Incluir a los militares, darles voz, los coacciona e impide que torpedeen el proceso más adelante. El caballo de Troya, si lo hubiere, ya no entra por esa puerta (o por lo menos, no uno que nosotros tengamos la capacidad de ver). 

El proceso de paz entre Pastrana y las Farc, una iniciativa fallida que dejó muchas lecciones / Tomada de Caracol Radio

 

Por Juana Galeano

Nadie puede negarlo, todos están aquí con una intención y cambian de máscara según la ocasión. La paz es importante, pero los réditos que trae una negociación triunfante son aún mayores. Detrás de las legítimas razones de pacificar el país, se esconden ambiciones y deseos de poder. Hasta las razones que se juzgan más humanitarias,  guardan en sus orígenes disposiciones hipócritas y egoístas. Porque, digámoslo abiertamente, negociar la paz en Colombia, o al menos su simulacro, es ajustarse durante un largo tiempo el anillo de Giges en las manos. Disolver medio siglo de guerra intestina se traduce en diferentes conquistas, cada una equivalente a la imperiosa necesidad de sus actores: una reelección inmediata, segura y sin la piedra del zapato que supone Uribe, unas FFMM restablecidas en su dignidad y moralizadas en su presupuesto y la aparición –por primera vez en la historia después de la macabra desaparición de la Unión Patriótica- de un escenario político para la oposición anti-establecimiento.

 

¿Qué motivos se esconden detrás de la participación del Ejército?

 Vigilantes, los sapos condecorados saltan de todas las esquinas. Generales y Fuerzas Armadas tienen sus ancas puestas en los asientos. Ya se disolvió la propuesta de golpe contra Santos y por el momento han quedado huérfanos ya que su protector está desprotegido, luchando contra la marea en que lo hunde la extradición de Santoyo. Entonces despertaron del ensueño y saben que lo único que les queda es luchar porque el recorte del presupuesto para la guerra no sea tan drástico. Ahora hay que mover otras fichas y entrar con el rabo entre las piernas en la negociación. A pesar del sarcasmo, hay que admitirlo, la inclusión de miembros del Ejército como negociadores es una jugada maestra. Incluir a los militares, darles voz, los coacciona e impide que torpedeen el proceso más adelante. El caballo de Troya, si lo hubiere, ya no entra por esa puerta (o por lo menos, no uno que nosotros tengamos la capacidad de ver). Además, poner en la mesa a actores diametralmente opuestos como el general Oscar Naranjo que ubicó los campamentos de Raúl Reyes y del Mono Jojoy (viejo sabueso que se huele la mafia a miles de kilómetros de distancia), e Iván Márquez, miembro del secretariado, en un inicio abiertamente opuesto a la negociación, puede tener dos lecturas: o bien se quiere dejar el germen de una futura frustración o se reconoce tan compleja la situación que únicamente la concertación de fuerzas ultrapolarizadas puede llevar a puerto seguro.

Jaque mate para Santos visto desde ambas perspectivas. Con Jorge Enrique Mora no sé qué decir. Si bien el Plan Patriota tiene su impronta y fue un sabio detractor de esa Sodoma y Gomorra de 42.000 mil kms. ubicada al nororiente del Caquetá, intuyo que conforma la tropa élite de los ‘enemigos agazapados de la paz’. “Cuota de Álvaro”, leí por ahí. Ad portas del segundo período del furibista Procurador Ordóñez, es difícil saber a ciencia cierta en qué bando juega el gobierno o cuántas concesiones más deber darle Santos a Uribe fruto de acuerdos non sanctos del pasado. Subido al cielo montado en las espaldas del diablo, quién sabe hasta cuándo este gobierno santo pagará tributo por mantener en silencio sus oscuridades.

¿Hasta dónde pueden llegar las buenas acciones?

