Relato finalista en el Concurso nacional de cuentos “La Cueva”, Barranquilla, 2016. Aparece en la selección de 22 finalistas publicada por la editorial del mismo nombre.

Por: Omar García Ramírez

  El rostro estaba desfigurado. Le había roto los labios y le había cambiado sus ojos por los de una vaca. Le había recortado su bella cabellera y ahora lucía la cara pálida de una mozuela gótica, una perrita Drag queen. Los cortes hechos en Photoshop, dejaban claro que mi venganza era cruel. Había guardado la fotografía en la carpeta de las desfiguradas que ahora pasaba de cincuenta archivos. La meta era llegar a unas cien intervenciones. Un centenar de criaturas del internet, desfiguradas y transformadas en monstruos virtuales. Sí, allí guardaba esa serie de putillas grotescas y mancilladas contra fondos negros. Una especie de  frigorífico virtual del cual pendían todas colgadas boca arriba.

   Desde que me he convertido en un hikikomori no dejo de desfigurar; es uno de mis pasatiempos favoritos. La verdad es que al principio, traté de comunicarme con algunas de aquellas beldades. Envié varios e-mails, pero las agencias de modelos a las que pertenecían no daban respuesta. Ingresé en algunos clubs de fans y traté de obtener sus correos electrónicos, pero las pocas veces que lograba hackear esos datos con miles de trucos me encontraba con respuestas amenazantes. Esos cerdos corporativos, guardianes de la belleza, solo quieren explotar a su criaturas pero nunca dejarían que un freack como yo, llegase siquiera a intercambiar un par de frases con algunas de ellas.

   Había dejado los comics. Los grandes del hentay, las series del anime y el manga. Para completar se había dañado la consola de juegos. Un día intenté salir para llevarla  a reparar donde el técnico. Apenas traspasé el umbral de la verja principal del conjunto cerrado, el ruido de la avenida me hirió. Y  me sentí mal, entonces regresé.

   Ahora me estaba interesando por otras cosas, estaba progresando en lo de las fotografías. Estaba regresando por mis fueros. Empecé a cazar y a deformar criaturas virtuales.

   Las comidas de bolsa metálica calentadas en microondas, los caldos de sobre, las rosquillas sintéticas y las chocolatinas eran mis comidas preferidas. Los papeles y empaques de estas golosinas estaban por todo mi cuarto. Mi madre, divorciada y ahora muy ocupada en su nueva empresa de cosméticos, había renunciado a verme hacer algo productivo. Era poco lo que podía hacer. Yo le había dicho que con 22 años no quería morir por karoshi

   ––¿Qué significa eso? –– preguntó mi madre.

   Le dije que era el término japonés para la muerte por exceso de trabajo.

   ––¡Pero si vivimos en Bogotá, Colombia! ¿Por qué te identificas con esos jóvenes amarillos y con ese montón de muñequitos, dragones y robots? ¿Cuándo vas a madurar hijo, cuándo te vas a desconectar… cuándo vas a sentar los malditos pies sobre la tierra?

   Recuerdo que no giré mi cabeza para responder a estos tres interrogantes; creo que sentí pánico aquella vez. Dejé que mi mirada y mi silencio se perdieran dentro de la pantalla.

   Después, con el tiempo, mi madre se fue alejando y se hicieron más distantes sus visitas a mi cuarto. Nos comunicábamos por medio de stiks que me dejaba pegadas en la nevera. Llamaba por el celular una vez al día. Luego cada tres días. Después una vez cada semana. Creo que tenía un nuevo amante.

   Mi habitación en pocos meses se había convertido en un basurero. Pantaloncillos sucios por allí; calcetines mugrientos por allá; restos de sobres y comidas que se iban acumulando dentro de las gavetas de la estantería y el escritorio. Dentro del closet, los busos y las sudaderas se amontonaban en una bola de suciedad y mierda. Mi cabellera comenzó a crecer, negra, enmarañada y grasosa. Una barba rala e incipiente comenzó a desmadejarse desde mis pálidas mejillas. Cuando legaba la mañana, iba a mi baño privado, tomaba un poco de agua, corría las cortinas, regresaba a la cama revuelta; una porqueriza de cobijas, libros, comics y basura. Dormía  como un gusano en su crisálida más allá del medio día.

