Anacronismo

La gente se espanta cuando recibe una carta demasiado íntima. Imagino que por lo anacrónico de la práctica. Y como pasa con todo anacronismo, abruma. La situación es verdaderamente incómoda cuando el sentimiento es unidireccional, y el único que siente es el que escribe, y el destinatario preferiría nunca haber leído.

GIUSSEPE RAMÍREZPor Giussepe Ramírez

Pero ese mismo destinatario tal vez estaría interesado en leer el libro de cartas de un desconocido, saciar esa pulsión voyerista de los humanos, burlarse y sufrir con las situaciones de otros personajes, reales o ficticios.

Escribir cartas ardorosas pareciera una costumbre decimonónica, o que al menos tuvo su apogeo en ese siglo. También podemos conceder alguna mención al siglo pasado. El XXI definitivamente no tiene que ver con el viejo concepto de correspondencia. Es más el bombardeo de correos electrónicos lacónicos, o la frivolidad del chat de alguna red social, la exaltación de lo instantáneo.

 Digo todo lo anterior desde la intuición. No existen datos, digamos, del Sistema de correos de Colombia clasificando la correspondencia por el grado de sentimiento o erotismo (si lo hicieran, violarían el derecho a la intimidad). Imagino que algunas personas desde la clandestinidad les escriben a sus amantes, o bien para romper las misivas inmediatamente después de escribirlas, o bien para entregarlas algún día.

En este nuevo milenio las cartas de las que tenemos noticia son el resultado de alguna filtración a los medios porque las agencias de inteligencia tenían intervenido el correo de x o y persona, y revestía un ‘asunto de seguridad nacional’. Es frecuente también toparse con alguna “carta” escrita con letra muy redonda, llena de lugares comunes, y carente de algún valor estético.

Tal vez los libros de correspondencia que se exhiban en las estanterías a lo largo de este siglo, a falta de destinatarios que sientan fascinación al recibirla, sean cartas dirigidas a seres ficticios que solo habiten la mente de quien desea no dejar morir este género literario. O como en ese gran relato de Alice Munro, donde surge una historia de amor que trasciende las cartas porque un par de niñas deciden jugar a suplantar al remitente.

En 1981, una abrumada periodista del The Washington Post ganó el Pulitzer por una historia surgida solo de su cabeza, sin ninguna veracidad. La historia fue publicada en 1980 y versaba sobre el sórdido mundo de un niño de ocho años adicto a la heroína. La conmoción fue tal tras la publicación del artículo, que la policía intervino y empezó a buscar a Jimmy, el pobre personaje ficticio. Sin embargo, fue después de ganar el premio cuando, ante un exhaustivo interrogatorio de sus jefes, la periodista no tuvo otro remedio que confesar que todo era un invento.  

Ante esta pobreza epistolar, me divierte pensar que si existiera un premio tan prestigioso como el Pulitzer para los libros de correspondencia, que más bien se publican pocos, y son generalmente póstumos, deberían otorgarle el premio a la Janet Cooke de las cartas, aun si todas las historias fueran inventadas y dirigidas a personajes etéreos, para al final despojarla del premio y que Gabriel García Márquez pueda escribir—una ficción más—: “Pues no habría sido justo que te dieran el Premio Pulitzer de periodismo, pero en cambio sería una injusticia mayor que no le dieran el de literatura”.