La primera visión que tengo de él es leyendo, siempre leyendo, o con un libro en sus manos o bajo el sobaco; y estoy hablando de un recuerdo que inicia desde hace mucho tiempo, por lo menos cuarenta años atrás…

 

Por Martín Rodas*

Dedico esta columna a Angelita,

compañera y musa de Homero.

Homero, el último jipi, ha muerto… y este hecho lamentable provoca en mi mente una avalancha de recuerdos e imágenes sobre el ser que marcaba caminos en la vida por los cuales también he transcurrido: la lectura, el jipismo, la artesanía, la pintura…

Homero. Dibujo / Martín Rodas.

Homero… así simplemente se le nombraba… como el célebre poeta griego que sembró en nuestras vidas odas inmortales. Y es que el Homero de estas breñas andinas, digno heredero del mítico vate, era un lector consumado. La primera visión que tengo de él es leyendo, siempre leyendo, o con un libro en sus manos o bajo el sobaco; y estoy hablando de un recuerdo que inicia desde hace mucho tiempo, por lo menos cuarenta años atrás, en la carrera 23 de Manizales, cuando por ella se desplazaban parsimoniosamente carretas llenas de libros de segunda empujadas por vendedores sabios que tenían el talento de recomendarle a uno las mejores lecturas.

Desde esa época, Homero y yo nos cruzábamos por el camino y él me inspiraba con esa pinta de jipi, “parchando” sus artesanías en los andenes y parques. Leía mientras los transeúntes pasaban y uno que otro se detenía a preguntarle por el precio de alguna manilla, cuarzo u otro de los accesorios que elaboraba y vendía. Se tiró a la calle desde muy joven, a ejercer la libertad que da el estar al aire libre, inspirado en la mágica consigna “paz y amor” de los jipis de los años 60.

Vivió la movida social y revolucionaria de tiempos posteriores y fue un enamorado de Mozart y los textos de escritores clásicos. A su lado pasaron los movimientos contraculturales… metaleros… punkeros… y toda clase de personajes que hacer parte de ese carnaval permanente que es la carrera 23.

Muchos lugares utilizó para vender lo que producía; el andén frente al Club Manizales del centro de la ciudad fue su territorio mucho tiempo… en la calle de la Cámara de Comercio… y el actual, en el Parque Caldas, donde compartió durante muchos años con sus colegas artesanos y artesanas.

Allí, todos los días, se instalaba en una pequeña mesa con sombrilla, bajo la cual exponía los trabajos que realizaba en el taller de su casa semirural ubicada en la vereda Veracruz, cerca a la ciudad, y en donde también pintaba bellos óleos sobre lienzo, con temas naturales y expresivos.

En su juventud fue director técnico de equipos de fútbol, pues practicaba el deporte y la comida sana como estilos de vida. Era un jipi de verdad, en el sentido más auténtico; de los que provoca en uno ansias de volar. Saludarlo era un acto inspirador, con ese gesto del puño cerrado al frente invitando a que uno también, con el puño cerrado, tocara levemente sus nudillos.

Se ha ido, creo, el último de los símbolos de toda una generación, inspirada en grandes revoluciones sociales, políticas, sociales y culturales; una persona que estuvo en permanente resistencia desde su manera de ser, que no hizo concesiones al poder y que vivió como quiso, en libertad… Homero, seguirás “parchando” en nuestros corazones… ¡paz y amor en tu nuevo hogar, el seno tierno de la Pacha Mama!

*  Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».