   Mi madre enviaba una señora del aseo que pasaba por la casa los sábados. Yo le dejaba un montón de ropa sucia y bolsas plásticas llenas de basura en la puerta de mi cuarto, pero nunca la dejaba entrar. A veces la señora me dejaba comida en una escudilla en el suelo como a los presos. Daba tres golpecitos en la puerta: “Joven, salga a tomar el sol…” ––me decía––, “…salga a tomar el sol que ese encierro le puede hacer daño”. A mí, eso me daba risa.

   Jugaba en el día. Me había conectado a una línea de juegos en el internet.

   En la noche coleccionaba fotografía erótica. (No me gusta la fotografía a color, sino la clásica, la artística, en blanco y negro). Tenía tiempo y mi colección era de peso; así que le dedicaba horas. Quería aprender algo por si en algún momento de mi vida me decidía en serio por la carrera de fotógrafo. Bueno la verdad, era eso lo que pensaba unos años atrás.

   Recién terminada la secundaria, mis padres se habían divorciado. Por un año quedé al cuidado de una tía fotógrafa, artista, escritora fumadora de marihuana y practicante de las filosofías orientales quien me regaló una cámara fotográfica “Canon” réflex, me enseñó los conceptos básicos del arte y me  dijo que me buscara mi propia libertad y mi propio mundo. “Solo dos consejos cariño: Haz lo que se dé la reverenda gana, pero en cuestión de drogas o enervantes psicodélicos procura no meter sino marihuana”. Ella era publicista de una afamada agencia internacional y viajaba frecuentemente. Mi madre decía que mantenía de viaje en los aviones y a bordo de la María-Juana. Durante ese año disfruté de su bien surtida biblioteca y de su gabinete secreto en donde guardaba medio centenar de películas porno que pude disfrutar en su reproductor de D.V.D. Algunas de las joyas que atesoraba eran: Romance, de Catherine Breillat; Carla, Bella Ragazza, de Tinto Brass; Close Ups, de Andrew Blake; El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima; El Erotómano, de Dino Rossi; y una incunable: Deep throat, de Gerard Damiano.

   De alguna manera esos films fueron mi iniciación sexual. Mi tía, muy liberal en ese sentido, dejó que yo hiciera acopio de nuevos materiales y me decía: “¿Por qué no los ves con una amiga? ¿No tienes novia?”. Y yo le decía que sí, que ella había pasado algunas veces cuando ella no estaba en el apartamento, pero que no la presentaba porque era muy tímida y… No, no era verdad. Todavía no había llegado mi media naranja.

   Después de aquellos meses en donde me mantuvieron al margen del conflicto, regresé donde mi madre que vivía sola en una casa de un conjunto cerrado al norte de la ciudad, ella solo pasaba una vez cada tres días. Permanecía más tiempo en su pequeño apartamento del centro. A veces me tocaba llamarla para que pasara a recoger recibos y cuentas. Así que la situación era ideal: estaba con un computador de la última generación, 3.5 megabytes de RAM y 2,5 en ratio de trasferencia; full tarjeta gráfica y tres cajas llenas de periféricos, que mi padre me envió desde New york a donde se había ido a vivir. (Con él no hablaba). Me enviaba dos o tres veces al año una caja con regalos y gadgets y una escueta nota: “De tu querido padre”.

   Yo tenía todo el tiempo del mundo ya que le había dicho a mi madre que me tomaría unos meses para decidir una carrera, mientras tanto me matricularía en un curso de inglés por aquí y algo más por allá. A ella no le pareció buena la idea, pero no pudo hacer nada. En aquel entonces yo tenía 18 años. Ya era un adulto. Y había entrado a un curso de fotografía en los programas de extensión de la facultad de comunicaciones de la universidad de los Andes. Sabía de los clásicos de la fotografía y buscaba no solo una buena fotografía, una buena modelo, buscaba algo más.

