INTERRUMPIERON LOS DIOSES SUS DIÁLOGOS

Sobre el libro Lógicas y otros poemas de Eduardo López Jaramillo

Interrumpieron los dioses sus diálogos,

Interrumpieron aquellas únicas voces

Lógicas y otros poemas nos asoma ante la fuerza de este viento vertiginoso desde donde se construye una escritura que habla de las pocas cosas que poseemos, una marcada mirada que solo guarda del olvido lo que los sueños nos ordenan, una pesada voluntad que nos lleva a permanecer y que arrastra consigo ahora la experiencia de un poema

Escribe / Giovanny Gómez[1] – Ilustra / Stella Maris

El fuego entregado a sí mismo

ya se sabe, sólo consume

Alfonso Reyes

Cuando leo poesía tengo la sensación de tocar mi memoria, unas imágenes que, sin ser muchas veces mías, con cada palabra poseo y se vuelven presentes en cada silencio, un lazo que devela mi unión al mundo y como un puente sabe soportar las crecidas del río del tiempo y los vientos de la muerte en el sostenimiento de una posibilidad única: los hombres. Octavio Paz habla de la poesía desde la misma historia del hombre, esta historia, en palabras suyas, hace alusión a «las relaciones entre la palabra y el pensamiento».[2] Una meditación que también nos regresa a esa pregunta infinita donde la memoria no nos deja distinguir un color, un lenguaje, un conocimiento que en palabras propias determinará un sentido único de la realidad. ¿Qué devela entonces una imagen poética, hacia dónde el entendimiento de una metáfora asume con nosotros la conclusión de una sola lógica? Desde esta pregunta el poema no sólo refleja una forma de sentir sino una forma de pensar que es auténtica en la medida del poeta: un solo poema arrastra el testimonio y el destino del hombre.

De este suceder tiene necesidad y sentido el lenguaje de un libro, la capacidad de favorecer, por lo menos en quien lo escribe, una manera de leer su realidad antes que de interpretarla. Las bases de un poema son expresas no sólo en el uso de la palabra sino en la forma cautelosa y fugitiva como hace presente el espacio, un asombro en el que se convierten nuestros signos de humanidad en una condición única de asumir la presencia del universo. Un universo al que, preguntando, somos capaces de remover. Un libro de poesía como Lógicas y otros poemas nos asoma ante la fuerza de este viento vertiginoso desde donde se construye una escritura que habla de las pocas cosas que poseemos, una marcada mirada que solo guarda del olvido lo que los sueños nos ordenan, una pesada voluntad que nos lleva a permanecer y que arrastra consigo ahora la experiencia de un poema. La pregunta del poeta se inicia aquí, al devolvernos una búsqueda.

(…) Porque el poema no es uno

                                                  El poema es

Juntamente con sus fantasmas

con todos los poemas que encierra

que celosamente guarda en su interior:

loba encinta[3].

Este libro, compuesto formalmente de diez poemas, alude desde mi lectura a la presencia de uno sólo, diez cantos que no se limitan a los orígenes de las palabras, ni a su carácter sacro, sino a un propio destino. Se vuelve a un origen (que son muchos orígenes), donde los designios de Homero alimentan una nueva vida errante para Ulises, éste regresa a las advertencias de un oráculo donde los cruces de caminos nos van acercando al sueño de lo querido, mientras su precio reside secretamente en cada dolor. Lógicas y otros poemas constituye una luz que en medio de la penumbra pondera la belleza por encima incluso de la visión del esteta, porque a través de cada Ítaca (una sola) va buscando el poeta en la misma plenitud de la forma sus nervios, va humanizando una inútil pregunta para detenerse en la vida misma, en su pasado.

                                          (…) El sólo canto

              premiaba al oyente con la locura

                                          su ambrosía

procuraba una embriaguez eterna (…)[4]

 

Esa belleza que Edgar Allan Poe idealizaba como «el dominio del poema», un logro cuya «satisfacción trascendía la pasión y el intelecto para secretamente descubrir la esencia del poema, su propia atmósfera»[5]; en Lógicas y otros poemas se hace esta búsqueda desde la indagación por un vacío cósmico, que revela la soledad con que está constituida el alma, en un mundo sólo transferible a otro en la confesión de la escritura. Eduardo López Jaramillo recobra el espacio de una poderosa realidad donde se descubre el poema, la arquitectura mental de un templo donde un hombre interrumpe el diálogo de aquellas únicas voces. Aquí la belleza señala una distancia del poeta, no es un objeto de valor y tampoco se explica como una revelación al espíritu, mas en su misterio surge la presencia de un dios en la palabra, que es la palabra; solo llegando a ella esa voz nombrada en los primeros versículos del Evangelio según San Juan conoceremos el principio. Es aquí donde se hace más presente el vínculo del libro con voces esenciales de la cultura occidental donde ocurre un contraste en las relaciones marcadas por Homero, la mitología griega y La Biblia para remontar una piedra más de un templo edificado por la pregunta de todos los hombres y el silencio de un único dios.

