Este suceso me da pie para escribir sobre la relación que tenemos hoy en día con los otros, mediatizada por las pantallas, especialmente por los móviles. No estamos viendo, solo miramos…

 

Por Martín Rodas*

Hace poco me encontré en el centro de Manizales con una amiga, a la cual le tengo mucho cariño, pero que también ha cogido el terrible vicio de andar con el celular en la mano tomando y mostrando fotos a diestra y siniestra. Después del saludo inicial, me dijo que estaba muy contenta porque se dio cuenta que la vida había sido generosa con ella y me explicó por qué (también quiero precisar que ella ha sido una mujer sufrida y que a pesar de los contratiempos ha luchado de manera denodada por salir adelante con su familia, esto lo anoto porque da sentido a lo que comento en esta columna):

Ilustración / Martín Rodas.

-Cómo le parece que esta semana iba por el Parque Caldas pensando en todos los problemas que tengo, cuando de pronto vi algo que me llamó poderosamente la atención… Había un muchacho sin piernas que se arrastraba con sus manos sobre un carrito de balineras. Al verlo, sentí que mis preocupaciones se desvanecían y le tomé una fotografía con mi celular para recordar que había gente más llevada que yo. Después de tomar la foto, extendí mis manos como si fuera a volar y con gran alegría me dije a mí misma que era una persona afortunada.

Al escucharla, sentí tristeza y le dije:

-Amiga, discúlpeme lo que le voy a decir, pues usted sabe que yo la quiero, pero se lo voy a decir con mucho cariño. A mí no me parece que uno se deba sentir bien porque esté mejor que otras personas, y menos que para ratificar esa condición tome y guarde imágenes en el celular para ver y estar mostrando. Soy del pensamiento que si usted no puede ayudar a otra persona, mejor ni la mire.

Ella me escuchó en silencio y noté cierta expresión de vergüenza en su rostro.

Este suceso me da pie para escribir sobre la relación que tenemos hoy en día con los otros, mediatizada por las pantallas, especialmente por los móviles. No estamos viendo, solo miramos… y considero que de una manera ciega, pues eso que nos muestran las pantallas es una «realidad» editada, manipulada, para que creamos que ese mundo es el de «verdad». Todo lo estamos mirando hoy en día en las pantallas, nuestro universo está encerrado en ese marco rectangular logarítmico y pixelado.

Ya no nos miramos ni al espejo, ese que antes al menos nos reflejaba y nos daba una pálida imagen de lo que somos. Y mucho menos miramos a los otros, a no ser a través de las pantallas; ¿y por qué no lo hacemos?, porque les tenemos miedo, y por eso los odiamos. Lo otro se ha convertido en el enemigo, que es extraño, distinto, peligroso y debe ser negado, exterminado, eliminado. Eso que los católicos denominan misericordia y que los sicólogos nombran como empatía, se ha olvidado… Hemos perdido la capacidad de sentirnos en la situación del otro, somos como los zombies de las películas (tan de moda hoy en día)… y es que en realidad esos muertos vivientes de las pantallas somos nosotros mismos.

*  Poeta, anacronista y pintor; editor de «ojo con la gota de TiNta (una editorial pequeña e independiente)».