   Con el grupo hubo una fiesta para celebrar el tercer mes de estudio. La mayoría eran mayores que yo. Todos llevamos las cámaras. La fiesta era en una finca de “La Calera”. Vinieron las copas de licor y las bromas. Yo que hasta ese momento no había bebido ni fumado, esa noche lo hice por complacer a mis amigos del taller. Hicimos una fogata. Todos nos pusimos un poco locos. Me pasaron un cigarrillo grande como un tabaco. Desperté al otro día. La luz de las diez de la mañana golpeando fuerte. Un pasillo de madera fría. Estaba semi desnudo y sin la cámara.

   La pequeña finca estaba desierta. Recuperé como pude mi ropa. Salí a coger un trasporte a la carretera.

   Aparecieron unas fotografías en la red social. En una de ellas aparecía yo. Había sido un estúpido. No le dije nada a mi madre. No regresé al curso.

   Encontrar una modelo se fue haciendo poco a poco, algo difícil y complejo. Mi natural timidez era deformada en ocasiones por un desparpajo que casi siempre tendía hacia lo humorístico; sumaba, además, cierto gusto por los temas sórdidos y grotescos. Esto espantaba las pocas candidatas, que con la actitud adecuada, habrían posado sin pensarlo.

   Regresé a mi casa y me encerré en mi cuarto.

   Mi colección comenzó a perfilarse. Buscaba modelos que en su cuerpo llevaran un claroscuro con grano medio. La pose era importante, tenía que ser una situación algo teatral; dramática diría mi tía. Ese gesto y esa actitud de romper la distancia entre el objetivo y la pantalla. De alguna manera buscaba mujeres con un brillo de enajenación en los ojos. Abiertos o ligeramente entornados como soñando en un viaje de opio; la boca musitando algo, murmurando por lo bajo una lamento de cortesana de burdel. Esas que se ven en las películas porno-bizarras de las páginas más sucias.

   Entonces llegó para alegrar mi vida Tatiana Paradise.

   Fue una noche en que después de jugar MECHA-WARRIORS on line durante cinco horas seguidas, terminé cansado e hice una pausa para tomar una malteada de caja con unas waffer. Apagué el computador para que se refrescara. Después de quince minutos en donde estuve tirado en la cama dejando volar mi imaginación mientras miraba la colección de dragones y guerreros de caucho que estaba en la estantería superior; me dispuse a esa cacería que comenzaba después de las diez de la noche. Buscaba la modelo ideal. Esa princesa que en ese momento estaría caminando distraída por alguna avenida de la red. Esa pantera lujuriosa encerrada en algún obscuro cuarto, en algún chat de bombillo rojizo visitado al otro lado de la pantalla por legiones de hombres solitarios y babeantes.

   Y apareció en un álbum blanco y negro. Un blog de erotismo fotográfico.

   Tenía el ojo entrenado. Había visto más de un millón de fotografías en la red. Había visto más de 300 videos en la línea del movie-fashion. Guardaba más de mil archivos y 12 carpetas rigurosamente seleccionadas y almacenados en cedés y en el disco duro, lo que me daba suficiente autoridad para saber qué era una buena fotografía y quién era una buena modelo.

   No voy a negarlo. Había tenido otras iluminaciones, otros enamoramientos. Con Ana Dello Russo, la  modelo de Helmut Newton, había tenido una relación tormentosa. La seguí y coleccioné durante tres meses ––eso me pareció una eternidad––. Soporté muchas de sus bromas. La vez que me apuntó con su pistola desde el sofá y disparó por encima de mi hombro fue de miedo. Bueno, soporté muchos de sus juegos con una frialdad que aterraría al fan más equilibrado. La dejé, después de ver sobre la mesa una raya blanca. Hice una ampliación al 1000 % y  vi los restos de lo que parecían ser unos gramos de cocaína, al lado del teléfono negro y sobre el espejo. La muy zorra había estado de perico y periqueta con el cerdo de Helmut Newton y a lo mejor con la putana de su esposa, esa jorobada de gafas de carey que lo seguía como una sombra a todas partes. Una desgracia.

