MIGUEL ÁNGEL RUBIO OSPINAY todo en esta pelea barriobajera tiene que ver con el proceso de paz que hoy se adelanta en La Habana y que tiene tanto opositores como benefactores, un proceso de paz que genera escepticismos, esperanzas, rencillas, incertidumbres, resentimientos profundos,  y en el que indudablemente está en juego el futuro del país.

Por: Miguel Ángel Rubio Ospina            

El canal RCN desde el mes pasado, amenaza, quise decir ameniza, las noches de los colombianos con un seriado sobre los hermanos Castaño, principales promotores y jefes del paramilitarismo colombiano y sobre los que pesa la maldición bíblica de los primeros hermanos de la humanidad.

Por otra parte,  la semana pasada el país fue testigo del espectáculo mediático más paradójico de los últimos días, y es la pelea entre los ex presidentes Uribe y Pastrana, contra el hoy presidente de la república Juan Manuel Santos.

El primero, ex presidente reelecto consecutivamente, y de lejos, el más nefasto y dañino de todos los que han pasado por la casa de Nariño, es hoy el jefe de la oposición, representada en la ultraderecha y cuyos lugartenientes son islas solitarias en medio de un mar de impunidad y delincuencia de alta categoría.      

El segundo, un yupi bogotano, hijo  de ex presidente, educado en el exterior, buen mozo según sus seguidoras, diplomático de profesión, periodista, mal abogado, un hombre al que la Presidencia se le apareció por descarte entre los dos menos malos de entonces.

Presidente que inició un proceso de paz difícil, con unas FARC fortalecidas, un ejército de soldados de papel, y una institucionalidad pusilánime, la estrategia de Andrés Pastrana fue conseguir mediante una agresiva agenda diplomática el estatus de beligerante para una guerrilla, que a diferencia de la zapatista, hacía  mucho tiempo había renunciado a sus ideales de lucha (si es que alguna vez los tuvo), pero sobre todo se centró en que Estados Unidos y el Banco Mundial financiaran el llamado plan Colombia, que no es más que dinero para la guerra, del cual aún queda alguito en caja.

El tercero, político de casta, de casa presidencial, periodista de profesión, heredero de la casa editorial más poderosa de Colombia, sobrino nieto de ex presidente, y tahúr de vocación, camaleón lo definió Antanas, es hoy presidente de la República, y blanco de resentimientos de los dos anteriores, por razones que pasaré a exponer y de las cuales me detendré en análisis un poco especulativo y más paranoide, pero que al fin y al cabo estoy en mi derecho de expresar.

Y todo en esta pelea barriobajera tiene que ver con el proceso de paz que hoy se adelanta en La Habana y que tiene tanto opositores como benefactores, un proceso de paz que genera escepticismos, esperanzas, rencillas, incertidumbres, resentimientos profundos,  y en el que indudablemente está en juego el futuro del país.

Hagamos un breve y conciso ejercicio mnemotécnico para entender el porqué de esta confrontación. Andrés Pastrana, Presidente desde 1998 hasta el 2002, tuvo como ministro de hacienda a Juan Manuel Santos Calderón, quien en años anteriores en el gobierno de Ernesto Samper Pizano, le escribió una carta a este  proponiendo y pidiendo un despeje de una zona geográfica exclusiva del país para adelantar los diálogos del Caguán.

Santos no solo ejerció como ministro de Hacienda, sino como miembro de la comisión de paz de los entonces diálogos de paz de Pastrana.

Al finalizar el mandato de Pastrana, Santos  ejerció como ministro de defensa de Álvaro Uribe Vélez, elegido en 2002 como presidente. Este durante sus ocho años de gobierno, gestionó los diálogos de paz con los paramilitares aglutinados en las AUC, mientras que bajo un esquema militar llamado seguridad democrática,  la ofensiva contra la guerrilla fue  más agresiva que nunca; los diálogos de paz del paramilitarismo en Colombia fue un proceso rápido de negociación y desmovilización.

Los acuerdos se suscribieron bajo un marco jurídico de verdad, justicia y reparación, en la que las garantías de impunidad  a los asesinos paramilitares eran totales.  Incluso, el  Congreso “admirable”, como lo elogiara en su momento el lugarteniente del uribismo el jurista Fernando Londoño Hoyos, recibió en los estrados del Senado a los jefes paramilitares Salvatore Mancuso,  Ramón Isaza  y Ernesto Báez, para tratar de convencernos de la legitimidad de su causa y de su voluntad de paz.

Los diálogos de paz del Caguán con las Farc y el proceso de desmovilización  los paramilitares, son dos grandes fracasos históricos en la búsqueda de una paz duradera en Colombia; el primero, porque sirvió para la consolidación de una insurgencia próspera y narcotraficante, cuyo objetivo fue mantener el terror y el temor en los colombianos; el segundo,  porque el paramilitarismo hoy está más consolidado que nunca y ni siquiera la extradición de los grandes paramilitares a los Estados Unidos ha servido para su disolución.

Uribe tiene miedo. Pastrana está herido en su orgullo. A Santos no le interesa qué piensen los otros dos.  El miedoso, tiene miedo de perder primero que todo poder, popularidad e impunidad si se lograse una paz real con la insurgencia.

Se aprobaría una reforma campesina, habría una agenda ambiental y posiblemente podríamos ver a los cabecillas de las FARC haciendo política. Pero sobre todo, el miedo de Uribe, está ligado a sus delitos por paramilitarismo, después del proceso de paz; el siguiente en la lista es que la Corte Penal Internacional lo tiene en la mira, la sociedad pensante de este país lo quiere ver pagando sus delitos y los que lo siguen están delirantes de un odio aprendido. Lo de Uribe no es nostalgia del poder, es miedo del puro, del bueno.

Pastrana, en cambio, gran amigo personal de Santos, lo que está es herido en su orgullo, y teme que la jugada política de Santos sea sacarle a relucir sus errores en el litigio de La Haya respecto a San Andrés.

Para ambos, atacar los diálogos sirve para soslayar el difícil debate de la paz, para polarizar y perpetuar la impunidad, para no responder por sus errores y delitos. Para el tercero, tahúr, la paz es el As bajo la manga de su maquinaria electorera, un acuerdo que viene de años atrás, aquí la real víctima de estos tres Caínes es la sociedad colombiana que sufre todos los días las muertes, que pone la sangre y que llena de sufrimientos el aire de esta dolida nación.

¿Tendrá que sentarse Santos al final de su gobierno a dialogar en el Ubérrimo, sentado sobre un caballo y con tinto en la mano, la paz con sus opositores? Amanecerá y veremos.