Pero la historia que voy a relatar trata de un libro viejo que no conseguí en una librería de segunda, sino que me lo encontré abandonado y solitario en el césped de un parque y en muy buenas condiciones.
Por Martín Rodas*
Me apasionan los libros viejos y las librerías de segunda, de las cuales, afortunadamente todavía quedan varias en Manizales y que, como veo las cosas, perdurarán al lado del mundo digital.
Mi biblioteca básicamente es de libros antiguos, los que considero tesoros, pues fueron hechos en épocas en que las editoriales más que productos hacían obras de arte. Pastas de cuero o tela, con hermosas letras doradas e iluminadas con láminas multicolores impresas en viejas máquinas tipográficas… ¡insuperables!
Pero la historia que voy a relatar trata de un libro viejo que no conseguí en una librería de segunda, sino que me lo encontré abandonado y solitario en el césped de un parque y en muy buenas condiciones. Su título es Colombianismos, escrito por el padre Julio Tobón Betancourt (franciscano) y es del año 1947, editado por “Ediciones Tipografía Industrial”, de Medellín.
Sus páginas son un compendio de palabras y expresiones usadas por el pueblo en diversas regiones del país y de las cuales he tomado algunas que todavía hacen parte de nuestra habla cotidiana. A mí me encantan estos anacronismos que se resisten al olvido y los considero símbolos de rebeldía y contracultura; es un acervo que germina en la cultura popular para desafiar los dogmas académicos del “bien hablar”.
Al hacer un breve recorrido alfabético por el libro, en la “a” encuentro la palabra “achilado” (acobardado), que es utilizada en Antioquia y Caldas. Por la “b”, me llamó la atención “berriondo” (de mucha fuerza y vigor), también utilizada en Antioquia y Caldas. “Caído del zarzo” (bobalicón), aparece en la “c”; la “ch” trae a “chicanero” (presumido); “descacharse” es de la “d” (decir cosas inconvenientes). Y en este caminar por el alfabeto siguen las palabras “embejucado” (enojado), “fantoche” (fanfarrón), “guache” (hombre ordinario), “hacer vaca”, por juntar dinero para algo, “irse a la porra” se refiere a viajar muy lejos, “jarrete” que es talón.
Buscar sobras para comer es “lambisquiar” y “mamar gallo” es tomar el pelo. Cuando alguien es inútil, “no sirve ni para taco de escopeta”; “ñola” y excremento son lo mismo; el malicioso es un “orondo”; “pánfilo” cuando alguien está descolorido; póngase las “quimbas”, por zapatos; “rancharse” es obstinarse y “sapotear” es probar los alimentos.
Llegando al fin del viaje hallamos una belleza: “turuleto” que quiere decir “atontado”; un ladrón es “uñón”; “viringo”, alguien sin ropa; el curandero es un “yerbatero” y por último “zángano” o perezoso.
Hasta aquí una pequeña muestra del “jetabulario” hallado en el parque como regalo de mis dioses, que de vez en cuando me dan satisfacciones como esta degustación de la picardía de un pueblo que se resiste, desde el lenguaje, a morir en la uniformidad y las reglas que imponen los colonizadores de siempre.
Referencia bibliográfica: Tobón Betancourt, J. (1947). Colombianismos. Medellín: Ediciones Tipografía Industrial.
* Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».