    Soy un muchacho sano. Desde aquella experiencia con el curso de fotografía. Nada de alcohol, nada de drogas (naturales ni sintéticas). Mis únicas drogas eran las “aspirinetas” y los “Advil” en época de resfriados en invierno. Aun así, las aborrecía.

   Luego tuve una relación breve, pero muy fuerte con una modelo rusa llamada Anienka. Llegó a Europa causando sensación y después de triunfar en las pasarelas de París y de Milán salto a “Amerika”. En donde se consagró, taconeando en las ligas mayores. En menos de dos meses estaba rodando por la red.

     Después de un tiempo en donde varios medios amarillistas la relacionaron con todo tipo de faranduleros: desde jugadores de baloncesto hasta raperos gangsta. Fue cliente asidua de muchas discotecas. Metió mucha droga. Rápidamente se puso fea y gorda como una matrioska.      

   Pasó de modelar lencería para “Victoria Secret” a modelar tallas XL apara una firma canadiense que vendía ropa interior para grandes superficies. Terminó haciendo comerciales de mantequilla en la T.V. gringa. Lo mío son las flacas, las cuasi-anoréxicas, las mujeres que dejan al descubierto toda esa geografía ósea, esa estructura de músculos magros y cartílagos flexibles. Es tal vez, una fijación malsana. Pero, esos culos gordos de ballenas varadas sobre la alfombra; esas masas de carne grasa que tiemblan bajo los reflectores; ese ganado de granja energizado a punta de cocaína bajo las luces y los flashes en discotecas donde se exhiben mujeres de traseros tatuados para deleite de pandillas reguetoneras, debo admitirlo, no me inspira.

   Dicen que Anienka fue una de las modelos que las mafias rusas controlaron en occidente y que había estado una temporada en uno de los prostíbulos de la nueva nomenclatura. Casas de modelos que controlaban centenares de chicas que enganchaban desde Rusia, Polonia y la antigua Yugoslavia. Adolescentes que eran traídas como ganado de primera para consumo de los dueños de los consorcios, las multinacionales y la burocracia internacional.  Perversa, infantil, dentro de la línea de esos animales de pasarella como la Emili Sehenko quien trabajó para la Ford y que fue portada de Vogue. Como Elsa Hosk. Mujeres de más de uno ochenta sin zapatos; fieras de alfombra roja y reflectores, con pieles de caucho terso y nácar opalescente. Anoréxicas vitales y risueñas; androides femeninas alimentadas con malteadas y zanahorias, mantenidas con la energía de una batería de un reproductor de Ipod. Bestezuelas cocainómanas que se mueven dentro del mundillo de la moda y la haute couture para alimentar los sueños de una jauría de estetas alcoholizados quienes aplauden desde los costados de los pasillos.

Damitas salidas de suburbios periféricos e industriales, de las granjas polacas, de las favelas de Rio de Janeiro; “rescatadas” de los tachos de basura de las calles de Buenos Aires, domesticadas por la industria de la cosmética, para ser convertidas en fashion victims y luego, decoradas con pieles y pedrería. Sus cicatrices habían sido restauradas y ahora aficionadas a las drogas, las fiestas y el dinero, serían las portadas de Vogue, Vanity Fair, Marie Claire o de Bazaar durante un par de meses, para después ––en su gran mayoría–– ser deglutidas por la factoría de la carne. Terminaban convertidas en gatitas mansas al capricho de un mafioso de las altas esferas o ejerciendo de bailarinas de algún club de streep-tease. Otras marcadas como C.D.T. (carne de traquetos), había dicho mi otro amigo Ikikomori en un e-mail que me había enviado, en donde comentaba entre otras cosas, el caso de una bella modelo colombiana que había sido asesinada en plena función, ametrallada en un desfile privado en Barranquilla.

   Anienka también tuvo un trágico final. Alguien la tiró desde un balcón de su piso en New York. Ahora puedo evocar su cabellera negra de ángel nocturno. (La veo caer en cámara lenta desde el piso catorce de su apartamento. Su bello rostro eslavo desfigurado contra el pavimento que refleja las luces de la calle invernal). Fue un luto que duró semanas.

