Escribe / Andrés Esteban Acosta – Fotografías / Laura Franco Salazar
La luz entra sin tocar los objetos del fondo del lugar. Ilumina temprano las mesas, antes que las rutinas de la bohemia atraigan las divagaciones esenciales entre quienes necesitan la certeza de la palabra compartida y la canción precisa.
Don Luis despacha tintos en pocillos clásicos Corona y le sirve la primera cerveza a Hugo, quien vive en Medellín y cada tanto regresa a Concepción. Bromean sobre la noche anterior, parece que esta cerveza no es más que la continuación del ritual de la jornada que terminó casi a la medianoche. Hugo decidió no pasar derecho, amoldarse a los buenos modales, o recargar su esfuerzo para darle la bienvenida a un nuevo encadenamiento de botellas.
La Cueva está calle abajo, doblando una de las esquinas del parque, como si el camino buscara el río, siguiendo el descenso descansado de la montaña sobre el empedrado del pueblo. A primera vista, es un escondite que da otro aire antes que recinto de la bohemia. O todo lo contrario, es un auténtico lugar bohemio, que no aparenta, ni se deja descifrar. Se camufla en un ambiente de misterio donde todo puede ser dicho y surgir en tema de debate, pena o risa.
¿Tienda, bar, cacharrería? La Cueva tiene algo de todo lo que sea posibilidad de reunión, incluso de soledad compartida. Su atractivo a la vista es la abundancia de artículos que ambientan la rutina de vaciar y llenar vasos y copas. Arriba las ollas plateadas Imusa y el bafle que estimula los excesos en la bebida. Un estante abajo las chocolateras en medio de las licuadoras y las ollas a presión Universal. Más allá, las alcancías del típico marrano gordo, para que sumen billetes y monedas. Otro escalón abajo, están los termos para conservar el calor, los espejos de pared y los calendarios. Todavía más abajo, por fin, el aguardiente y el ron, al lado de cocas de plástico, el equipo de sonido y los cds. Eso sobre la pared.
Don Luis, el dueño del local, apenas mira con orgullo. “Le metí de todo a esto”, dice. En el mostrador de madera tiene pocillos y platos de peltre, peinillas, encendedores, exprimidores, esponjillas, molinillos, cajetillas de fósforos, cuchillos, coladores, tablas para cortar, cucharones, embudos, ganchos para el cabello, pilas, borradores, empaques de ollas, candelas, espejos de bolsillo, cortauñas, naipes, dominó. Todo cabe en La Cueva. En la parte de atrás del negocio, donde otrora hubo mesas de billar, ahora hay paquetes con botas de cuero, cordones, plantillas, machetes, sombrillas, muñecas, canecas y más ollas. Hasta figuritas para el pesebre se consiguen.
Suena un tema de Los pamperos y se hace un silencio que se interrumpe por las copas y las botellas que se juntan en un deseo de “salud”. Esas almas que escuchan no solamente atienden sus bebidas, también saben distinguir una frase bien dicha, un verso en la música o un pensamiento destacado en la tertulia. Van soltando el canto, que les sale vivido, propio de quien ha unido momentos de su vida al relato de las canciones:
Atardeció de pronto y yo esperando
el retorno del ser que tanto quiero
“¿Por qué no vuelve?”, pregunta sollozando
mi pobre corazón de pena enfermo
La luz que se desprende de los objetos metálicos domina el espacio. Es un reflejo que se intensifica con el sol, que penetra más en el mediodía. Hugo pide otra cerveza. Ya tiene auxilio a su lado: un conocido del pueblo que va sin medida vaciando botellas y convidando, sin límite en el gasto, a toda persona desprevenida que se asoma.
Don Luis despacha la lotería a un vecino que pasa por su número de la suerte. Lo escoge sin premura, como si estuviera al tanto de los ritmos del azar. Se persigna y se manda un ron. Lo del ron no está directamente conectado con la suerte. Se lo tomaría sin la razón de la compra del billete de la lotería. Se lo tomaría solo por el argumento de vivir. La suerte está en las mesas, en el día a día de las vidas que repasan las calles del pueblo hasta encontrar el momento para confundir el tiempo de la rutina con el de la conversación.
El sitio se llena de rostros familiares que confirman su necesidad de la evasión, esa experiencia de la bohemia que es una lucha por el encuentro, así su logro no sea siempre el esperado y el diálogo se transforme en debilidad de la palabra, soledad o desamparo. Los rostros coinciden, se ausentan, van y hacen una diligencia y retornan, pasan por la casa y en algún momento del día vuelven a La Cueva, en un deseo genuino de prolongar su estancia, renovando su identidad, como esos viejos cuadros familiares que cuelgan en las salas y recuerdan que algunas personas nunca deben ser ausencia plena.
En una de las mesas, sostenida por varillas negras en diagonal y con una tabla protegida en los bordes por una franja de lata atornillada, dos campesinos charlan sobre el precio de las tierras luego de la pavimentación de la carretera que sube desde Barbosa. “Esto va a cambiar, va a llegar mucha gente”, dice uno mientras saca del bolsillo de su camisa el billete para pagar los tintos y un servicio para la mesa de los que siguen empeñados en la cerveza.
