“Cada cultura

mira el sol a su manera

le inventa un nombre, una música,

una danza,

a su manera (Hugo Jamioy Juagibioy)”

 

Por Jefferson Martínez Santa

Contar con una fecha en el calendario que resalte el día de la lengua materna y las lenguas nativas es una oportunidad para pensar cuán importante es para una comunidad o sociedad reconocer las diversas manifestaciones del habla. La lengua materna que se adquiere en el seno de la madre es uno de los primeros acercamientos de representación del mundo desde la palabra. Este desarrollo social, cultural y cognitivo constituye una experiencia de dominio del mundo; apalabrar todo lo que se halla a nuestro alrededor es una forma de dar vida a todo aquello que es evidente a nuestra existencia.

La palabra como vehículo de expresión permite comunicar y llevar a cabo acciones desde las diferentes intenciones que los sujetos de habla logran representar a partir del uso de la lengua. La palabra, más allá de ser el reflejo de la facultad humana del lenguaje, es un poder que nos permite relatar, prometer, amar, mentir, manipular, insultar, entre otras realizaciones lingüísticas en las que se enmarcan los procesos de comunicación humana. La lengua, así como permite informar de las realidades, también conduce hacia la desinformación y la deformación del acontecer del mundo como lo podemos ver desde los medios de comunicación masiva. Podríamos, entonces, entenderla como el medio de todos los fines.

El primer contacto que el niño tiene con la sociedad es la familia, más específicamente con la madre, que más que ser la dadora de vida, es quien le transfiere el don de los primeros saberes y las primeras palabras. Por lo tanto, la lengua materna implica una vinculación emocional con la progenitora, al mismo tiempo que es el puente del desarrollo social y cognitivo del niño.

La manera en la que se juega con el habla refleja cómo el sujeto se construye a sí mismo desde los procesos de socialización e individualización que asimismo involucran la lengua.

Como bien lo hemos reconocido, la lengua materna es la primera adquisición de un sistema de habla, mas esto no quiere decir que su acepción sea igual a la de la lengua nativa. Entendemos por lengua nativa aquella que es originaria de un territorio y cuyo uso no es extendido por las dinámicas hegemónicas que limitan el habla de los individuos de un país o región.

En el caso de América Latina, las lenguas nativas son principalmente habladas por grupos étnicos cuyas dinámicas socioculturales no son homogéneas a la de la población mestiza dominante. Como resultado, estas quedan relegadas a sus territorios puesto que extender su uso no es funcional al sistema que opera bajo las dinámicas de poder coloniales.

Su marginación en las diversas esferas sociales, económicos, políticas y culturales constituyen un grado de desigualdad que pocas veces es reconocido por los estados latinoamericanos. En algunos casos, esto ha llevado hacia la desaparición de lenguas y culturas ancestrales, de las que hoy no se tienen registros documentados. Esto, entonces, ha significado una pérdida para la humanidad, pues cuando una lengua muere, con ella muere una cultura, un sistema de saberes, una semiótica del cosmos, etc.

En un ensayo escrito para la Serie Río de Letras, Libros Maestros del Plan Nacional de Lectura, Hugo Jamioy Juagibioy, quien es un sabedor y educador indígena, toma las siguientes palabras de Gabriel Simón Romero para ilustrar lo que implica el perder una lengua:

Una lengua muerta es un pensamiento muerto, es un espacio de oscuridad, es dejar el alma muda. Cada lengua es una forma diferente de pensar, de amar, es la que te avisa del peligro y de la paz, la que te apacigua, la que te levanta, la que te asusta, la que te duerme, la que te quema, la que te acusa, la que te sentencia, la que te describe, la que te dice, la que te perfora y la que te mata. Esa riqueza no la podemos perder, debemos mantenerla e impulsarla. No podemos seguir atando las lenguas indígenas en las cuevas, ni podemos seguir mordiéndonos la lengua y callar. Tienen que brotar como brotan las flores.

Para 1999, la UNESCO establece el 21 de febrero como el día internacional de la lengua materna y las lenguas nativas con el ánimo de generar conciencia sobre la relevancia de la diversidad cultural y lingüística en el mundo. Por lo tanto, el acceso a la lengua materna se considera en la actualidad un derecho fundamental en la educación de los niños y jóvenes. De hecho, la Ley General de Educación de 1994 contempla en su artículo 57 que los grupos étnicos de tradición lingüística deberán recibir una educación bilingüe, que también les permita aprender en su lengua materna.

Ver: Mapa de lenguas de Colombia

Esto quiere decir que cada vez el concepto de alfabetización va progresando si consideramos que, para la actualidad, el aprendizaje de las lenguas vernáculas es hoy un derecho en Colombia, donde alrededor de 65 lenguas indígenas son habladas, sin contar las lenguas criollas del Archipiélago de San Andrés y Providencia y San Basilio del palenque. No obstante, la realidad del sistema educativo ha mostrado altos índices de vulneración a este derecho contemplado en la Ley 114.

Para concluir, esta fecha nos convoca a seguir pensando en las dinámicas de poder que han desplazado a las lenguas nativas que parecen no ser funcionales al sistema. Cada lengua nos da cuenta de formas en las formas en que la civilización se lee desde su historia, su presente y su contexto. De hecho, cuando leemos etimologías de nuestra lengua española nos damos cuenta de que las palabras nacen como una emergencia del símbolo para representar aquello que el sujeto necesitaba comunicar y cómo van evolucionando a lo largo de la historia. Nuestras lenguas vernáculas no pueden seguir relegadas a sus respectivos territorios; por el contrario, deben salir a las aulas, a los diferentes escenarios culturales como posibilidad de visibilizar sistemas de pensamiento que han estado silenciados.