental para poder progresar en nuestra navegación hacia las desconocidas y promisorias playas de tanto todavía que sólo poseemos en forma de esperanza. Pero en periplo tan incierto son mayoría los que erigen a unos pocos en guías y maestros de verdades incuestionadas e incuestionables. La nostalgia de absolutos nos acompaña desde los albores de la humanidad. Las angustias del presente y la incertidumbre del futuro nos abren a los dioses.

Aún los ateos tienen sus santos y erigen sus capillas que llenarán prosélitos bien dispuestos a la veneración y al culto de nuevos fetiches. Cuán fácilmente se olvida que la verdad no se colgó jamás del brazo de un incondicional. Precisamente en muchas de esas grandes cabezas que hemos mitificado y absolutizado encontramos los gérmenes de su propia negación y superación: Agustín de Hipona que proclamaba a Platón su amigo, pero más estimable la verdad (“Amicus meus Plato, sed magis amica veritas”); Tomás de Aquino que señalaba que el problema de la filosofía no consiste en repetir lo que han dicho unos cuantos autores sino en averiguar la verdad de las cosas (“Non est philosophiae dicere quid sentiant auctores, sed queomodo se habeat veritas rerum”); y, paradojas de la vida, Carlos Marx, convertido ahora en “Santo Padre” de una nueva escolástica, quien gustaba repetir: “De ómnibus dubitandum” (Hay que dudar de todo). No despreciemos la duda. Es algo ineludible. Destruir la duda significa destruir la razón. El movimiento del pensar no se daría si no existieran las dificultades y dudas que éste tiene que afrontar. En la duda estamos unidos los mortales, que nos hemos dividido por las certezas que cada uno cree poseer. Poniendo nuestras hesitaciones al desnudo nos acercamos, comulgando humildemente con el misterio que somos y que nos son los otros. Continuamos, sin embargo, encubriendo nuestra propia inseguridad con actitudes de intransigencia y dogmatismo. Nadie, ni mi “yo” ni un grupo cualquiera de personas (nación, iglesia o partido) puede erigirse en valor absoluto o atribuirse el derecho y el poder de pensar por los demás y de imponer sus fines parciales y sus intereses particulares como si fueran los fines últimos y los intereses universales.

Contra la imposición de falsos absolutos los místicos de todas la religiones han practicado lo que la teología cristiana llama “la vía negativa”, repitiendo sin desmayo: “la verdadera realidad no es eso”, “el absoluto, no es eso”, “la Verdad no es eso…” pues todo lo que los hombres y las instituciones dicen sobre las cosas, las personas o los dioses, es un hombre quien lo dice, en el lenguaje de su cultura parcial y de su horizonte limitado. La facilidad con la cual tendemos a absolutizar nuestros pequeños descubrimientos o nuestros prejuicios, hace inapreciable la recreación continua de un pensamiento que ante los problemas vitales (¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?) sea expresión de nuestra radical finitud y tributo inteligente a las vicisitudes de la contingencia humana. Como lo planteaba el latino Símaco en su Tertia Relatio: “¿Qué importa el sistema de conocimiento con que cada uno de nosotros busque la verdad? No llegaremos a un secreto tan grande a través de un solo camino”. Cualquier único punto de vista que pretenda tener la verdad sobre el hombre y el sentido de la historia, se vuelve peligroso, por intolerante y fanático, una vez que adquiere el poder real de forzar las conciencias y violentar los cuerpos. Las ideologías religiosas y políticas ofrecen abundantes ejemplos.

Para el fanatismo mortífero existen dos antídotos. Uno, reconocer la diferencia, es decir, comprender y aceptar al otro como otro; los demás no son ni tienen por qué ser nuestros “dobles”; la comunión entre personas se construye sobre la no identidad. El otro antídoto que nos salva de convertirnos en cruzados cuya satisfacción y reposo consista en la aniquilación del contrincante, es el reconocimiento de la propia ignorancia y el sentimiento permanente de la posibilidad del propio error o, al menos, de que el contrario puede tener algo de razón. No sólo hay que conocer el propio límite para poderlo superar; hay que saberlo vivir con lúcida sinceridad, humor y modestia. Es fácil deslumbrar a otros, pero la vida es más seria que un juego de espejismos, y el miedo a perder la vida en ficciones aumenta de manera proporcional a los desengaños experimentados. Aquí está la raíz de un escepticismo al que califico de “comprometido”. Vulgarmente se cataloga como “escéptico” a aquel que no cree en nada ni se compromete con nadie. Escéptico es, simplemente, como nos lo dice su etimología, “el que mira cuidadosamente a su alrededor”, y así lo hace porque sabe bien algo: que ningún dogma o doctrina preservan por si mismos el error. El escepticismo es fruto de una sensibilidad a la fundamental indigencia humana, es una vivencia continua de la contingencia, de la relatividad, de lo procesal, de lo histórico. Ciertamente es duro tomar conciencia de que somos extremadamente limitados. Pero, después de todo, ser un hombre inacabado no es una enfermedad. Lo terrible sería ser un hombre “acabado”, “terminado”. Y en eso se convierte uno cuando cree que ya llegó, que está en el final del camino. En una verdadera vida no hay final; ni siquiera hay ruta, antes de que la hayamos trazado y recorrido a nuestro propio riesgo. Precisamente sólo en la convicción permanente del ser inacabado pueden encontrar el hombre y las sociedades el sentido de la esperanza. Los que se consideran “acabados” huelen a cementerio. Pero la duda, esa otra cara de la esperanza, es compañera de camino de los que tienen solicitud por el sentido de la vida.

