Presentamos el tercer lugar del Tercer Concurso de Cuento Joven de TLCDLR. El jurado opinó que “Se trata de relato con un ritmo rápido, enganchador. Es interesante el salto entre lo real y la alucinación. La ciudad está presente no solo desde esa azotea donde todo se puede hacer y soñar, sino en la mujer, en su locura”. 

heroina
Por: Sergio Andrés Mejía Ortega

Ilustración: Daniel Román

Llegamos a la azotea del edificio, eran más de las tres a eme. Miramos todo a nuestro alrededor, edificios aún más altos, ventanas cerradas, ventanas con luces encendidas. Ese cielo casi negro, casi gris por la luna. Sacaste un cigarrillo que habías dejado a medias en la mañana, fumaste sin decir nada acariciando una flor tirada en la azotea. Clavaste la mirada en la carretera 74. Me dijiste que en ese preciso momento todos tus recuerdos eran el humo del cigarrillo, eran la luna de las tres a eme, eran una cerveza que no tenías pero querías. Arrojaste el cigarrillo porque no te gustaba el final de los cigarrillos, decías que eran horribles, sin sabor, como la vida misma.

Hablamos un rato de los colores de los edificios, de la decadencia de la ciudad, de los colores pálidos, de no tener para una cerveza, de desperdiciar nuestras vidas en una azotea llena de flores y humo de cigarrillo. Te recogiste el cabello con una cinta cualquiera y en ese pequeño momento dos gotas de lluvia hablaron entre sí y cayeron justo en tu pierna, sonreíste un instante y parecía una absurda casualidad todo lo que sucedía en ese amanecer decadente y miserable.

Te sentaste en el borde de la azotea, era un edificio de siete pisos, al cual te habías mudado recientemente por cosas de estudios. Dijiste que ese aire que trae consigo el amanecer es algo de locos. “Es como el año nuevo, un poco de esperanza, un poco de frío, un poco de nuevas cosas, un poco de todo y al final sólo pasa”. Querías un poema, otro, para pegarlo junto a los otros en la pared de tu cuarto a la mañana siguiente. Querías algo triste, algo fatídico, algo sin rima, sin principio, que terminara rápidamente. No encontraste una hoja y me pediste que te recitara aquel poema, que hablara con  voz ronca y áspera.

Un espectáculo bellísimo jugar con las flores en la azotea a las tres a eme. Algo especial tuvo ese momento, quizá el abrazo, quizá el beso, quizá las dos gotas en tu pierna o el poco tiempo que estuvimos jugando con las flores. Te quitaste la camisa de repente, dijiste que la humedad era insoportable y mirar de esa manera el cielo era casi un delito. No eran más que lunares en tu cuerpo y algo de amanecer, sin recitar palabra comenzaste con una canción viejísima con tu voz desgreñada, era miserable aquella imagen pero sonreías y considero que de alguna manera eras feliz o algo parecido. “Vamos a volar un poco, arroja mi camisa a la carretera 74. Hazme el amor aquí, vamos por una hoja para tu poema, sí, otro, nunca serán suficientes. Quiero recordarte cuando esté llenas de droga, de heroína, quiero tenerte presente en mi sobredosis, en mi muerte”.

Las estrellas intentaban brillar y te imaginé llena de sangre, rodeada de calor, de un ventilador, de heroína. Te imaginé así, realmente hermosa. Me dieron ganas de ser tu camisa, de llevar tu olor, tu sudor; me dieron ganas de callarte la boca, de fusilarte palabras sin sentido.

Vi un poco del amanecer antes de tirar tu camiseta a la carretera 74. Y caminar hasta tu apartamento y tirar el sombrero a cualquier parte y quizá hacerte el amor, fusilarte el cuello, los labios, los sueños. Llenarte la espalda de heroína, blanca, especial, hasta morir. Llegamos al punto de no utilizar palabras en nuestro momento, de callar, de sólo escuchar nuestra respiración un tanto descompuesta, agónica y pálida. Era esa sobredosis en nuestra cabeza y caímos en el terrible sueño de las seis a eme. caímos vacíos y exhausto llenos de pensamientos absurdos.

Cuando desperté eran más de las cuatro pe eme. Y ella no estaba, había dejado todo resuelto, sus ganas de morir y de tirarse por la azotea esa misma mañana. Al dirigirme a la azotea vi como todo en la calle era un caos total, gentes, autoridades y una ambulancia; era la imagen de mis sueños, era hermoso verte llena de esa sangre tan real, tan muerta. Eras tú siendo esa sobredosis de heroína y felicidad.