ANACRÓNICAS / CREANDO EN LA CANTINA

El escritor reflexiona sobre un hábito antiguo: el de escribir o pintar o imaginar lo posible y lo imposible desde las sillas de cualquier taberna y cafetín. Creación y cantina parecen ser consustanciales a nuestra tradición estética.

Escribe / Martín Rodas

No me hagan esperanzas

que en España

que en Lyon

y que en Toledo

¡ya estoy harta!

Déjenme así tendida

que el olvido es amigo

que el polvo es compañero.

Mercedes Valencia, Déjenme en paz

 

En días pasados, en el marco del 12 Festival Internacional de Poesía de Manizales participé en el conversatorio Manizales: retratos poéticos, auspiciado por el Banco de la República. Estuve acompañado de los escritores León Darío Gil, Juan Carlos Acevedo y Carlos Mario Uribe. Fue un diálogo que giró en torno a las creaciones nuestras sobre la ciudad, rememorando también a otros escritores que han forjado la literatura hecha sobre Manizales. Entre lectura y lectura de nuestra poesía, surgieron los comentarios acerca de la creación surgida en la calle y otros espacios alternativos.

En este sentido planteamos la importancia que tuvieron la calle, los parques, los bares, las cantinas y los lupanares en la construcción de una obra que no se gestó en los recintos, los salones, los estudios y la academia, sino que fue instalada en estos espacios alternativos por movimientos y escritores herederos de una tradición que en Colombia inauguraron escritores de movimientos como la Gruta Simbólica, y en especial Los Nuevos, cuyos máximos exponentes fueron León de Greiff y Luis Vidales.

A los anteriores deben ser agregados los nadaístas, precursores de poesía amasada entre los miasmas del licor y las brumas del humo de cigarrillos interminables, que en su rebeldía poética también instalaron las máquinas de escribir en medio del murmullo de bares y cantinas. Esto me hace recordar la última visita de Jota Mario Arbeláez a Manizales y el encuentro que tuvimos varios escritores con él en una cantinita que está enseguida del Cementerio San Esteban… ¡qué encantadora noche de tangos, boleros y músicas propicias para la bohemia y la inspiración barriobajera!

Maestros como Fernando González y Porfirio Barba Jacob también influyeron en esta corriente marginal, ambos fueron vates que tuvieron asiento en Manizales durante algunas temporadas de sus vidas. Barba Jacob, en sus momentos más tristes y abrumado por el cruel destino, venía a recuperarse de las dolencias físicas y emocionales en la casa de los poetas Jaramillo Meza, en el marco del parque de Cristo Rey, morada que tumbaron no hace mucho para construir un edificio. El otro grande, Fernando González, fue juez en Villamaría y su estela creativa e influencia no han perdido vigencia; recordemos que su libro Viaje a pie tiene un aparte dedicado a su paso por Manizales.

Y así, en medio de recuerdos y nostalgias, nos volvimos a cruzar con esos transeúntes bamboleantes de nuestras calles, parque y cantinas que nos dejaron un gran legado, poco conocido, pero valioso para esa ciudad invisible que flota en las brumas del alba y el crepúsculo: el viejo Leonardo Quijano, su discípulo Carlos Villegas «Segundo Quijano», Mercedes Valencia, «Toño» Leyva, Óscar Jurado, Javier Arias Ramírez, Juan Carlos Pizarro… En fin, personajes que nos dejaron una herencia ajena a las veleidades del reconocimiento y que pulieron sus versos en el cemento y el asfalto, poemas con olor a pucho, tinto y aguardiente, escritos en pedazos de papel que todavía se nos presentan como retazos de una ciudad que también está hecha de girones y textos desgarrados, plasmados en paredes y murallas, que desde otras orillas, siempre han sido estigmatizadas como el papel del canalla.