¡Ah! El maravilloso arte de la correspondencia. Que especial compartir esta disciplina con amigos cuyas “afinidades electivas” son un deleite. El correo electrónico aun no ha desplazado la tentativa de escribir cartas personales, donde se expresan inquietudes,  se debaten ideas, o simplemente se comentan efemérides. Este aparte constituye unas cartas menudas con un amigo antioqueño, sobre la muerte y el arte. 

 

 

Por: Diego Firmiano

 

 

 

 

I.R.G

Caro Amigo

Saludos

 

En respuesta a tu carta anterior, personalmente creo que la muerte no es nada. Es solo un flash que tendremos en nuestros ojos el día señalado.  Luz intensa, de esa que ya estamos acostumbrados diariamente por la banalidad de las fotos y los recuerdos gráficos. Instantáneas, a propósito, con las que la gente se tortura, recordando penurias y momentos congelados en el tiempo.  Aunque no dudo que pensar en un posible fin horroriza, pero me consuelo meditando en por qué aquellos que ya no están nada dicen; no expresan ni felicidad, ni tristeza, ni dolor, nada. Ya no hay una posible comunicación, como si estuvieran en un lugar “a puerta cerrada”. Luego me sacudo y vuelvo a mirar hacia adelante; luego reflexiono al derecho.

Es que sin final no existiría principio. La vida es un gran círculo como la Migdardsnake, de los noruegos, o el uróboros, y así hasta quisiera pensar como los orientales  y creer que cuando alguien nace, es porque otra persona muere en otro lado. J.L. Borges lo adivinó cuando dijo: “Todo hombre son dos hombres”. Y así infinitamente. Si somos producto de la evolución o no, no hemos podido superar los miedos que nos limitan y nos asustan cuando se trata de cosas que no entendemos. Eso solo me dice una cosa y es que somos demasiado humanos.

Fíjate que el mismo Yukio Mishima se torturaba con la idea de “ser, humanos” y no aceptaba tan fácil que el emperador-dios se hubiese vuelto hombre con el advenimiento de la era “Meiji” y la occidentalización, después de la gran guerra. “La Sociedad del Escudo” fue su estandarte para adoctrinar y mantener un séquito de fieles patriotas y literatos (mayormente jóvenes) en la idea de gloria y honor japonés.

Amigo, cuanto más veo la vida de forma general, más me convenzo de que lo que me hace inmortal son las decisiones que tomo; el amor que decido prodigar a los míos, y hasta por ahí se le cruza a uno el amor de “buen samaritano” hacia el “próximo“. Esto último es difícil, porque como dijo alguien “trata de amar al prójimo y ya me dirás el resultado“.  Pero hay que intentarlo, porque en momentos aburre vivir para uno mismo. El viejo Hemingway decía que “un país, a la larga, se gasta y el viento se lleva el polvo de la erosión, la gente se muere y ninguno tuvo importancia permanente, excepto aquellos que practicaran las artes“. Sintetizo eso, y digo: la vida con su comienzo y final es una especie de arte.

Cuando dices en tu carta que “todo suicidio es una macabra obra de arte, única y definitiva” llegas a un lugar afín con lo que pienso. Y es que el arte humaniza, y como una máscara nos permite pasar por este teatro sin dejar ver los horrores que llevamos dentro. Claro, también nos ayuda a que la realidad de otros no nos queme. Sí, la literatura es una catarsis liberadora, ahí está la cuestión.

Existir es un mero soplo. El viejo Job estaba convencido cuando dijo “somos chispas que volamos por el aire“. Ese Job del que el Eremita de Copenhague sacó sus más hondas reflexiones que lo llevaron a la desesperación y que, eliminando el pasado y el futuro, y cortando las dos alas de las esperanzas, nos dejó en el efímero presente.

Yo aun soy joven, pero la vida no tiene edad cuando el final aparece tan repentino. Pensar que soy mayor que mi padre que partió en 1997 con 32 años me lleva al pensamiento dulzón de que por fin soy libre de ese tutelaje que me fue impuesto. Ahora la vida es la que nos guía hacia algún lugar. Algunos le llaman destino, otros, muerte, otros “nihíl“, otros simplemente, “mejor vida“. Allá cada uno con su paraíso o con su infierno.

Gracias por el libro de Clarice Lispector. Sigo leyendo a Javier Sampedro en “Deconstruyendo a Darwin: los enigmas de la evolución a la luz de la nueva genética”. Es un ensayista brillante. Si Charles Darwin estuviera vivo lo odiaría al enterarse de esa tajante deconstrucción de su sistema y su dogma en este maravilloso libro.

Posdata con humor: Si va a morir, avíseme antes.

Un abrazo.