Ex-libris Martín-Chocolo De “Manuelito Hermano Suicida” a “Baladas de Cipriano El Escribano”

  Por: Martín Rodas

Hace muchos años, el viejo Leonardo Quijano recorría ese filo fantástico y surrealista que es La 23 de Manizales, legendaria calle larga y variopinta que semeja la espina dorsal de un dinosaurio verde petrificado en las vertientes de nuestra imponente cordillera de Los Andes. Yo también la andaba, muy pequeño, de la mano de mi padre, cuando subíamos hacia ella por las faldas del barrio Hoyo Frío a hacer vueltas en el centro o simplemente dar un paseo. Nunca olvido la figura del poeta, con sus vestidos anchos y cargados de soledad y de tiempo, un tiempo que hundía sus raíces en la más rancia tradición intelectual de la ciudad que había sido el eje cultural de la nación en su época de esplendor económico. Por aquí pasaron los artistas y escritores más representativos de diversas corrientes culturales; y las cimientes de fuertes movimientos literarios nacionales habían elegido a Manizales como su “fundadora”. En los talleres de la Editorial Zapata se forjaron las primeras ediciones de escritores que aún hoy son fuente inspiradora de generaciones que tienen, por ejemplo, en el maestro Fernando González, el filósofo de “Otraparte”, un guía estético-moral, y para quienes y para mí “Viaje a pie”, la que considero su obra cumbre, era y es aún una referencia obligada de nuestro destino y nuestra memoria.

La ciudad de las puertas abiertas abrigó al rutilante Porfirio Barba Jacob que asentó nostalgias en duras épocas de su vida y después de múltiples exilios en el refugio acogedor que le brindaron los poetas Juan Bautista Jaramillo Meza y Blanca Isaza, en esa casona que todavía se conserva al frente de la iglesia de Cristo Rey. Por su parte, Victoriano Vélez ya había puesto en boca de un pueblo solemne y triste la canción emblemática “El Enterrador”. Entre tanto, los nadaístas, en cabeza de Gonzalo Arango, pasaban muchas veces como un ventarrón, y de sus diabluras  quedan huellas imperecederas en esta Manizales del alma.

Fueron años dorados en donde Adel López Gómez, cansado de ser devorado por la selva, vertía su savia de tinta verde en textos que son emblemáticos y fundamentales en nuestra literatura; mientras Bernardo Arias Trujillo, con voz estentórea nutría la palabra vernácula con sangre negra y africana. Así mismo, otro grande y valiente, Tulio Bayer, era blanco de los ataques de la clase más retrógrada de una sociedad que se escudaba, desde las sotanas de los curas, en apellidos y abolengos.

Por La 23, también desfilaban como fantasmas, trovadores juguetones y subvertores, como el poeta Javier Arias Ramírez, con su implacable sarcasmo e inteligencia; y los artesanos, zapateros, obreros y vendedores ambulantes intercambiaban opiniones políticas, económicas, sociales y culturales, al son de tangos, boleros y otras músicas populares que asentaron sus notas generosamente en esta tierra prodigiosa y fecunda. La 23 era un hervidero día y noche, sus bares y cantinas permitían que la vida no se encerrara a tan tempranas horas como sucede ahora y el miedo no invadía las calles de Manizales que en esa época era fiesta y goce.

Este es el ambiente en el cual se desenvolvió el viejo Leonardo Quijano, a quien conocí en mi niñez y de quien luego supe que había sido un intelectual de peso en sus mejores épocas y que se había metamorfoseado en la última etapa de su vida, hacia la condición de los poetas románticos y malditos que se sumían en la soledad y el existencialismo. El viejo caminaba por La 23, con paso lento y contemplativo, y en su sobaco siempre cargaba un fajo de papeles entre periódicos viejos y hojas sueltas en las cuales había dibujos de su permanente viaje por los rostros y texturas de esa calle larga e infinita. A veces se detenía para ofrecer a los transeúntes sus servicios de retratista o vender sus libros, de los cuales recuerdo con especial atención uno de poemas que mi papá le compró cuando nos lo encontramos una vez en La 23: “Manuelito hermano suicida”. Recuerdo la imagen del viejo extendiéndome el libro que estaba encuadernado en una cartulina azul y que en su interior tenía poemas que me causaron siempre asombro por su lenguaje misteriosamente profundo y críptico, poemas ininteligibles impresos en tipografía y acompañados de grabados litográficos en una edición que él había preparado con sus propias manos. Hoy en día conservo como un tesoro este volumen, que me sirve para introducir esta crónica sobre la tradición de las ediciones cartoneras en Manizales, y que en esa época no se llamaban así.