Por otro lado, están los Santos que son nada más ni nada menos que todos los lobos que por obra y gracia del Espíritu Santo se han convertido en este período en blancas ovejas del rebaño. No tenemos nada en contra de ellos. No. Solo se quiere que todo se haga en nombre del bien, uno que no esconde ni reconocimientos ni recompensas. Uno trascendente, no uno que juega a diferentes bandos como se acostumbra históricamente en el país con políticos zurdos y derechos, como también con el mismísimo Presidente. Porque, digámoslo honestamente, ¿qué cree Juan Manuel que va a suceder con las rutas del narcotráfico custodiadas por las FARC, con su producción de estupefacientes y con los millones de dólares que entran a la Bolsa de Valores de Nueva York vía dinero-lavado por la cocaína de las FARC? O más bien, ¿cómo se tiene negociado y quién va a heredar el emporio? Son miles de millones de dólares anuales que entran a Estados Unidos gracias al narcotráfico.

Estoy de acuerdo con Antonio Caballero, si hay negociación que haya legalización, pues sólo así se puede acabar el negocio y comenzar verdaderamente la negociación. ¿Por qué dejo en cursiva el “verdaderamente”? Porque de lo contrario estamos diciendo y haciendo pendejadas, estamos desmovilizando paramilitares o autodefensas para tres años después darles otro nombre sin cambiar su vocación. Si se habla de la paz, se debe tener como objetivo arrancar la raíz del problema. Puesto que el tema del desarrollo rural que exigen como punto de negociación está todavía en mora (y lo estará por décadas), dilatado bajo la Ley de Tierras, creo que la raíz moderna del problema, el tráfico ilegal de cocaína, es que sí se puede erradicar con una agenda dirigida a la legalización. Negociar la paz con la guerrilla en un país donde la mejor opción de un campesino es convertirse en un raspachín es desviarse por la tangente, generar expectativas falsas.

Nuevo proceso propuesto por Santos. Una esperanza que debe aprender de los errores del pasado. / Foto tomada de Semana

Quienes buscan un movimiento político de oposición

Existen también los Molanos, la izquierda comunista, que pelea por la legitimidad política de las FARC una vez hayan depuesto las armas (antifaz de civismo político que enmascara una guerrilla desideologizada y transformada en narcotraficante desde los ochenta); esa zurda, zurdísima, que invoca a los muertos de la UP, magnas figuras como Jaime Pardo o Bernardo Jaramillo y los mide bajo la misma vara que a los miembros del Estado Mayor de las FARC aduciendo que estos “próceres” de nueva generación tienen madera para construir la verdadera oposición que necesita el país. Hay momentos en que no son de fiar los presupuestos bajo los cuales se ha construido la  Democracia, y es imposible ser democrático o políticamente correcto. Es un adefesio permitir que homicidas de la sociedad civil sean portavoces de una ideología inexistente y muy empolvada (en sentido literal y metafórico) y se introduzcan tranquilamente en la esfera política.

Este punto deberían quedar anulado de la agenda y esclarecerse de una vez por todas que este no es deliberativo. Una cosa es que líderes indígenas, estudiantes universitarios y comunidades campesinas se congreguen en torno a un movimiento como Marcha Patriótica, pues esta población sí participa honestamente de la lucha contra el establecimiento, contra la oligarquía (esa oligarquía que los tiene olvidados, los ha segregado y repudiado). Pero otra cosa es decir que los miembros del Secretariado que han planeado y participado en crímenes de lesa humanidad conformen o lideren un naciente grupo político como Marcha Patriótica.

Si bien todos saben que desde que apareció la del turbante liderando la primera marcha nacional, el movimiento era una prolongación de las FARC, es una aberración que personas influyentes como León Valencia propongan esto. Ya son extraordinarias las concesiones que debe ofrecer el Estado a las FARC: una justicia transicional excepcionalmente laxa (y la nuestra significó una evacuación intestinal total con la Ley de Justicia y Paz)  y verse obligado (como única opción) a instalar la mesa de conversación en medio del conflicto sin cese de hostilidades. Es realmente penoso que este último punto, un absurdo completo, sea la única forma en que la negociación comience a caminar.

No soy detractora de la paz, jamás un colombiano puede ser promotor de la guerra. Solo considero necesario escrutar las intenciones que se esconden tras las acciones. Mi maestra espiritual, ser político desde el tuétano, siempre lo repite: “Para entender la política solo debes buscar las intenciones detrás las acciones”. Es una cuestión medular decantar la verdadera vocación de la negociación y de sus partes influyentes.  Permite entender este nuevo proceso y  vislumbrar los alcances reales.