A UN CLIC DE REDUCIR EL MUNDO

Este mundo de la vida virtual hace que lo más cercano sea extraño y trivial, las costumbres, los bailes, las historias que plagan las calles que transitamos no existan en tanto no participan de un algoritmo que las introduzca en la red, para convertirlas en una postal que circule de pantalla en pantalla.

 

Por / Christian Camilo Galeano Benjumea

Desbloqueamos el celular, contestamos chats, agendamos una cita, curioseamos por alguna red social, nos ofendemos ante una noticia para volver a bloquear la pantalla del móvil y continuar con nuestra vida o ¿acaso la vida está es en la pantalla que hemos apagado? Esa pantalla negra nos invoca, queremos saber qué ha pasado en los últimos minutos en la ciudad de Kerala o con el cadáver del niño inmigrante que murió en el mar Mediterráneo.

Nos movemos en medio de las redes bajo una nueva variante de la alegoría de la caverna platónica, ya no ascendemos al mundo ideal a participar de la realidad; ahora nos conectamos a un mundo de imágenes para ser lo real. Ese dualismo que denunciaron tantos pensadores se ha “materializado” (sería más acorde decir: virtualizado); vivimos en dos mundos: el mundo de la cotidianidad y el mundo virtual, pero cada vez más parece que nuestra cotidianidad, el mundo de la vida, es lo virtual.

Recibimos correos, agendamos encuentros en salas virtuales, al mismo tiempo que contactamos un cliente o explicamos una lección a un estudiante, todo está en pantallas de dieciséis por siete centímetros ancho; el deseo atávico de ser omnipresentes se ha resuelto a través de un celular. El espacio se anula y podemos acceder a muchos lugares del mundo sin salir de casa. Esto, sin lugar a dudas, es una ventaja para la humanidad, ya que tener al mundo entero a la mano nos acerca al sueño cosmopolita de tantos comerciantes para los que el capital no tiene nacionalidad y debe circular por el mundo entero.

Aún así nos movemos en terrenos ambiguos, ya que la apertura de mundo a la que accedemos ingresando un patrón nos aísla. Al estar en todas partes, al igual que Dios, dejamos de tener los pies sobre la tierra para estar en la virtualidad. Este mundo de la vida virtual hace que lo más cercano sea extraño y trivial; las costumbres, los bailes, las historias que plagan las calles que transitamos no existan en tanto no participan de un algoritmo que las introduzca en la red, para convertirlas en una postal que circule de pantalla en pantalla.

De la misma forma, no se existe en tanto no haya un perfil y un código en la red que nos identifique, tras cada tweet o publicación se va diseñando una imagen que nos permite ser. Esa imagen especular se va nutriendo y moldeando poco a poco, los algoritmos van configurando la ilusión de un yo único en el mundo y así se van aglutinando publicaciones que aportan a la construcción del edificio de la identidad. El tiempo en la red nos acerca a esa imagen de nosotros que en el mundo cotidiano no logramos asir, pero en la virtualidad conquistamos con tan solo quererlo.

En otras palabras, el deseo, en la virtualidad, al igual que el espacio, está mediado por la inmediatez, así que no implica un esfuerzo o una conquista para alcanzar un objetivo, solo conlleva seleccionarlo y darle un “me gusta” para tener lo que se desea. Así que el yo de la virtualidad termina por ser un pequeño tirano que alcanza todo lo que desea con solo enfocar su mirada en la pantalla de un celular; sin embargo, estas victorias son pírricas en la medida que el yo se desmorona ante las adversidades del mundo cotidiano y la imposibilidad de resolverlas con solo apagar el celular.

Bajo esa misma lógica, tras cada clic o video vistos, un algoritmo nos acerca a aquellos que piensan igual que nosotros o tienen gustos similares. El mundo adquiere las dimensiones de un teléfono celular y la gran variedad de ideas u opiniones queda reducida a nuestra lista de contactos. Entonces, interactuamos bajo el espejismo de la identidad y la comunión con los demás, pero ese mundo virtual y amplio se reduce día a día.

De esta manera, las promesas de universalidad e identidad en la virtualidad están en constante riesgo. No podemos destruir ese otro mundo que hemos creado, son pocos los que en realidad lo desean, pero sí estamos en la obligación de pensar lo virtual y los algoritmos que moldean lo que consumimos y lo que somos. Este nuevo nicho ecológico amplía las posibilidades de ser y estar en el mundo, al tiempo que las puede anular; es una promesa y como toda promesa puede romperse y lanzar al ser humano al vacío. ¿Acaso ya estamos en el vacío?

Adenda: Un buen documental que complejiza lo que estamos viviendo con la virtualidad es El dilema de las redes sociales.

ccgaleano@utp.edu.co

Twitter: ccamilo.1090