La tarea del hombre busca revelar en la laboriosidad del poeta más que unos actos lo que en última estancia significan, la palabra de un dios viviendo entre los hombres donde la confianza en la palabra mide justamente la realidad de la historia, pero esa confianza es la más susceptible de debilitarse porque a pesar del verbo en la comunicación con dios, su representación ha cambiado. Con ello la pregunta que nos reta es: ¿cuáles son los motivos?  Sin embargo a la brecha más traumática para el siglo XX, distingue ya Octavio Paz un carácter cuando afirma que «cesó la identidad entre el objeto y el signo»[6]; Eduardo López Jaramillo busca la profundidad de este abismo cuando en sus diálogos descubre el tiempo no como el ordenador de la imaginación creadora y si como el reflejo de un estado anímico sostenido en el agotamiento de los sentidos y la repetición de unas formas.

              (…) Un mismo paisaje, los libros

              Búsqueda de ciertos vidrios

 

              Persistencia del polvo

 

                                          Catedrales

                  descendiendo arenas

              Cristales de sal humedecidos

              por corrientes aún cálidas[7]

 

Una justificación a este vacío busca la obra desde el mismo nacimiento, ¿cómo encontrar su respuesta, si ante los ojos, cada tormento se vuelve inasible con la misma pregunta que asiente el valor de nuestras vidas? Nada conmueve las circunstancias en que se relatan estas páginas, ellas mismas disputan al lector lo que pende de vida en ellas.

                                                        ¿Despertar

                                con traversas y cornos?

                            ¿La vehemente agonía de un dios

                            podrá aún conmovernos?

                                                                      

                                                                       Los minutos

                            tardíos – ¿qué encuentran en medio?

                              ¿Dónde la fuente?

                           

                                                                       Ninguna luz

                            A lo lejos

 

                                                         Bajo el claro horizonte

                                          el batir de alas de un pájaro

                                                      y su breve sombra[8]   

 

Sin saber que encontramos el mundo vuelve a notar su movimiento para nosotros en la indiferencia hacia el tiempo, una experiencia soportada en los sentidos que el poema transforma en las mismas palabras de Heráclito, pues no sólo busca leer las palabras sino llevar a su encuentro otra forma de realidad.

              Heráclito meditando aquel rostro

                            Olvidó cierto río (…)[9]

 

Se lucha contra el tiempo porque a su sombra no sólo se envejece, el olvido va fijando lejanas nuestras pérdidas en el movimiento torpe que van tomando las manos, como si ante el dolor ninguna fuerza quisiera agotarse viva, como si bajo un esplendor el recuerdo sólo se abrazara intuitivo para perdernos. Hacia un vacío súbito el cuerpo escapa de lo que él sólo puede padecer, un ritual en los sentidos le mantiene fija la ilusión de ignorar su cáncer porque su imagen del mundo empieza en los sentidos, el alma aprende a leer si hay un cuerpo que guíe las palabras y las vuelva conscientes.

                                          (Y

Esto sucedía en un tiempo

escasamente fabuloso

 

                                          y

cotidiano entonces (…)[10]

 

En el cuerpo la palabra no busca respuestas pero surge ante él un signo en el que reconocer su fragilidad. Un placer que reconoce la mención de la muerte, donde hay conciencia del lugar en que se está, a pesar de nunca haber dejado de estar allí. No fácil de perpetuar en los sentidos, el poema nos enseña también lo rotundo de nuestro fracaso cuando lejos de encontrar cualidad poseemos el otro a semejanza de nuestras debilidades.

                            (…) Ansío reproducir

                            el orgullo de la esclava

              que compartieron tres mendigos (…)[11]

 

Desde los misterios de la judería revisitados en la literatura por Meyrunk, Borges y López Jaramillo, estos poemas surgen en torno a una promesa abandonada por el escritor y muy cara al poeta porque exige la piel misma. El maestro Alfonso Reyes habla de ella en lo que la poesía misma es capaz de sugerir pero «el poeta debe ser preciso en las expresiones de lo impreciso»[12]. El arte es una continua victoria de la conciencia, así dentro de sus propias claves estos poemas poseen libertar a partir del extrañamiento en el dominio de una forma, por cuanto la libertad existe cuando transforma la realidad que le fue dada.

Imagen

                        tras Imagen

                                                         tras

                                                                       Imagen

              trasTOP (…)[13]  

 

Lógicas y otros poemas conjetura un mundo propio en la existencia de la historia; se escuchan las voces divinas y mortales de la Grecia Clásica, los trazos de la primera escritura en los fenicios, algunos retratos de la Edad Media y el Renacimiento como salomónicas promesas a artistas y escritores como Swift, Baudelaire, Apollinaire, Giotto, Valéry, Kant y Guido, quienes sólo por mencionar una imagen en la que el silencio va volviendo el sentido a un rostro, burilan unos nuevos ojos a la literatura donde muy pocos sabrán de una piel que va siendo golpeada por cada nota de la música.

