Un muerto cualquiera (Recogiendo pasos)

En un banco de la plaza, bebiendo cerveza, recordamos cosas bellas que nos pasaron en ese mismo sitio años atrás, al igual que gran cantidad de gente que ahora pertenecía al pasado; me planté en lo de no morir esa noche. Segundo lugar en el IV Concurso de Cuento Joven TLCDLR.

 

Por: Daniel Alzate Mejía

La vida me deparó tristezas sin igual, así que motivado por la envidia de la nada, luego de perder a la que ante Dios juró estar siempre a mi lado, figuré matarme.

Como en vida crucé tanto a la muerte, recordé lo que mi madre decía sobre los sonidos extraños que a veces oíamos de noche en la casa. Decía que el espíritu de las personas a las que ya se les veía la muerte muy cerca, mientras dormían, salían del cuerpo para “recoger sus pasos”, manifestándose en lugares donde habían pernoctado más. Mi madre murió en un accidente antes de que yo alcanzara la pubertad y siempre me preocupó que su espíritu no hubiese tenido oportunidad de recoger sus pasos.

Cavilando aquello, sabiendo que al arrancarme sin más del jardín de la vida tampoco tendría oportunidad mi espíritu de recoger sus pasos, comencé una peregrinación por los sitios en los que alguna vez había sido feliz, llevando siempre conmigo un calibre 38 en el carriel, por si acaso. A mi paso por los distintos pueblos donde trabajé el campo, solo encontré desolación y más ímpetu para mi decisión. Fue así como una noche, en plenas fiestas de un pueblo del Quindío, desbordado de alcohol y decepcionado por no hallar ni pisca de lo que otrora eran las fiestas allí, comprendí que mi espíritu ya estaba saciado; el momento de jalar el gatillo había llegado.

Salí de la garita y tomé rumbo al cementerio, pensando en que el mejor lugar para morir sería el campo santo. Anduve cerca de un kilómetro al sur del pueblo, cuando llegué hasta las rejas del cementerio, un hombre que venía en el sentido contrario se detuvo ante mí y me llamó por mi nombre.

―¡Jesús María! ¡Compadre, qué dicha verlo por aquí…! ¿Y usted pa´ dónde va?

Se trataba de Ciro Mahecha… Al menos habían pasado quince años desde la última vez que lo había visto, lo cual era una lástima, pues había sido uno de los únicos “amigos” que alguna vez sentí gozar. Decidí posponer lo de mi muerte, al menos por esa noche.

Aún sin responderle, Ciro avanzó directamente hacia mí, y poniéndome un brazo sobre el hombro, dijo:

―Hombre Chucho, pero si la fiesta apenas comienza… Venga, vamos a donde unas amigas mías que me están esperando… Seguro la pasamos bien, venga… ―Yo no me hice rogar. Mandé mano a la media de aguardiente Cristal que llevaba junto al revólver. Me di un sorbo y le ofrecí uno a Ciro, quien con gusto aceptó.

Para cuando llegamos donde las fulanas, yo ya estaba perdido en la “dicha existencial”, hasta el punto de bailar, comer, y eso sí, beber. El espíritu alegre de Ciro me había contagiado. La fiesta se sentía como las de antaño, pero para cuando gastamos nuestro capital, las “amigas” se despidieron.

―Venga hombre que yo aquí tengo una caletica pa´ tomarnos al menos de a dos polas. ―Me sorprendió Ciro.

En un banco de la plaza, bebiendo cerveza, recordamos cosas bellas que nos pasaron en ese mismo sitio años atrás, al igual que gran cantidad de gente que ahora pertenecía al pasado; me planté en lo de no morir esa noche.

“Pertenecer al pasado: destino ineludible”, razoné en algún intervalo de la conversación con mi amigo. Justo después quise descansar, pero al no tener nada en los bolsillos, le pregunté a Ciro:

―Ciro… ¿puedo dormir un rato en su casa?… Es que quedé sin cinco…

― No, hombre Chucho, es que en mi casa asustan…

Yo me planté serio; entonces, ante mi mueca, él accedió.

―Mine pues…

De camino fue poco lo que hablamos. Terminamos la media que yo traía y justo después de pasar el cementerio, doblando a la derecha, nos metimos por un sendero hasta una mezquina cabaña. Pensé en que quizás Ciro había sentido vergüenza de llevarme y por eso había pretextado aquella ridícula excusa.

Adentro todo se veía peor. Solo había una habitación, que para mi sorpresa olía muy agradable.

―Pa´ que vea las contrariedades de la vida… ―Dijo ante mi gesto.

El hombre sacó uno de los dos raquíticos colchones que conformaban su cama, lo tendió sobre el suelo y sobre él arrojó la única cobija. Antes de dormirse, me dijo que lo de los espantos era verdad, que quizás iban a joder… Que si eso pasaba, jodían hasta el amanecer y luego se calmaban. Ciro me deseó buena noche y se durmió casi inmediatamente. A los pocos minutos sentí, a lo lejos, el ladrido de un perro. Después, que alguien llegaba desde el sendero, y que comenzaba a caminar en derredor de la cabaña. El ladrido se fue extinguiendo, pero la puerta de la cabaña crujió al abrirse, de a poco… No aguanté más. Le susurré a Ciro mientras buscaba su mano para apretársela.

―Eso es que están asustando hombre, no se asuste…―Me dijo y zafando su mano, volvió a dormirse.

Un rato después todo pareció quedarse quieto, como interrumpido. No sé cuántos minutos pasaron hasta que escuché que se acercaban a la puerta. Al agudizar el oído, supe de una presencia muy marcada que estaba justo ahí, en frente… Mi estado era tal que podía escuchar el palpitar de mi corazón…

Luego lo escuché: “eso” tocó la puerta… Lo hizo solo una vez, pero con ello bastó. No pegué los ojos en toda la noche, y después de un par de horas que resultaron eternas, cuando el sol se colaba de a poco, la presencia dejó de sentirse. A mi oído, en un susurro claro, una voz musitó:

―Los pasos se recogen cuando usted ya está muerto…

Vencido por el desgaste de tantas emociones en una sola noche, con la seguridad del día, pude dormir un poco. No supe cuánto tiempo pasó hasta que me despertó aquel repugnante olor… Me levanté y al mirar a Ciro encontré su cadáver en estado de descomposición. Se había suicidado al menos tres días atrás.