Addio Joseph

Algo para lo que habría sido útil esta reunión publicitada entre dos líderes ancianos es para perseverar en el propósito de lograr la conversión de Fidel Castro.

Por: Edison Marulanda Peña

La reciente visita a Cuba del Papa Benedicto XVI ha servido para tres asuntos: actualizar las comparaciones mediáticas con su predecesor Juan Pablo II, afianzar la libertad de conciencia para los católicos que ya cuentan con seminario mayor en La Habana –aunque no hay otras libertades civiles para los cubanos–; y para probar en la temperatura del trópico la fragancia que la fabricante italiana de perfumes Silvana Casoli creó de manera exclusiva para el teólogo Joseph Ratzinger. Porque de él podrán decir muchas cosas, tanto las almas pías como los detractores, pero jamás que no se preocupa por realidades humanas como los olores y por las prendas de Gucci.

(A propósito, en el Vaticano se alborotó hace pocos días el hedor del complot. Parece como si regresasen quienes pudieron sobrevivir a César –el más sanguinario y ambicioso de los Borgia que inspiró el tratado de Maquiavelo–: los Orsini, los Colonna, los Vitelli, los Baglioni, los Varani, los Malatesta, los Montefeltri, y llegasen con la intención de hacerse con el control del Estado Vaticano; pero esta vez no hay un Papa artero como Julio II que supo deshacerse del temido Borgia. Del supuesto complot trascendió una carta que difundió en alemán un cardenal retirado de sus funciones en la curia romana hace tres años y que ahora incursiona en misterios que prometen mayor acción que rezar el Rosario: desvelar el plan para asesinar a Benedicto XVI en los próximos doce meses. Tal “denuncia” fue minimizada de inmediato por el portavoz del Pontífice, el jesuita Lombardi. Y como estamos en medio de especulaciones digo que no hay que descartar un móvil secreto de esta visita pontificia a la isla caribeña: tantear el terreno para un posible asilo en caso de que la guardia suiza sea infiltrada y no logre garantizar la seguridad del Santo Padre. Perdón por esta larga digresión con tinte histórico-policiaco-vaticanista).

Algo para lo que habría sido útil esta reunión publicitada entre dos líderes ancianos es para perseverar en el propósito de lograr la conversión de Fidel Castro. Antes que llegue su hora final –no confundir con La hora final de Castro, el libro que publicó Andrés Oppenheimer en 1992 y se pifió en el presagio–.  Un reto así exigiría ayuno de varios días y demasiada oración, semejante a la preparación de un exorcista consagrado que en este caso buscaría expulsar todo aquello que la ultraderecha  percibe como “demonios” del igualitarismo, el materialismo histórico y la mentalidad acuñada por la utopía marxista. Nada fácil de lograr en un ateo redomado. Pese a todo, si fuese positivo el resultado exhibiría la dimensión espiritual de Ratzinger, pues la dimensión de estadista carismático solamente la tenía Juan Pablo II, quien cumplió con éxito la última cruzada de la Iglesia: derruir el totalitarismo en Europa antes de terminar el siglo XX, aliado en secreto con Ronald Reagan. Así lo reveló Su Santidad Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo, la biografía de Carl Bernstein y Marco Politi (1996).

Seguramente bien informada la secretaría de Estado enteró al Papa actual de un antecedente prometedor en tal sentido: la impresionante conversión del presidente Hugo Rafael Chávez, quien ha aparecido orando en público, invocando a la virgen María más que a Bolívar.

Esta columna reaparecerá el 15 de abril.  Y que Dios los perdone…