Considero que el legado de intelectuales como Leonardo Quijano y muchos movimientos culturales, políticos y sociales de la época que producían materiales con recursos propios y elementos alternativos, tiene una tradición de larga data en nuestra ciudad; tal es el caso de los talleres en sindicatos y agremiaciones artesanales que fundaron un verdadero y auténtico movimiento contracultural con producciones al margen de lo oficial, que alimentaron los sueños de varias generaciones que ambicionaban y aún anhelan el oficio de la creación desde la libertad, la dignidad y la justicia.

En esta tradición, también recuerdo cuando por cuenta de mi hermano Aníbal Montoya, quien era presidente de Sintraúnica, me internaba en el taller litográfico del sindicato a percibir con deleite y fascinación los olores y sonidos del trabajo editorial de obreros, maestros, estudiantes y muchas otras personas que acudían allí para que la tinta y el papel dieran vida a los folletos, volantes, periódicos y libros que salían como pan caliente a las calles de la ciudad y el país para alentar la opinión y la cultura desde otras orillas.

 Estas experiencias forjaron mi vocación por el trabajo editorial y también mi  hacer como escritor, dibujante y pintor, lo que me dio la posibilidad de adquirir un acervo conceptual y de conocimiento de las herramientas que me permitían dar corporeidad, en libros y diversas publicaciones, a las ideas que se tenían en los proyectos colectivos en los cuales me involucraba y también a los míos propios. Así es como hace veinte años fundé una editorial resultado de estas vivencias, a la cual nombre “ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)”, sin ánimo de competir con otras editoriales, solo con la intención de proporcionar un ambiente distinto a proyectos editoriales que requerían de otras condiciones estéticas, conceptuales e ideológicas para su producción.

Hoy en día, la tradición de las editoriales cartoneras se reconoce desde su denominación original, que rinde homenaje a los recuperadores de “basura” de nuestras ciudades, pues las temáticas y uso de “otros” materiales es fundamental para estas publicaciones, en donde prima la independencia y una intención amable con la naturaleza basada en la cultura y el arte; por lo tanto, sus producciones son objetos artísticos únicos e irrepetibles con un gran porcentaje de trabajo artesanal y una fuerte intervención plástica y visual, además con acceso abierto y libre a los contenidos.

 Este es un esbozo de esta vertiente del trabajo editorial que se ofrece hoy en día desde lo independiente, en donde el arte y la artesanía son elementos fundamentales de la obra impresa, y que se presenta como alternativa a la disminución de las publicaciones en papel y al auge de las ediciones virtuales. Aquellos lejanos tiempos de creadores cartoneros como Leonardo Quijano se ven reflejados en una contemporaneidad que vuelve su mirada a propuestas que surgían de la calle y que hoy más que nunca, pregonan que la vida sigue estando “muy viva” en el espacio público, porque este no ha muerto y su impulso surge del corazón de un pueblo que se resiste a morir ante las veleidades de un poder absoluto y uniformador que no ha podido acallar la diversidad y polifonía de nuestras culturas. Por esto, la publicación de mi ópera prima poética, “Baladas de Cipriano El Escribano” es un manifiesto de un proyecto cultural más amplio que desde aquellos años lejanos de “Manuelito hermano suicida” del maestro Leonardo Quijano, y en un movimiento elíptico personal e histórico, visibiliza este tipo de publicaciones cartoneras como género creativo y a la vez se proyecta como una acción con la cual se pretende realizar una intervención estética y cultural que se nutre de la memoria profunda y la identidad de nuestra ciudad, merecedora de que nos reconozcamos y nos encontremos nuevamente con el espíritu de la libertad en las calles, los barrios, las esquinas y los parques como escenarios naturales del diálogo y el intercambio de saberes.