Más que un baile

…El tanguero no se emborracha con licor: él se embriaga de recuerdos, engaños y desencuentros…

CAMILO PELAEZPor: Camilo Peláez

En la azarosa barra de algún café que pudo existir en alguna ciudad ya no hay espacio para las almas melancólicas y reas que, perturbadas en su tranquilidad, se ven en la necesidad de levantarse, mirar a sus colegas y llevarlos consigo entrelazando sus cuerpos en la rígida postura de machos que siempre el tango incita cuando a bailarlo se refiere. Sí, hombres de frente ceñida y cabellera pasmada por la gomina que se unen sin reparo alguno para hacer de ellos un elemento de distracción y deleite al compás que el tango mande. Sin embargo, ya distanciados de los otros cuerpos, regresan a la barra -confesionario del nostálgico- y beben un trago que los sumerge en sí mismos y en un sentimiento que se llama tango.

Las almas que regresan del ajetreado momento de baile están allí en la barra sin esperar a que algo suceda. Ellos sólo cierran los ojos y, en muchas ocasiones, ni siquiera beben -beber, beber, beber ¿qué es eso?-. El tanguero no se emborracha con licor: él se embriaga de recuerdos, engaños y desencuentros. ¡Tormenta es la vida para él! Y es que… en algún café que pudo existir en alguna ciudad, estos hombres que bailaban entre sí ya no lo hacen al compás de un tango sino al ritmo zigzagueante de los puñales que se blanden por encima de sus cabezas; a sus espaldas la melodía de un tango arrespe se filtra por las paredes del café y es ahora una mujer quien busca con altivez alguien para bailar, mientras los hombres caen víctimas de su propia mano. ¡Y bailan! Danzan como arlequines, con pasos finos sobre los cuerpos que yacen con heridas a bocajarro en su costado.

hombres

Aquéllas parejas homogéneas -otrora heterogéneas-, bailan, danzan o a veces sólo se miran. Sin embargo, hay algo en ellas que las diferencia de parejas pasadas: la barra; no descansan en ella ni se encurdelan mano a mano con sus compadres. Todo lo contrario: el baile es apenas la catarsis de lo que ya no podrán recordar en la barra, puesto que ya es sólo un emblema de lo que fue. Este dúo le agrega -como si fuese necesario-, una cantidad de cabriolas para el espectáculo, pero no al sentimiento de bailar el tango.

Blancas baldosas, luces destellantes y reflectores orbitados dan la bienvenida a una pareja despampanante, casi única. La melodía de un tango de salón inunda el cuerpo de estos bailarines que deslizando sus piernas con gran virtuosismo engrupen al público en una sensación de éxtasis. Ya no hay algún café que pudo existir en alguna ciudad y menos la barra que recibía las almas mareadas de nostalgia y bronca. Lo que ahora ellos bailan no es la catarsis de las penas que guardaban para sí… Quizá es la imagen ilusoria de un baile que se esconde entre la postura y el erotismo…