En mis tiempos de profesor universitario tuve una estudiante que se ausentaba a menudo de clase: tenía que asistir a su cita con un terapeuta que intentaba curarla de su adicción al teléfono móvil.

 

Por: Gustavo Colorado Grisales

Un personaje de la película Network (Poder que mata) dirigida por Sidney Lumet en 1976, advirtió que el infierno acaecería sobre la tierra cuando todo el mundo estuviera interconectado.

No sería ese el primer o el último caso en el que los artistas anticipan los acontecimientos.

No hay que esforzarse mucho para constatar que el director se quedó corto en su premonición.

Basta con mirar al señor que al volante de su vehículo examina ansioso una y otra vez la pantalla de su teléfono móvil, aun a riesgo de sufrir un accidente.

O detenerse en la imagen de la señora que, en el transcurso de cinco minutos, saca de su bolsillo el teléfono móvil a la espera de una señal de este mundo o del otro.

 Nunca se sabe.

“Ñeeerdaaa, ji la gente ya no puede cagad tanquila!”. Exclamó mi vecino, el poeta Aranguren, indignado porque en el baño público contiguo al suyo un pobre hombre intentaba defenderse de los asedios de su jefe, de su mujer, de sus hijos, de su amante… o de todos los anteriores.

Tranquilo, poeta, tranquilo, le digo, como cada vez que toca a la puerta de mi casa atribulado por alguna pena del cuerpo o del alma.

Supongo que al hablar por teléfono sentada en el retrete la gente intenta cumplir con la regla de oro del capitalismo: “Optimizar el tiempo”.

Aunque, en sus apuros, no se da cuenta de que con esas prácticas sólo consigue empobrecerlo.

Pero cuando Aranguren se indigna es de verdad verdad.

“¡Coooñooo, como tú edej un bendejio que ejtá a jalvo de los acojos del jelular!”. Grita a  los cuatro vientos, como si estuviera en la tribuna del estadio animando a su querido Unión Magdalena.

No te lo creas del todo, poeta, le digo: tengo correo electrónico y lo reviso  al menos tres veces al día.

De modo que, siguiendo al personaje de Lumet, también estoy conectado con algún círculo del infierno.

Además, no tengo la intención de fundar una secta de enemigos del celular: ya les he contado que el espíritu gregario me lo quedaron debiendo para otra vida.

En mis tiempos de profesor universitario tuve una estudiante que se ausentaba a menudo de clase: tenía que asistir a su cita con un terapeuta que intentaba curarla de su adicción al teléfono móvil.

Misión imposible: de hecho, el tipo también era adicto al aparatito. Decía necesitarlo como herramienta de trabajo. Sospecho que, como sucede a menudo con esas terapias, en esas reiteradas reuniones se consolaban los dos.

“Peddo el correo eledtónico es otra cosa: uno como ujuadio tiene el condtol”.

De modo que el poeta Aranguren sucumbió a otra falacia: que uno tiene el control.  Esa creencia echa raíces en una visión de las cosas resumida en una frase tan efectista que se volvió mensaje publicitario.

Según esa idea, todo está a un clic de nuestra vida: el sexo, las mercancías, los servicios, los expertos, la religión.

El problema reside en que después de cada clic todo se desvanece, se hace fantasmagoría: otra vez Karl Marx recordándonos que “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Desde el descubrimiento del fuego, cada invento, cada desarrollo tecnológico no sólo nos ayuda a dominar y controlar el entorno: ante todo, modifica nuestra estructura mental y por lo tanto la visión que tenemos de nosotros mismos y del mundo.

Por eso, detrás de la idea de que el universo entero está a un solo clic alienta la amenaza del facilismo: como si se tratara del dedo de Dios en persona todas las cosas de la vida parecen estar al alcance de nuestro dedo índice: ya no tenemos que salir a  buscar el mundo, como se nos contaba en los relatos de viajes iniciáticos.

Y si no salimos a buscar el mundo nos quedamos sin la experiencia y su fruto más preciado: el conocimiento.

A cambio de éste último, nos inundan de información y sensaciones imposibles de aprehender, dado el vértigo en que todo transcurre.

Por eso estamos hoy en manos de ese poder que mata frente al que nos advertía hace cuatro décadas el personaje de Sidney Lumet: el de unos medios cada vez más sofisticados y, por lo tanto, mejor dotados para controlar cada uno de nuestros actos.

Así las cosas, entiendo al detalle las  angustias de Aranguren: hasta ahora, cada vez que quiere llegar a mi casa debe caminar una hora o pedalear en su vieja bicicleta durante treinta minutos.

En el trayecto conversa con monos aulladores, acaricia el lomo de gatos extraviados, espía el escote de las vecinas, habla de política o de fútbol con algún campesino.

O recita para sí mismo versos de Oliverio Girondo y Jaime Gil de Biedma.

Y tiene miedo, mucho miedo, de que esas cosas se pierdan con dar un solo clic.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada