Entrevista al poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez. Los libros de poesía no se venden porque no son literatura, no han sido producidos para el mercado. Participa en la franja virtual del XVI Festival Internacional de Poesía Luna de Locos, que se realizará de 29 de agosto a 3 de septiembre de 2022 en Pereira.
Escribe / Luz Dary Gil Montealegre
Víctor Rodríguez Núñez (La Habana, Cuba, 1955) es poeta, periodista, crítico, traductor y catedrático. Ha publicado diecisiete libros de poesía, casi todos premiados y reeditados, siendo los más recientes Despegue (Premio Fundación Loewe, Visor, 2016), El cuaderno de la rata almizclera (Buenos Aires Poetry, 2017), Enseguida [o la gota de sangre en el nivel] (RIL-Ærea, 2018) y La luna según Masao Vicente (Espacio Hudson, 2021). Han aparecido libros o antologías de su obra en once países de lengua española, y en traducción al alemán, árabe, chino, francés, hebreo, inglés, italiano, macedonio, neerlandés, serbio, sueco y vietnamita. Durante la década de 1980 fue redactor y jefe de redacción de la influyente revista cultural cubana El Caimán Barbudo. Compiló tres antologías que definieron a su generación, así como La poesía del siglo XX en Cuba (Visor, 2011). Con Katherine M. Hedeen, ha traducido poesía tanto del inglés al español (Mark Strand, C. D. Wright, John Kinsella) como del español al inglés (Juan Gelman, Antonio Gamoneda, José Emilio Pacheco). Doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Texas en Austin, es catedrático de esa especialidad en Kenyon College, Estados Unidos.
L.D.G: Víctor, usted es periodista cultural, traductor, poeta, editor, catedrático, ¿en cuál de estos oficios se siente mejor y por qué?
V.R.N: Por supuesto, me siento mejor como poeta. Todo lo que hago gira en torno a la poesía. Cuando era periodista cultural, lo más notable que hice fue entrevistar a poetas de nuestra lengua. Varias de esas entrevistas se publicaron en el extinto Magazín Cultural de El Espectador, a principios de la década de 1990. Y mi libro La poesía sirve para todo (2008) reúne veinte, desde Dulce María Loynaz a Raúl Gómez Jattin. Como traductor, solo trabajo con la poesía. En Colombia han aparecido un par de libros, En esa redonda nación de sangre: Poesía indígena estadounidense contemporánea y Nuestra tierra de nadie: Poesía galesa contemporánea, ambos por Ladrones del Tiempo de Uniediciones, en 2018. Como editor, también me ocupo únicamente de la poesía, y sobre todo de la poesía escrita en Cuba, de la que he preparado numerosas antologías. Y como catedrático, imparto este semestre en Kenyon College una clase sobre poesía hispanoamericana.
LDG: ¿Cuál es la diferencia entre literatura y poesía?
V.R.N: Presentar la poesía como parte de la literatura, como un género literario, ha sido una de las muchas acciones oscurantistas de la Iluminación. La poesía no solo es anterior a la literatura, un invento burgués del siglo XVIII, sino incluso anterior a la escritura. No se puede reducir un fenómeno anterior a uno posterior, uno más amplio a otro más limitado. La poesía es fundamentalmente oral, y sus cualidades más “literarias”, como la métrica y la rima, provienen de la oralidad. La asociación de la poesía con el libro ha sido fructífera, pero la poesía puede y debe tener otros soportes materiales, como está ocurriendo con internet en nuestros días. Y los festivales de poesía que florecen por todo el mundo, incluido Luna de Locos, prueban que la poesía está cada vez más consciente de su condición oral. A la gente le interesa más escuchar poesía que leer poesía, y ambas aproximaciones me parecen válidas.
L.D.G: ¿Qué poetas de la literatura universal han influenciado tu obra?
V.R.N: Como te dije, ningún poeta pertenece a la literatura universal, sino a la historia de la poesía. Y habría que poner, también, el término “universal” en tela de juicio. Porque lo que se entiende frecuentemente por “universal” es lo que viene de las metrópolis coloniales y neocoloniales, de Europa y Estados Unidos. Nuestra poesía, y también nuestra literatura, son tan universales como las de lengua alemana, francesa o inglesa, por ejemplo. Pero esto no implica que no las leamos, que no dialoguemos con ellas, que no nos apropiemos de lo que nos convenga de su quehacer. He aprendido un montón de Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y Apollinaire; no menos de Whitman, Eliot, Pound y Williams; y por supuesto, otro montón de Quevedo, Machado, García Lorca, Gamoneda. Pero en honor a la verdad, ningún poeta me ha influido más que los nuestros, los hispanoamericanos César Vallejo y Juan Gelman, o mis compatriotas Eliseo Diego y Fayad Jamís.
L.D.G: ¿Qué elementos consideras debe poseer un buen poema?
