Como tú sabes de mi sinceridad al hablar con la gente, le expresé que no me parecía un oficinista con esos colgandijos, que más bien aparentaba un jipi trasnochado y esnobista. Sin inmutarse me respondió que yo tenía toda la razón, pero que realmente su trabajo en la oficina era una excusa para la verdadera misión que tenía asignada en la vida.

 

MARTÍN RODAS IZQPor Martín Rodas*

Después de muchas lunas me he encontrado sorpresivamente a Cipriano El Escribano, quien estaba sentado en el parque tomando tinto. Cuando me acerqué no se inmutó, simplemente levantó sus cejas y me hizo una señal para que me sentara al lado suyo, lo cual hice inmediatamente. Hubo un momento de silencio que terminó cuando sacó del bolsillo de su gabán una cajetilla de Pielrojas sin filtro, la cual golpeó por la culata para que asomaran los cigarrillos, de los cuales extrajo uno que mordisqueó delicadamente con sus labios; así estuvo largo rato hasta que lo encendió.

Los dos, callados, mirábamos a la gente pasar. Después de un tiempo que parecía interminable, Cipriano exhaló una gruesa bocanada de humo y me empezó a contar la siguiente historia.

He conocido, aquí en el parque, a un ser que denominé “El chamán de oficina”. Es una persona común y corriente, pero tiene un aire raro. Me dijo que vivía supremamente ocupado y trabajaba en una oficina, pero ahí es en donde uno duda, pues su vestimenta no es la de un “oficinero”, como me gusta llamarlos, porque su cuerpo está adornado con collares y manillas artesanales que rayan en lo ridículo.

Como tú sabes de mi sinceridad al hablar con la gente, le expresé que no me parecía un oficinista con esos colgandijos, que más bien aparentaba un jipi trasnochado y esnobista. Sin inmutarse me respondió que yo tenía toda la razón, pero que realmente su trabajo en la oficina era una excusa para la verdadera misión que tenía asignada en la vida. Obviamente le pregunté de inmediato que cuál era esa misión, a lo cual respondió enfático, después de una pausa prolongada:

Leonardo Quijano, dibujo a tinta de Germán Salazar (1980).

Leonardo Quijano, dibujo a tinta de Germán Salazar (1980).

-¡Soy un chamán!

¿Chamán?… ¡por dios!… (dije para mis adentros), me he encontrado con un Carlos Castaneda igual de deschavetado.

Lo miré de reojo y noté su imperturbabilidad absolutamente desconcertante. Lo que continuó no tiene nada de especial, pues simplemente se fue.

Desde ese momento, y de pensar mucho en esta persona, a quien como te he dicho nombré “El Chamán de oficina”, creo que el mundo está plagado de seres extraviados en sus propios laberintos de soledad existencial… y lo más aterrador es que yo también soy uno de ellos.

 

*     Poeta, anacronista y pintor; editor de “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”