Debajo de la mesa, un perro criollo negro descansa del trajín de la mañana. Seguramente su costumbre es la de estar echado ahí, mientras algún cliente apiadado le lanza un pedazo de salchichón o una salchichita de esas que vienen remojadas en lata. El perro traga entero y pasa la lengua por la baldosa hasta limpiar el último rastro de sabor, se mueve de su sitio con ansias de otro bocado, mira a los hombres con ojos suplicantes y les olfatea las manos. Ellos le acarician el lomo. El perro se echa bajo la mesa y vuelve a su quietud. Los hombres no se percatan y en un par de ocasiones le pisan la cola. El perro brinca y amaga un enojo impotente que no rompe con la serenidad de la tarde adormecedora.
El sol deja de pegar directo. Hugo y su amigo de mesa, quien tiende a caer, siguen en carrera. Hugo está inquebrantable, habla más que en la mañana. Don Luis va ganando color, manteniendo su firmeza de dador de la suerte y servidor de la bebida. Santiago, su hijo, que viene de hacer tortas y pasteles en la mañana, lo reemplaza a ratos.
El amigo de Hugo está en proyección de una rasca memorable. En sus cachetes ya se ve el color del licor que va agarrando. A estas horas, o para y recupera para la noche o deja que el rito avance sin temor hasta la desmesura, hasta caer derrotado sobre la mesa y despertar sin recuerdos.
Hugo pide dos cervezas más, se para y camina unos pasos siguiendo la guía de la nevera y luego la del mostrador. No es el debilitamiento de los sentidos por el alcohol el motivo de su desplazamiento guiado, es la ceguera. Se mueve con facilidad entre los objetos. Ya conoce el sitio, sabe dónde está cada cosa. Regresa y vuelve a su silla. Con un dedo mide la cantidad de cerveza que tiene en el vaso. La llena con lo último de una botella que llega a su fin. Llegan las otras dos cervezas.
El amigo comenta que llevaba seis meses sin beber, que el año pasado se bebió varios millones. Se trata de uno de esos casos raros de los bohemios por temporadas, esos que beben cada tantos meses o cada año, y que una vez arrancan nadie los ataja, van enceguecidos hacia un pozo donde tarde que temprano asoma el arrepentimiento.
Los señores del tinto se paran y se van. El perro no se da por enterado, apenas mueve la cabeza para reacomodarse. Una señora entra y saluda con cercanía. Sin tener que pedir, a su mesa llega un tinto en pocillo con uno de azúcar.
Hugo lanza una expresión lúcida: “eh, es que la música sí es que dice la verdad”. Busca la verdad en las mesas de La Cueva, como si el mundo que cabe entre esas paredes fuera suficiente. La luz del día pasa, los clientes que escapan de la noche se despiden, uno de ellos caminará casi dos horas hasta la vereda. El perro sacude su cuerpo y se va por las calles estrechas.
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Don Luis cambia el cd:
Solo
yo voy solo entre la gente
que me mira indiferente
sin sentir curiosidad
El cantor que se escucha por los bafles alumbra el pensamiento de quienes llenan el espacio. Son unos segundos antes de que la primera voz del recinto replique el mensaje con descaro popular en su canto, haciendo eco de las ideas que se contagian y sirven para nombrar el derrotero elemental de una vida.
En este momento, ya entrada la noche, todo depende de la música. Las conversaciones que se dan en la mesa necesitan, por lo menos de fondo, el amparo de guitarras u orquestas, la celebración y la algarabía o la desilusión y la desdicha en el canto. Que el silencio sea el descanso del gasto de las palabras.
De tanta conversación y alcohol van soltando más reflexiones, más peticiones de canciones, mientras don Luis tiene que repetir el movimiento de servir el aguardiente, destapar la cerveza o dejar caer, de nuevo, sobre el pocillo la corriente de tinto de la greca. “Todo lo dice la música”, se menciona en el lugar, antes de que las voces de Las Estrellitas, con el tema Mariposa Consentida, le atinen al gusto de Hugo.
Las horas van mostrando el camino de regreso a casa. El frío baja del parque y se mete en La Cueva a marcar el fin de otra jornada. Es un frío de calles desoladas, no de tierras frías –que estas no lo son–, anuncia el fin de las charlas y las ideas sueltas. Don Luis le merma a la música y empieza a calcular cuentas, a recibir billetes y devolver monedas, a decir “mañana cuadramos, cuidado en el camino”. El pueblo se adormece, se topa con un silencio casi definitivo, solo interrumpido por caminantes que murmuran los motivos de su tardanza.
Don Luis y Santiago recogen las evidencias de la bohemia. La Cueva cierra y los rumbos se dividen. Hugo, quien ya ha despachado a su compañero tambaleante y ensimismado, sigue buscando el canto en su cabeza:
Solo
como un perro callejero
como barca sin velero
solo con mi voluntad.