V.R.N: Un buen poema debe tener, explícita o implícitamente, una conciencia de la especificidad de la poesía. No proponerse otra cosa que servir a la poesía, esa forma primigenia del pensamiento, cuya sagrada misión es ayudar a vivir. La poesía es una manera de enfrentar el mundo, una respuesta a las calamidades naturales y sociales, una intervención en la realidad con la esperanza de hacerla mejor. El verso no solo etimológicamente se opone a lo adverso: este desafío es su verdadera razón de ser. Por otra parte, un buen poema debe tener conciencia del lenguaje, de su materialidad, no solo del significado sino también del significante. Porque la forma, la manera de decir, es lo que determina qué se dice, el contenido. Por último, creo que un buen poema debe buscar la participación del lector en la producción de sentido, no comunicar un mensaje sino hacer que el lector llegue a ese mensaje por sí mismo.

L.D.G: ¿Qué lo inspira?
V.R.N: Cualquier cosa de este y del otro mundo; la naturaleza, la gente, la poesía. Todas las mañanas un cardenal, que es de los pájaros más bellos, canta desde el techo de mi casa. Yo no hago otra cosa que imitarlo, bajo ese mismo techo, seguro que con menos talento. Así, escribo todos los días y a mano limpia, tomo notas que después paso a la computadora, creo el material del que luego armo mis libros. Una fuente de inspiración constante son las noticias, de cuya lectura no me puedo librar, una deformación profesional de mis años de periodista. Por supuesto, también recibo inspiración de otros poetas, y en estos últimos años, especialmente de los poetas más antiguos, de los cuales a veces no se conoce el nombre. Poetas que escribieron en sumerio, en sánscrito, en hebreo, en árabe, en persa, en chino, en japonés, muchas veces como registro de la tradición oral. En fin, me mantengo atento todo lo posible; no quiero que un poema me pase por delante sin que lo perciba, pues cuando esto pasa ese poema no regresa nunca más, se va para siempre con otro o con otra.
L.D.G: ¿Cuál es tú opinión sobre los premios literarios?
V.R.N: Los concursos de poesía me salvaron la vida, como poeta, cuando no tenía quien publicara mis libros, entre finales del pasado siglo y principios de este. Sobre todo, los muy generosos que se convocan en España, y que no excluyen a los hispanoamericanos. Es que durante más de una década las editoriales cubanas se olvidaron de mí, seguramente porque no residía en la isla, aunque nunca he roto mis vínculos familiares e intelectuales. Gracias a los concursos he podido cumplir con el deber de no solo escribir libros sino de hacer que se publiquen, como me enseñó un día Luis Rogelio Nogueras. Creo que los premios no dan ni quitan valor a una obra, porque son algo exterior y el valor es intrínseco de esa obra. Además, no se debe escribir para concursos, especialmente en el caso de la poesía, que se resiste a ser forzada, manipulada para ninguna causa. La poesía es rebelde por definición, un tipo de pensamiento que se opone a toda ideología, y cuya única utilidad como ya dije es ayudar a vivir. En fin, los premios son parte importante para la promoción de la poesía, y lo único malo de ellos es que en la mayoría de las veces uno no se los gana.
L.D.G: ¿Qué te motivó a salir de Cuba?
V.R.N: En el orden espiritual, salí de Cuba por mi deseo raigal de estar siempre en otra parte, de no quedarme en ningún sitio. Esto se corresponde, de manera paradójica, como todo en la vida, con el deseo de nunca abandonar ningún sitio. Así las cosas, alejarme objetivamente de Cuba me acercó subjetivamente a la sociedad y la cultura cubana. Y en cualquier parte que escriba, escribo siempre desde Cuba. Y no considero un libro mío publicado hasta que ese libro aparece en la isla, porque mi diálogo es en última instancia con el lector de mi país. En el orden material, salí de Cuba para seguir desarrollando mi obra poética, y como en Colombia no lo pude lograr plenamente, emigré en 1995 a Estados Unidos. Realicé estudios de maestría y doctorado en las universidades de Oregon y Texas, y hace más de veinte años soy profesor de literatura hispanoamericana en Kenyon College, Ohio. Para mí, la academia no ha sido nunca un fin, sino un medio para desarrollar mi trabajo como poeta.
L.D.G: ¿De qué manera mira la poesía cubana el universo?
V.R.N: Creo que no existe una mirada particular sobre el universo de parte de la poesía cubana, porque no existe “lo cubano en la poesía”, como creía mi maestro Cintio Vitier. Por supuesto, hay una poesía maravillosa, potente e inacabable, escrita en Cuba y por personas nacidas y criadas en Cuba. Pero yo rechazo visceralmente el nacionalismo, que me parece una ideología perversa, responsable de los peores crímenes de la historia. La nación es siempre excluyente, opresiva y represiva: nunca “con todos y para el bien de todos”, como soñaba José Martí. La nación ha probado no servir para cumplir la tarea que más necesitamos las sociedades que padecimos y padecemos el colonialismo: descolonizarnos. Lo que me sucede es que tengo conciencia de que pertenezco a una comunidad, a una cultura, a una tierra. En fin, no soy otra cosa que un guajiro de Cayama, el barrio del Central FNTA donde crecí, que se dedica en cuerpo y alma a la poesía. Con esa conciencia me siento cada día a escribir, esté donde esté, poesía o lo que sea, y la conciencia es lo que determina todo.
L.D.G: ¿A qué le teme Víctor Rodríguez Núñez?
V.R.N: A muchas cosas, reales o imaginarias, pero sobre todo al olvido, que es la muerte después de la muerte.


