Ex-libris Martín-ChocoloLa sociedad colombiana y mundial se encuentra en medio de un debate que afecta profundamente las instituciones más conservadoras del sistema que ha imperado como “normal” en el manejo de las relaciones humanan y, más allá, sentimentales.

Por Martín Rodas

El corazoncito es uno de los órganos más golpeados por los juegos de poderes que se dan en el perverso tira y afloje de la dominación. Es un elemento fundamental que está en la base misma de la existencia y su influjo se da desde los niveles más pequeños, microscópicos, que llevan en nuestra sangre la esencia de los sentimientos, impulsados por una mezcla sagrada y perturbadora de hormonas que reciben estímulos permanentemente de nuestros sentidos. A nivel macro, el mundo, la civilización, la educación, la política, la economía, la cultura, en fin… se manifiestan en expresiones que son también el pulso, el tic-tac de nuestra vida misma.

En esta discusión sobre las relaciones sentimentales, las opiniones están polarizadas. Para un sector de la sociedad, el amor debe ser uno, puro y mediado por normas indiscutibles como el hecho de que solo un hombre y una mujer pueden aspirar a conformar una familia. Para otros y otras, la relación de pareja es una elección libre de los seres humanos que se debe fundar en el respeto por la diversidad de sentimientos. Mujeres con hombres, hombres con hombres, mujeres con mujeres y, más allá, hasta donde la convivencia lo permita. Hoy asistimos a una explosión y visibilización de otros comportamientos amorosos que no pueden pasar desapercibidos en las agendas de las políticas mundiales.

El tema es fundamental para el futuro de los seres humanos, pues en la raíz de este debate también hay un trasfondo ideológico, y no solo de derechas, centros o izquierdas. No olvidemos que, por ejemplo, en los primeros años de la revolución cubana el homosexualismo era un delito y en Colombia era castigado en el régimen penal hasta el año 1981. Inclusive, la Organización Mundial de la Salud lo excluyó de su lista de enfermedades solo hasta el año 1991.

Quien ha empuñado las banderas de la libertad y el respeto por la libertad sexual ha sido indudablemente el movimiento feminista, el cual continúa hasta hoy liderando, al lado de grupos de LGBTI (lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales), la lucha por otra independencia liberadora que también nos falta, la del corazón, que ha estado encerrado, por los siglos de los siglos, no solo en nuestra caja torácica, sino más bien en las mentes de quienes lo utilizan como una estrategia más de esclavización.

La liberación de los corazones esclavizados debe ser una de las tareas prioritarias a nivel personal y social, y esta solo se puede lograr en la posibilidad que nos da el estar con las personas que nuestro corazón elija. Es el amor por encima de todo, ese sentimiento inasible y poderoso que nos hace fijar nuestra mirada en otro u otra que promete cumplir una vida creativa y bella, en lo posible. Conozco relaciones homosexuales supremamente serias y comprometidas, con trazos familiares que ya envidiarían las mismas familias nucleares; como también sé de relaciones de este tipo que no prosperan, como en todo, pero esto es normal en la vida, porque las relaciones amorosas diversas son también muy normales, simplemente normales.

No soy homosexual, y esta declaración no la hago por razones de moralidad, ni mucho menos, pero siempre he tratado toda mi vida de ser una persona respetuosa de los comportamientos diferentes de las personas, y en especial de los sexuales. Tengo amigas y amigos homosexuales con quienes comparto espacios de lúdica, creación y vida; nunca he tenido problemas con ellas y ellos y siempre hemos tenido por encima de todo una excelente amistad; esta experiencia de caminar con ellos un largo trayecto de vida me da la posibilidad de estar acompañándolos en sus aspiraciones de que la sociedad no los mire como personas “raras” y que en esta ansia de paz y dignidad que circula en el ambiente, lo más importante no sea la orientación sexual de la gente, sino su manera contribuir a un mundo mejor, con dignidad, justicia y básicamente: “AMOR”, por encima de todo.