América se viste de migrantes

Todo parece indicar que nos estamos volviendo a los mismos discursos de la Guerra Fría que dividían el continente y el mundo en dos grandes espectros ideológicos: izquierda y derecha. Con la diferencia de que en aquella época Estados Unidos y Canadá acogían a casi todos los migrantes, pues gobiernos, medios de comunicación, universidades, iglesias y casi todas las instituciones abogaban por la hospitalidad a favor de las víctimas de la persecución política.

Por Wooldy Edson Louidor

Durante las dos últimas semanas, el continente americano ha asistido a la llegada masiva a Canadá de migrantes haitianos y originarios de otros países-por ejemplo, México-, ante el temor de eventuales deportaciones que Donald Trump ordenaría en las próximas semanas y meses a lo largo y ancho de los Estados Unidos de América.  

Más de 60 mil haitianos serían repatriados hacia su país de origen en enero del próximo año, plazo en que vencerá su estatuto de protección temporal (en inglés, Temporal Protection Status-TPS-). Se trata de un estatuto migratorio de tipo humanitario que les ha permitido a los haitianos indocumentados permanecer legalmente en Estados Unidos, prácticamente desde que sucedió el terremoto en Haití el pasado 12 de enero de 2010.

Ante esta ola inesperada de migrantes (con un promedio de cien, cada día), el gobierno local de Québec ha tenido que improvisar y adecuar amplios espacios para acogerlos, brindándoles -de manera decente- alojamiento, comida, salud y atención a niños, mujeres y hombres, antes de dar inicio al proceso de solicitud de asilo (que puede culminar con el otorgamiento del estatuto de refugio o de otra medida de regularización migratoria o con la repatriación).

Todo eso ha ocurrido en el norte de nuestro continente, dejando en evidencia las grandes diferencias entre los Estados Unidos del presidente Trump y el Canadá del primer ministro Justin Trudeau.  

Del mismo modo, en las dos últimas semanas, el continente americano ha presenciado la afluencia -también masiva- de familias venezolanas a la frontera con Colombia  y a otros países como Perú y Ecuador. El miedo por las consecuencias de la cuestionada iniciativa del presidente venezolano Nicolás Maduro de sacar adelante una Asamblea Nacional Constituyente ha empujado a muchas familias a abandonar su país. Vale subrayar también que este miedo ha sido alimentado por una gran campaña mediática y política.

De Norte a Sur, estallan entonces crisis migratorias en nuestro continente. Personas y familias enteras buscan un lugar para vivir como seres humanos, disfrutando de su dignidad y sus derechos humanos. Queda claro que aún no existe en nuestro continente un sistema de protección -regional y continental- para velar por los derechos humanos de las personas migrantes. La Organización de los Estados Americanos (OEA) está cada vez más lejos de ser el referente y –mucho menos- el garante de los derechos humanos en el continente. La Unión Sudamericana de las Naciones Unidas (UNASUR) aún no da señales contundentes para convertirse en el organismo subregional encargado de impulsar la integración sudamericana, empezando con la integración de las y los ciudadanos de esta subregión.

Por otro lado, el muro es el tropo que mejor representa no sólo la política migratoria del nuevo presidente estadunidense Donald Trump, sino también su brusca y atropellada diplomacia con sus dos vecinos, México y Canadá. Es una diplomacia amurallada y que, además, desconoce los avances del derecho internacional en términos de protección de los derechos humanos.  

El panorama de nuestro continente es desolador, en cuanto a las posibilidades reales de hacer de nuestro territorio americano un lugar mejor, es decir: un lugar de inclusión, de dignidad y de derechos humanos para todos.  Al contrario, todo parece indicar que nos estamos volviendo a los mismos discursos de la Guerra Fría –de finales de los cincuenta (con la revolución cubana) a inicios de los noventa (con la disolución de la Unión Soviética)- que dividían el continente y el mundo en dos grandes espectros ideológicos: izquierda y derecha. Con la diferencia de que en aquella época Estados Unidos y Canadá acogían a casi todos los migrantes que provenían de la Cuba castrista y de las dictaduras y países que enfrentaban guerras internas desde el Río Bravo hasta la Patagonia.  

La Guerra Fría fue una época dorada para el exilio en el continente americano. Se acogía a los refugiados y exiliados como héroes. Gobiernos, medios de comunicación, universidades, iglesias, y casi todas las instituciones abogaban por la hospitalidad a favor de las víctimas de la persecución política. Hoy en día, está regresando con fuerza la trasnochada ideología de la Guerra Fría (el discurso del castro-chavismo y el discurso del imperialismo norteamericano son ejemplos de ello), pero no pasa los mismo en cuanto a la generosidad y hospitalidad de los Estados a favor de las víctimas de regímenes autoritarios de todas las tendencias políticas en el continente.