Jhonattan Arredondo (nueva)La lágrima y la mancha del café se han perdido, es decir, ¡no son cartas de verdad! Son solo espejismos de la era tecnológica, era  indiferente e insensata.

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Hubo una época donde las personas se comunicaban a través de las cartas, y en esa época bastaba con una pluma, un poco de tinta y una hoja de papel, para que las palabras fueran portavoces de mensajes que atravesaban pueblos, ciudades, países  y hasta continentes.

A los lugares más recónditos llegaba la carta, fuese por una paloma o por un cartero. Ambos protegidos por Hermes: mensajero de los dioses; ambos guardianes de la memoria. ¿Mensajes? Toda una historia era lo que se contaba gracias a un papelito con líneas cubierto por un sobre: sobre-manto encargado de atesorar declaraciones de amor, desidias políticas, tratados filosóficos o científicos, poemarios e indicios de obras literarias; a su vez, contratiempos familiares, deudas, o, en su desgracia, la noticia de algún fallecimiento.

Ahora no, estos tiempos tan convulsos se han llevado esa bella forma de comunicarnos. Se han llevado las cartas  con su pluma y su tintero para dejarnos una caja donde las cartas pierden el tacto y el aroma de quienes las envían. La lágrima y la mancha del café se han perdido, es decir, ¡no son cartas de verdad! Son solo espejismos de la era tecnológica, era indiferente e insensata.

Y entonces, ¿qué hacemos? Pues volvamos a las cartas, permitámonos evocar a los recuerdos y dejémoslos cristalizados en el papel. No hay de otra.

¡Volvamos a las cartas! Aunque el pasado sea una sombra que no da tregua.