   Me había dejado; entonces desfiguré sus fotografías y las archivé en el folder obscuro de las quimeras.

   Luego, llegó por una corta temporada a conquistar mi corazón y mi tiempo (este amor en la red se mide por el tiempo perdido, ese que nunca se recupera, que te mata y luego se olvida): Dakota Girl.

   Era Dakota una muñeca de carne rosa. 14 años, piel de porcelana, piernas largas y delgadas; ojos delineados en quirófano a la manera anastasiya shpagina ––cirugía que elimina un pedazo de los parpados para abrir de esta manera la mirada  como en los comics japoneses del entay––. Una Ada de cabellera metálica y trenzas doradas vestida con minifalda de lolita. Bueno, me di cuenta que muchos padres, influenciados por las culturas de los mass media japoneses, estaban sometiendo a sus hijas desde muy niñas a operaciones estéticas para acercarlas a ese tipo de belleza que adoran los nipones. Un fetichismo por el látex y la belleza inocente. Algo para después explotar en la web. (Muñecas, álbumes de fotografía y suscripciones a chats privados).

   Poco a poco me fue desencantando. Mis hormonas pedían mujeres de carne atormentada y lacerada; mujeres en cuyas pieles el sol, el agua de mar y la lluvia se hubiesen posado; mujeres con ojos de fuego y sexo, no ojos diseñados para muñecas de jardín. Ya no quería niñas bajo una sombrilla rosada con sus chochitos entalcados; quería hembras en donde se viese la huella del sol y la arena, la sal y el viento; mujeres de nalgas tonificadas sobre las cuales se pudiese practicar sin miramientos una dura faena de spamking, como en esas películas que había visto donde mi tía.

   Así que Dakota, una noche cualquiera, fue sometida a una ceremonia de intervención fotográfica y la desfiguré. La arrojé al cuarto de las mutiladas. Allí quedó en la carpeta Número 24 como una triste y fría muñeca de mirada azul.   

   Pero… Tatiana Paradise era otra cosa.

   No me importaba si su boca de labios negros había lamido las comisuras de la boca de un ser vicioso y grotesco, algo así como un frankenstein cómico, un guiñol de opereta. Ese tipo que la exhibió por el medio oeste americano y la puso a rotar en la web para expoliarla ––Sexplotaition al piso––. Y luego, la dejaría tirada en alguna callejuela de la autopista virtual. 

Solo conservo un viejo y secreto archivo. Una ajada fotografía en blanco y negro, en donde se le ve con un revólver en la mano. Al fondo un paisaje suburbano, seguramente en las afueras de Texas, a donde dicen algunos de los nerds de los foros secretos de intercambio de archivos, fue a dar con uno de sus machos. Uno más de la serie de chulos que laceraron su cuerpo hasta dejarla con el rostro en blanco. Un frame defectuoso, una foto de media resolución degradado por el ruido de la red y que no pude restaurar con las herramientas más sofisticadas de los programas de imagen.

   Ella reinó por un tiempo (pocos meses, que en internet son una era) en la red oscura de los solitarios cazadores de mujeres de bites y doncellas de energía. Un tiempo en el que su mirada tenía un número áureo que resplandecía sobre las pantallas. Número para jugar en la lotería del amor fou como diría mi tía (tan afrancesada ella, tan  italianizante y loca) para hacerlo rodar en la ruleta multicolor de algún casino de juegos on-line; que mantenía una tensión lejana; frío helado de mirada rusa sobre la estepa de los voyeurs nocturnos. Que exhibió su longilínea figura sobre surcos de nieve donde florecen ojos eléctricos de locura.

