NOCHE TRISTE QUE ESTÁS EN EL CIELO

Terminó tu insomnio, Giovanny; empezaron nuestros tristes recuerdos.

 

Por / Antonio Molina – Portada / Fragmento de Moisés, por Juan Vida

Ese fue el título del último poema que conocí de Giovanny Gómez. Me lo envió en una madrugada de mayo de este año, como excusa para que conversáramos sobre este país en caos que nos tocó en suerte. Estaba muy adolorido por el atentado de unas horas antes contra un grupo de estudiantes en el viaducto de Pereira. Nos quedamos hablando largo tiempo, los dos conectados a través de un teléfono, mientras nuestra suerte de insomnes crónicos nos mantuvo lúcidos. Hoy esa noche triste se extiende sobre muchos de quienes lo queremos y vivimos con él esa suerte de alegría en montaña rusa que significa la gestión cultural.

Hablar de Giovanny es escarbar en la memoria de la cultura pereirana en los años recientes. Durante más de dos décadas la gestión cultural tuvo en él a su mayor referente, eso en una ciudad que despierta del letargo y surgen hoy muy buenas iniciativas; pero solo él fue capaz de fundarlas y mantenerlas en el tiempo. En 1998 creó las lecturas poéticas de Luna de Locos, con invitados nacionales y locales, que desde el planetario de la Universidad Tecnológica lanzaron su voz hasta las estrellas mismas. El festival al que dio origen tuvo su más reciente versión el año pasado con invitados de diez países. Era una aventura desmesurada que contó con apoyos esporádicos desde su inicio y que llevó después a la creación de la revista de poesía con el mismo nombre –que en diciembre pasado cerró su ciclo con el número 30 publicado en una bella edición, algo que era una marca en su cuidadosa producción como editor–. Luego fue Cine con Alma, con el apoyo de su hermano Andrés, una manera diferente de ver ese cine siempre oculto en las carteleras de las salas convencionales. Y allí sigue, cada vez más fuerte y con mayor público. Y, como Quijote que era, se metió en la aventura de una feria del libro iniciada en los pasillos de la Cámara de Comercio y que pronto ocupó todo un inmenso recinto ferial, siendo de lejos el mayor encuentro de este tipo en toda la región cafetera.

Este mes –del 24 al 31 de agosto– sería la versión número 15 del Festival de Poesía Luna de Locos. El afiche, hermoso como siempre, estaba listo, ilustrado con una obra de Juan Vida. Hoy, nadie sabe si continuará porque su progenitor ha muerto. Ya no es. Es solo, y más que solo, memoria, recuerdo feliz de alguien que fue. La revista Luna de Locos sí alcanzó a ser despedida por su padre, con palabras llenas de sentimiento: “Me siento orgulloso de entregar el último número de esta colección literaria como un viaje por la poesía de aquí y de todas partes, de todos los tiempos. Un recuento de la revista más hermosa que pude hacer, y que queda para la memoria de los que quieran.”. Seguro quedan en nuestra memoria y en nuestros anaqueles donde las guardamos con fervoroso sentimiento cómplice, para refrescarnos en sus poemas y en sus prosas.

Se ha ido un grande, uno de esos que pasan por la vida dejando huella en su quehacer y en el devenir de muchos otros. ¿Qué es en fin la muerte del otro sino la lenta demolición de nuestro yo? Hoy escribo estas líneas para hacer algo que en el pasado no plasmé en letras escritas –unas veces por pudor, debido a la enorme cercanía, o por simple descuido porque creía tan natural tantas realizaciones en una sola persona–, pero que, en este día de agosto, lleno de una luz aplastante que contrasta con nuestras sombras interiores, vuelven de golpe como unas palabras necesarias para el hermano del alma que se ha ido. Cuando me regaló su libro de poemas Lo invisible escribió allí con esa letra de quien vive a prisa: “esta vida puñetera, este pedazo de sueños” y hoy lo leo con la incredulidad de que esas líneas son remembranza de alguien ya ido. Invisible. Escribo para no olvidar, recuerdo para no olvidarme de lo que soy.

Esta sombra que cambió nuestra cotidianidad desde casi dos años le arrebató la vida a alguien que supo imprimir a la palabra todo el ímpetu que tenía. Alguien que lo dio todo por cumplir sus sueños, esos mismos que otros compartimos, disfrutamos y sabremos seguir disfrutando. Como en tus versos, Giovanny, “cuento los dedos que me faltan/una peste hace sudar las manos hasta arrancármelos”. Pronto llegará nuestra hora, hermano, para saber el cálculo de las palabras no dichas, de las emociones y sentimientos no expresados, porque estamos hechos de silencios que nos arrebatan girones de lo que somos, de lo que fuimos y, quizás, de lo que seremos.

De espanto están hechas estas frases que escribo, de ese íntimo horror por la pérdida irrecuperable, tanto como esa misma sensación que el 5 de mayo te llevó a componer estos versos: “Estruendo de balas esta noche en el viaducto/apocan los faros de una ciudad triste,/quieren callar a nuestros muchachos, los tristes somos nosotros.”. Sí, Giovanny, los tristes somos nosotros, no solo tus amigos, la ciudad misma llora porque muchas cosas que nos ibas a dar se quedaron en el tintero, en ese cajón sin fondo donde reposan las quimeras con las que fabricabas proyectos de la nada. Hemos perdido todos, tu familia, en primer lugar, y luego los demás en un largo lamento que parece infinito. Son tan cortas las palabras para dibujar con excelsitud lo que sentimos, somos tan torpes para expresarlo, porque una luz que no se apaga acaba de dar un último destello.

Terminó tu insomnio, Giovanny; empezaron nuestros tristes recuerdos.