Después de todas estas debacles, vuelven a aparecer, con más persistencia, las pestes. La malaria, el H1N1, el zica, el chukunguña… pero aquí me voy a referir, antes del coronavirus, al ébola.

 

Por / Martín Rodas*

Me encuentro aislado y abrumado. Realizo la actividad en la cual nunca me imaginé, el «teletrabajo». A estas alturas de mi vida, en las que estoy en un proceso estratégico de «abajamiento», que consiste en ir hacia atrás, en reversa o hacia los lados como el cangrejo, en donde recupero día a día una concepción del mundo más artesanal y elemental frente a la inconmensurable digitalización, se presenta esta absurda y surrealista guerra soterrada contra un enemigo invisible… ¿invisible?, pues «no me parece», como dice expresivamente una amiga.

Las pestes en el transcurso de la historia siempre han estado vinculadas al juego de poderes económicos y políticos. La más famosa de todas es la mencionada en la Biblia como las siete plagas de Egipto, que fue una estrategia para forzar al faraón a que permitiera la salida del pueblo israelita. La peste negra, en la edad media, se desató en medio de las guerras más furiosas en Europa por la dominación territorial. La gripa española, en 1918, mató a más de 40 millones de personas, inmediatamente después de la primera guerra mundial, una guerra planeada para la reorganización global, según los intereses de las potencias colonialistas e imperialistas en conflicto.

Después de todas estas debacles, vuelven a aparecer, con más persistencia, las pestes. La malaria, el H1N1, el zica, el chukunguña… pero aquí me voy a referir, antes del coronavirus, al ébola. En el año 2015 edité la novela apocalíptica Operación Ébola, del médico pereirano Jaime Eduardo Vallejo Flórez, en la cual se desarrolla una trama de «la escalofriante realidad que el mundo nunca supo sobre la réplica del régimen nazi ante la invasión de Normandía en 1943, una profecía por cumplir: la desaparición de la raza humana por un arma biológica vírica», en palabras del autor.

Ahora, que está sucediendo el fenómeno del coronavirus, se vuelven a prender las alarmas sobre estas conspiraciones, de las cuales no soy fanático, pero a veces considero que en ellas hay tintes de verdad. Y es que en esas otras guerras entre superpotencias militares y económicas, que luego de la guerra fría no han planteado enfrentamientos a gran escala y con armas de destrucción masiva, el campo de batalla se presenta en la cotidianidad de las personas, en los supermercados, en las calles, en la plaza pública y… en la salud.

Surgen estas «enfermedades», de las cuales culpan a los animales; por ejemplo, el ébola se lo achacan a los chimpancés en África, y ahora del coronavirus son culpables los animales exóticos que consumen en China (como murciélagos y pangolines, entre algunos de ellos).

Ahora la naturaleza es la responsable; han descartado de raíz la posibilidad de que haya sido por manipulación genética de los militares para producir armas biológicas; o la que realizan en laboratorios industriales para provocar guerras comerciales entre las grandes superpotencias, o mejor, para que las multinacionales farmacéuticas se lucren de la vacuna que ya debe estar en sus bodegas esperando la orden para venderla, y que entre sus clientes más destacados está ese peligroso guasón de Presidente que hay en Norteamérica, Donald Trump, quien hace poco dijo que él iba a comprar toda la producción de la vacuna, pero solo para Estados Unidos, en donde la gente, en vez de abastecerse de alimentos, está agotando las existencias de armas en las tiendas que las venden sin restricciones.

Lo único que pienso de todo esto, aquí encerrado, enjaulado, como siempre ha pretendido el sistema que estemos, es que todo huele mal, aquí hay gato encerrado (o pangolín), y mientras nos han inmovilizado, «aislado»; las fuerzas del orden campean a sus anchas por las calles, esas en las que hace poco la ciudadanía se movilizaba expresando su descontento y llevando adelante mediante la demopráxis creativa, nuevas formas de acción política (sin distancias y con abrazos y besos) en donde los omniscientes, omnipotentes y oscuros poderes ven un enemigo social más peligroso que el armado.

Un «enemigo invisible» (y sospechosamente muy conveniente en estos momentos históricos de protesta y reivindicaciones sociales) ha logrado inmovilizar a la población y sus manifestaciones; nos ha puesto en un toque de queda con el nombre de «cuarentena» y se ha impuesto el imperio de la ley y el orden con el lema «¡Con distancia, sin abrazos, sin besos»… mientras tanto, yo, aquí, encerrado, enjaulado, releo el libro Operación Ébola, de mi amigo Jaime Eduardo, tratando de encontrar algunas claves que me permitan descifrar lo que realmente está sucediendo.

Referencia bibliográfica: Vallejo Flórez, J. E. (2015). Operación Ébola. Manizales: «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».

*  Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».