   Su primer amante, fotógrafo de la América profunda, reportero-cowboy y director de revistas porno de tercera línea (ascendencia irlandesa y cámara rápida). El tipo tenía la cara desfigurada por una caída y la patada de un toro en un rodeo.  La había descubierto cuando Tatiana trabajaba de cajera en un supermercado en Elizabeth, New York. Él tuvo la revelación; aunque no se crea ––se requiere talento para ver la belleza, para escuchar ese canto––. Eso lo dijo una vez Mapplethorpe. Seguro ese fotógrafo descubrió esa belleza de mezcla raizal en el vértigo de la gran ciudad. Algo de italiana, algo de cheyenne, algo de cosaca, en sus facciones se adivinaba. El fotógrafo tuvo la bendita suerte de hacerla inmortal con una docena de fotografías en alta resolución, que de inmediato comenzaron a rotar en los foros de los adolescentes solitarios de medio mundo. Yo era uno de ellos cuando tuve el encuentro. Recuerdo el día y la hora. Un viernes a las 8 y treinta de la noche.

   ¿Cuántas veces fue vista su imagen?

   Según las estadísticas de Google, unas 1.365.000 veces. ––No es mucho la verdad––, pero una vez que tenías esa colección de doce fotografías en alta resolución ya no podías dejar de soñar con ella. 300 d.p.i. Un tesoro aquella época. Solo los afortunados de la banda ancha y computadores de gran capacidad se podían acercar al brillo de la pupila del ojo, apreciar sus dientes y la sedosa tersura de su cabello. Solo doce fotografías hacen falta para que una mujer en la red tenga miles de admiradores y admiradoras. Para forjar una leyenda.

   Tatiana Paradise era alta en una medida que se podría decir atlética; delgada, muy delgada, sin llegar a la anorexia que deforma la elegancia de los cuerpos estilizados. El fotógrafo americano la presentó en rodeos, en peleas de Westler y barras de mala muerte. La golpeaba, la hacía consumir drogas y le daba mala vida. Tatiana Paradise escapó. Dicen que había llegado a Europa para  trabajar por un tiempo en una agencia de turismo en Bélgica y luego de modelo; pero se aficionó a la heroína. Eso significó una caída.

   Fue rescatada de la jeringa y el “caballo” por un joven intelectual francés de nombre Jaques Perrualt, quien la había orientado hacia el mundo del porno en donde tuvo una fugaz sintonía, dejando como obra tres cortos de sexo brutal. Perrualt ––el afortunado apoderado–– buscaba renovar el mundo del cine erótico con historias densas y existenciales en donde el sexo era tratado con “dureza poética y madurez conceptual”. ––Eso decían los blogs y las revistas de especialistas–– El sexo como una filosofía del cuerpo a la intemperie bajo un mundo vigilado y controlado. Un comentarista muy prestigioso del mercado de la carne trémula, comentó en una revista de gran circulación que la incipiente estrella después de su debut en los Ángeles ––meca del porno americano––, se había alejado por temor al sida y las enfermedades. Allí la cosa es al natural, la carne presiona y golpea a fondo la carne; porque dicen que la carne con sangre entra. (Ese debate de látex, vaginas y glandes, entre productores y autoridades, continúa nervioso y vigente).

   Estando a salto entre América y Europa, su nuevo manager buscó oficio y apertura de fronteras. Pero su debut en el cine escandinavo tampoco había corrido con mejor suerte. Tatiana Paradise no había resistido ser sodomizada por tres estibadores que la habían tomado en medio de una de aquellas producciones de bajo presupuesto, en las afueras de un muelle. Era época del otoño en las afueras de Estocolmo.

   Coleccionistas de imágenes con el síndrome icónico de Diógenes; escoptofílicos anónimos, que deambulamos hasta altas horas de la madrugada buscando esos retratos extraños, esas colecciones exclusivas de la revistas de intercambio p2p (peer to peer) de tercera generación, conocíamos de su existencia. Sabíamos de las cualidades narcóticas de su mirada, de la capacidad enajenadora de su luz. Como un yūrei enamorado; fantasma japonés envuelto en la penumbra de mi cuarto; alimentado con chitos, masmelos, caramelos, choco-ramos y yogurt;  asistí a la elaboración de un mito que corrió sobre los cables de silicio de las redes, que hizo su aparición en los foros de los solitarios y en una que otra paginita web gótico-bizarra. Iconofílicos, iconópatas, fotoneuróticos, fuimos los partenaires de su alumbramiento.