El escepticismo es una dura disciplina, una especie de “sistema de incertidumbre”, difícil de cultivar y de no dejarlo ahogar entre la maraña tumultuosa de los dogmas de todo género y especie. Sin embargo, lo importante no es saber si está amenazado desde fuera, sino si lo podemos cultivar realmente, si nuestras fuerzas nos permiten afrontarlo sin sucumbir ante la angustia por las certezas definitivas o la nostalgia del poder que otorga el saber y el aparentar que se sabe. Además, cuántas veces preferimos acallar los justificados interrogantes que podamos tener frente a los miembros de nuestro propio círculo social, frente a nuestra Iglesia, nuestra Patria, nuestro Partido y, en general, frente a todo lo que representan aquellos sustantivos que ponemos con mayúsculas para indicar nuestra veneración claudicante. No pensemos que se trata únicamente de actitudes debidas a ignorancia o maquiavelismo. Lo que pasa es que las rupturas ideológicas son acontecimientos de suma gravedad, porque obligan a quien las afronta no sólo a ser de otra manera a como fue, sino que lo llevan a la pérdida de sus relaciones sociales… y no hay que olvidar que el hombre es lo que son sus relaciones sociales. Por eso, una actitud abierta, que pone en juego la racionalidad para explicar lo explicable y que suspende el juicio ante lo todavía inexplicable, es la actitud de alguien que, paradójicamente, al aceptar y vivir la incertidumbre muestra una profunda seguridad. Si hablo de “escepticismo comprometido” es para significar que a partir de nuestra parcial comprensión de la realidad – y conscientes de que siempre será parcial – hacemos opciones desde las cuales, y solamente desde las cuales, podremos ubicarnos en la realidad para proseguir el proceso de intelección y transformación de la historia humana. La duda productiva no se puede ejercer “desde afuera”, como quien todo lo cuestiona desde el nicho de un yo situado más allá del bien y del mal. En la tarea de destruir evidencias y universalismos, de indagar e interrogar sin descanso, sólo obtendrán respuestas los que inviertan y arriesguen la existencia haciendo preguntas. El escepticismo no implica inercia ni entreguismo. No tragar entero no está reñido con el ser responsable, es decir, responder por el presente y el futuro de tantos que se encuentran humillados y ofendidos, responder por el presente y el futuro de un mundo siempre en el filo de la navaja, balanceándose entre la posibilidad de sobrepasarse y superarse y la posibilidad de degradarse; amplio campo éste para la realización de aquellos difíciles valores que caracterizan a una existencia lúcida: bondad sin indulgencia universal, coraje sin fanatismo, inteligencia sin desesperación, esperanza sin ceguera. 

El antagonismo entre la posición de aquellos que eternizan el Absoluto y la posición de los que ponen en duda los Absolutos reconocidos, es el antagonismo entre lo que gráficamente llamó Leszek Kolakovski la filosofía de los sacerdotes y la filosofía de los bufones. El sacerdote es el guardián del Absoluto; él mantiene el culto de lo definitivo y de las evidencias tradicionalmente reconocidas. El bufón es el que duda de todo lo que se considera evidente. Es cierto que se mueve entre la buena sociedad, pero no pertenece a ella y le lanza la impertinencia. Si él mismo perteneciera a la buena sociedad, no podría hacerlo, pues lo que conseguiría a lo sumo sería suscitar escándalo en el salón. El bufón tiene que estar fuera de la buena sociedad, contemplarla desde el margen para encontrar lo no evidente de sus evidencias y lo no definitivo de su definitividad. Pero a la vez tiene que moverse dentro de la buena sociedad para conocer sus cosas sagradas y para tener ocasión de decirle impertinencias”. El sacerdote es el encargado de conservar, absolutizado, la herencia que otros forjaron trabajosamente tanteando en las tinieblas. Quien cuestione todo ese aparataje que custodia el sacerdote será casi seguramente eliminado, bien sea porque será condenado al ostracismo o a la muerte, bien sea porque persiste en su posición y funda otro grupo, una secta de la que él, a su vez, se convertirá en sacerdote. Pero queda una tercera posibilidad: ocupar el lugar del bufón, del que habita la corte real sin formar verdaderamente parte de ella. Porque es débil y sin poder, el orden establecido lo soporta. El bufón puede, por tanto, colocar la sospecha sobre las evidencias de la ortodoxia del grupo. Su interrogación, que cuestiona a los detentores del poder, abre nuevas posibilidades, hasta que, cansados de sus irreverencias, sus oyentes lo eliminen. Sobra señalar que la existencia del bufón es difícil y precaria. El alfiler de la impertinencia es doloroso aun para los oídos mejor dispuestos. No es, pues, extraño que alrededor del poder haya habido siempre más sacerdotes que bufones y más policías que artistas. Pero asumir esta posición “débil” del bufón es justamente el medio de introducir una palabra que sea validada no por su poder sino por el tipo de interrogación que ella suscita.

Para finalizar, recordemos que elogiar el escepticismo es, también, saber ponerse en guardia contra él porque, como todo lo humano, no está exento de ambigüedades ni al abrigo de contradecir sus propios presupuestos. Del poner en duda todo lo evidente se puede caer en un estéril dogma de la duda y en un criticismo inmóvil. Ya está visto que nada ni nadie se encuentran definitivamente vacunados contra el anquilosamiento, pero por lo menos se puede alcanzar una vitalidad más duradera desarrollando actitudes e instrumentos de acción y reflexión con cuya ayuda resulte posible criticarlos a ellos mismos.