Ganador del segundo lugar en el Tercer concurso de cuento TLCDLR. El jurado manifestó que “No se sabe por qué el hogar está fracturado, pero Jorge es un personaje mezquino que ora y luego arroja la cena. En esas imágenes, libres de descripciones innecesarias, el autor comunica una situación perturbadora en la que, como suele ocurrir en los buenos cuentos, el dato principal permanece escondido”.

 

cuento3Texto: Bryam Jesús Arias Cuéllar

Ilustración: Daniel Román

Ese día preparé fríjoles para el almuerzo. Agarré tres platos y serví en dos, cogí el tercero y lo dejé en el lavaplatos aunque estaba limpio; había estado muy distraída últimamente.

Llamé a Jorge para que pasara al comedor, yo ya estaba allí, almorzando.

            —¿Por qué no me esperaste?— me preguntó mientras se sentaba.

            —Tenía mucha hambre— respondí.

Yo no quería orar, estaba muy ocupada tratando de no pensar, de no prestarle atención a los recuerdos tristes.

            —Te damos gracias, señor… —comenzó. Jorge me miraba para ver si yo le seguía la oración, si por lo menos bajaba la cabeza y paraba de comer, pero yo no, yo seguía llenando el tenedor de comida, y masticando con la boca abierta.

Entonces me acordé de Martín.

 No en el día en que nació, ni cuando se hizo profesional, ni de lo que pasó hace ya dos meses, sino de la vez en que rompió la ventana de la cocina cuando era niño. Yo estaba preparando el almuerzo, había dejado una olla llenándose de agua en el lavaplatos, y de pronto vi que la ventana se venía encima, menos mal alcancé a quitar las manos del lavaplatos. Me asomé y vi el balón de Martín en el pasto entre vidrios rotos.  Salí de la casa y me puse a buscarlo por la calle, cuando volví, lo vi sentado en la sala como si nada hubiera pasado. Le pegué como nunca antes le había pegado.

Los ojos me comenzaron a picar, era como si el aire me los fuera quemando. A veces se mojaban y tenía que secarlos suavemente con uno de esos pañuelos desechables que compraba por montones. Cuando levanté la cara no vi a Jorge.

Fui a la cocina. Iba a botar a la basura las sobras cuando vi que en la caneca había un plato, y fríjoles, y arroz, y carne. Lo recogí y lo puse en el platero junto con el mío. Sonó el teléfono.

Cuando volví de la tienda era casi de noche. Jorge estaba vestido igual, con pantaloneta y una camisa rota, acostado en el sofá, o más bien, desparramado; la sala oscurísima y el televisor brillándole en la cara.

            —Te dije que llamó, ¿cierto?

Ni siquiera volteó para verme.

            Me paré detrás del  televisor y lo desenchufé.

            Se levantó de un salto, como si se hubiera acabado de sentar sobre una aguja.

            —¡Qué haces!  

            —Hace dos meses que no vemos a nuestro hijo y ahora va a venir, aquí a su casa. Hoy llamó y preguntó si íbamos a estar en la noche, que venía a recoger algo de su cuarto y yo le dije que sí, que viniera…

Tuve que parar, hacía un esfuerzo muy grande para mantener la voz alta.

—Y me colgó, así sin más, sin decir nada. Pero no me importa, porque yo sé que va a venir. Y por eso te dije que te pusieras algo decente. Y tú sigues ahí sentado. Te vas a vestir Jorge, te vas a vestir bien y vamos a comer todos en familia, como si no hubiera pasado nada, y nos vamos a reír, y vamos a agarrarnos de las manos para hacer la oración y vamos a comernos todo, hasta la última migaja de pan.

Él se fue caminando, muy lento, hacia las escaleras, sin voltearme a ver en ningún momento. De un tiempo para acá cuando me quedaba mirando a Jorge no podía evitar pensar “¿quién es éste? Al principio, era pura curiosidad como cuando uno ve a alguien nuevo atendiendo la panadería; pero luego, sentía rabia hacía él, como si el tipo nuevo de la panadería apareciera de pronto en mi cama. No recordaba haberme puesto así con él; supongo que debió haber pensado, “¿quién es ésta?”, y cómo no supo responderse, no le quedó de otra que hacerme caso.

Martín entró a la casa muy serio, saludándome con un frío “buenas noches”; Jorge, con saco y pantalón, sólo lo miraba. Lo vi menos flaco, con la cara toda llena de pelos, se veía más maduro, como si el tiempo para él hubiera pasado más rápido; llevaba una chaqueta gris de ésas con hombreras y tres botones. Ya no se parecía en nada al niñito al que uno podía comprar con un helado después de cada pelea.

            —Vayan sentándose —dije tratando de sonreír, y luego me fui a la cocina.

Lo primero que hice fue servirme un vaso de agua, me lo tomé sin respirar. Me temblaban las manos. Escuchaba los pasos que se iban alejando de la sala y se perdían golpeando las escaleras, luego una silla corriéndose y después nada. Saqué de la alacena tres pocillos, tres platos y los dejé sobre el mesón.

Y entonces oí los pasos en la escalera, en la sala. Luego escuché murmullos. No alcanzaba a oír lo que se decían pero me parecía que estaban discutiendo. Fueron subiendo la voz y, aunque todavía no entendía nada, escuché que Jorge gritaba, después los pasos y luego la puerta de la calle abriéndose. Salí de la cocina.

Jorge estaba sentado mirando la mesa del comedor, se agarraba la cabeza. Sentí el viento frío que entraba por la puerta abierta. Miré otra vez a Jorge y luego a la puerta, sin saber qué hacer. Traté de respirar más despacio. Salí corriendo hacia la calle.

Afuera estaba oscuro, no veía pasar ningún carro. Cuando llegué a la esquina vi a alguien no muy lejos, caminaba igual que Martín. No podía dejar que se fuera así, Martín no sólo era Martín, Martín era Jorge, Martín era yo, si él no estaba Jorge y yo éramos sólo dos desconocidos.

Cuando lo alcancé me le eché encima, lo abracé con las fuerzas que me quedaban, mientras él trataba de soltarse abriendo los brazos, sacudiéndose. No recuerdo lo que me decía, sólo los puntos brillantes en su chaqueta, allí donde caían mis lágrimas.