   Cuando ella rompió con Perrault, el director, este entró en una depresión que lo condujo a su auto-aniquilación. Yo, al igual que miles de enamorados de Tatiana Paradise, le deseamos a él lo peor. (Era talentoso, guapo y un magnífico fotógrafo de cine). Pero lo odiábamos ya que él había tenido acceso a ese secreto, a esa piel de almendras maceradas en vino rojo, a esos labios de pétalos mordidos en la sangre. Después Perrault dejó de tener importancia. Desapareció poco a poco, se fue desdibujando, ya no quema mucha pantalla. Al parecer, en la actualidad sale con Barbarella Dreak, una putilla con una belleza ordinaria devenida en actriz del mainstream, sin más talento que la glotonería de esa geométrica arpillería ubicada en la entrepierna. En sus películas nunca deja de mostrar ese vértice en donde los fotógrafos avezados encuadran su Medical shots, su Money shot, Argent cadre de los franceses, deglutiendo penes de todos los calibres con pasmosa facilidad. En pocas palabras, una zorra un poco sobrevaluada.

   Tatiana Paradise siguió su andadura. Estuvo un tiempo por Francia. Se le vio veraneando en la campiña. Tomó clases de fotografía, de guion y cine, dicen que fue asistente de Catherine Breillat (la directora tan admirada por mi tía). Fue en ese momento donde posiblemente pudo haber tomado conciencia de la posibilidad de una pornografía feminista, ––ya que le habían dado la oportunidad de actuar–– pero ella prefirió estar detrás de cámaras. Después coqueteó con ser la autora de su propia obra, e inmortalizar su extraña belleza pero asumiendo el rol completo; realizando completa la faena. (Era ella la modelo y era la fotógrafa frente a la cámara). Me la imagino en una época plena de sueños y libertad, y ella consciente de su magnífica belleza.

    Las únicas series de fotos en blanco y negro (8 fotos cada una) de aquella época podrían sugerir las influencias técnicas de Newton o Mapplethorpe. En aquella serie francesa ––rareza para los coleccionistas virtuales–– parece ser una mujer poderosa de mirada felina, en las afueras de una casa victoriana. Algo que la emparenta con los temas y el decorado teatral de la obra de Ellen Von Unwerth. Tatiana se encuentra de pronto retomando la estética decadente de las doncellas y mucamas de las mansiones victorianas. Sexualidad encadenada, presta a la orden del fuste; joyas-reliquias-camafeos para sacar al jardín a la hora del té. Su piel de fantasma sobre-expuesto, su cara apenas velada, inmortalizada en la monocromía dura que muestra su boca en un gesto delicioso de felatora encerrada en la mansión del poder.

      Sin nicho virtual. Sin web, sin blog, sin trinos de pájara obscura en su jaula. Era difícil seguirle la pista. Su hábitat se había desplazado hacia la red profunda. Luego las fotos se hacen más escasas y obscuras, casi adornadas por un halo de putrefacción; algo circense,  como de fiesta de barraca con seres grotescos; freaks de feria en ceremonias zoo-fílicas; algo cercano a los caprichos necrófagos de las obras de Joel Peter Witking; composiciones que rozaban la vesania lírica de un Alessandro Babari (una muñeca desarticulada sobre una mesa de mármol, al fondo una bestia maravillosa; un jabalí con la boca abierta mostrando sus colmillos)… En un foro de fotografía erótica alguien habló de su reciente afición a las auto-mutilaciones, las heridas, los golpes. Mujeres de caras hinchadas bajo el control de un verdugo macho con el rostro cubierto por una máscara de hule. La exhibición de cuchillos y de artilugios de tortura. Eso era especial, eso tenía su interés. Para mí fue una revelación. Abrió, de alguna forma, una ventana de una casa perdida en el fondo del bosque. Una casa cercana a la colina.

   Poco después, en una página encontré algo que luego no pude contrastar. Algún comentario que se perdía en la leyenda de red obscura. La relacionaban con un crimen pasional. Había apuñalado a su amiga, una modelo alemana. Al parecer había huido a Sudamérica. “Bambi Magazine” le dedicó unas líneas y unas fotografías casi como quien hace homenaje a una fallecida. ¿Who killed bamby?