                                          Cuerpo sólo cayendo

                            en soledad golpeando cada nota

              y el intermezzo asimilado al vacío (…)[14]

 

vuelve su cuerpo no ante el temor de la muerte sino ante la imposibilidad de recuperar lo vivido. Por ello se sufren estoicamente los males, el afán del poema convierte al hombre en un ser que se puede sentir vivo.

La reiteración constante de este vacío es un ave que surca el espacio del libro descubriendo una disposición onírica en la presentación de los poemas hacia diversas formas del agua como las cataratas, la lluvia, la nieve, la luz a chorros, el humo, el mar, entre otros; donde se explica en la palabra un movimiento táctil que afanosamente rodea sus límites con cierta e inexplicable esperanza. Con ello, la forma de la vitalidad del espacio en blanco hasta considerar la página como parte de la escritura, no se alude simplemente a los Caligramas de Apollinaire, por considerar que si bien pueden pensarse en formas deliberadas la organización espacial, los signos expuestos son íntimos todavía a las palabras del poeta. Su tono emplea los ecos de la música cuando se hace presente la lectura en voz alta, es un ritmo prematuramente comparable con la voz personal del poeta.

Lógicas y otros poemas es un libro publicado hace veintitrés años en la ciudad de Pereira como volumen número uno de la Colección Literaria «El Soto y su Donaire», un libro que prefigura un título de gran valor para la tradición poética desarrollada en Colombia, con una obra que se distanciaba de discursos naturalistas y pastoriles para acrecentarse en una discusión metafísica que nos deposita la agudeza de unas propias dudas. Eduardo López Jaramillo muestra, con sorpresa del entorno cultural local, testimonios de una tradición poética con una voz adulta en el siglo XX, tradición que ejerce una poderosa influencia en el poeta, como Ezra Pound, T.S. Elliot, Federico García Lorca, Pablo Neruda, César Vallejo, Constantin Cavafy, entre otros. Este remanente halla su mujer testimonio en una escritura desarrollada por el autor en tierras europeas y norteamericanas, donde desde fines de los años sesenta hasta mitad de los setenta el autor de este libro desarrollaba estudios de filosofía y literatura.

La indiferencia presumible por muchos lectores en estos años hacia el libro hace evidente a mi parecer, no sólo el desconocimiento de unas calves que desde aquí desarrollaría una la totalidad de su obra poética, ensayística y narrativa, sino aguasa referencias a la historia donde la literatura descubre los asomos de fatalidad que rodean los propósitos del hombre. Las distintas miradas críticas alrededor del autor hacen constante el uso ya de lugares comunes en cuanto a su cultura, como del rigor para con su obra, ante la ausencia de elementos que permitan valorar su literatura desde un contexto histórico, hasta el seguimiento de su pulsación onírica y estética.

Lo que escuchamos en este libro da prueba de una voz coherente que deja trascender su misma necesidad de la escritura, una humanidad que dimensiona la palabra cuando deja la exaltación de formas hábilmente manejadas para, en medio de su desnudez, demandar un gesto del mundo. Eduardo López Jaramillo ha asumido la belleza como el encuentro de su mundo, es legítimo y logrado el compromiso de su búsqueda. No es una vida cualquiera la que escuchamos en estos poemas, queremos seguir el ritmo iniciático de su corazón sin preguntar adónde nos lleva el pulso de sus venas. Una palabra suya destempla nuestros dientes cuando su voz golpea los muros del recinto que representa al mundo. Se hace nuestra esta ansiada manera de nombrarlo todo ante aquella danza que consolaba las apsaras y que repites en homenaje a una tumba.

*Texto publicado en la Revista Pereira Cultural Número 17 – Diciembre de 2002

[1] Estudiante de la Licenciatura en Español y Literatura, tercer semestre, Universidad Tecnológica de Pereira. Director de la Revista de Poesía Luna de Locos y Codirector del Cineclub Cine en Cámara.

[2] PAZ, Octavio. El arco y la lira. México: Fonde de Cultura Económica, 1994.

[3] LÓPEZ JARAMILLO, Eduardo. Lógicas y otros poemas. Pereira: Gráficas Olímpica, Colección Literaria «El Soto y su Donaire», Vol No 1, 1979, p. 1.

[4] Ibid, p. 4.

[5] POE, Edgar Allan. Filosofía de la Composición. De ensayos y Críticas. Madrid: Alianza 1973.  

[6] Ibid.

[7] Lógicas y otros poemas. Op. cit. p. 15

[8] Ibid. p. 17.

[9] Ibid. p. 20.

[10] Ibid. p. 24.

[11] Ibid. p. 20.

[12] REYES, Alfonso. La experiencia literaria. México: Fondo de Cultura Económica, 1995.

[13] Lógicas y otros poemas. Op. cit. p. 29.

[14] Ibid, p. 28.