   Después, desapareció sin dejar ningún rastro. Algunos intentaron forzar  páginas fantasmas, algunos links que tenían su nombre por cebo; les devolvieron virus y gusanos. Eso es lo que carcome un cadáver virtual. Eso, el vacío y la nada.

   Entonces, no sé por qué le pedí a mi padre mediante un e-mail un juego de cuchillos de cacería.

   A los ocho días los tenía en mi casa. Una caja de ciprés. Bellos diseños, filos de acero relucientes e impecables. Dibujé unos círculos a la manera de un blanco con un pedazo de tiza en la pared del closet, y entrenaba lanzamiento de cuchillos. Me hice algunos cortes en las manos y en los brazos. No sé cómo, ni en qué momento. Cuando me miraba en las mañanas, aparecían nuevas marcas y cicatrices.

 ***

   Ahora tengo 26 años. Escribo para dejar un testimonio de mis recuerdos que tienden a desaparecer como una pantalla chisporroteante con interferencias eléctricas. Estoy haciendo mi carrera acelerada para convertirme en un parasaito shinguru escalón superior de un hikikomori.  Parásito soltero, sin novia, sin trabajo, sin estudio. Solo sueños densos inmersos en la pantalla líquida. Mi único hijo sería un engendro amorfo como el de “Eraser-Head” de David Lynch. ¡¿Mami, quieres ver a tu nieto?!

   He comenzado a desfigurar todas las mujeres de mi colección. Hay un encanto en esas agresiones.

   Una tarde en el frenesí de una masacre, perdí algunos de mis archivos. Me puse furioso.

   Tenía algunos backups en cedés y en  usebés. Sin embargo, había perdido las carpetas más importantes de las desfiguradas. (Allí había verdaderas obras de arte). Después de cacharrear y desplegar las instrucciones del manual técnico de mí máquina durante dos días, logré organizarlo. Recuperé algunas cosas importantes mediante un software pirata.

   Sin embargo, al otro día, cambié de opinión y comencé a borrar archivos. Estaba dispuesto a borrarlo todo. Lo dejaría todo en blanco como a un robot amnésico. ¿Quería comenzar desde cero? ¿O simplemente, estaba intentando borrar las huellas de mis crímenes?

   Fui a la cocina y preparé un poco de malteada de avena. Las galletas y los enlatados  se habían acabado. Mi madre hacía más de tres meses que no llamaba ni venía. La señora del aseo tampoco. Cada quince días me enviaban un domicilio del supermercado con la comida y los artículos básicos para la supervivencia. Yo abría la puerta, el mensajero dejaba la caja con los víveres en el umbral. Yo halaba la caja y cerraba. No quería trato social de ninguna índole.

   Aquella tarde me quedé frente al ordenador en blanco. Dejaba pasar el tiempo.

   Abrí la gaveta de mi escritorio. Vi los cuchillos de mi colección de caza, estupenda tecnología de corte suiza.

   Afuera escuché unos gritos. Miré por la ventana. Había un pequeño carro de mudanzas.

   En el frente se pasaban a la casa desocupada. Los obreros de la mudanza gritaban y se reían. Era una tarde lluviosa. (El invierno campeaba desde hacía tres meses y no daba tregua). Luego, llegó un carrito Volkswagen rojo,  nuevo, reluciente.

   Vi bajarse una muchacha.

   Tomé los prismáticos que tenía sobre mi biblioteca, enfoqué y miré.

   Era ella, lo puedo jurar. Tatiana Paradise. Pálida, delgada, espigada; su piel graduada en escala de grises azotada por el viento. Lucía un abrigo negro y botas de cuero altas; bajaba algunas cosas. Habló con el chofer del carro de mudanzas. Su pelo alborotado brillaba ––cobre ligero y nervioso bajo un paraguas sepia––. Luego, miró hacia mi ventana. Y pude ver sus ojos de cristal violeta.

   Sí, era ella,… sonreía y miraba hacia mi ventana.