EL OLVIDADO ARTE DE LA COMPAÑÍA

Es que el alcohol no es un vicio fácil. Bien pensado, nada hay más inelegante que un vicio fácil. Saber navegar las diferentes etapas de la ebriedad requiere disciplina y no poco arte, aunque el abstemio empeñado en su superioridad moral lo ponga en duda.

 

Escribe / Cristian Cárdenas Berrío- Ilustra / Stella Maris

Para Wolfrang quien ya surfea las noches con etílica elegancia.

 De improviso amaneció. Así, sin la menor provocación o aviso. No hubo tan siquiera un anuncio, tampoco una leve luz colándose por una grieta, sin ese hermoso rosado de la aurora venciendo la noche, ni un haz del sol lamiendo de a poco una pared y haciendo poética una anciana dormida sobre la mesa de una esquina como en el bar del cónsul de Lowry, nada.

Amaneció de manera rotunda, absoluta, contundente, como suele amanecer en el trópico. En nosotros, en cambio, todo anochecía. Esa madrugada carecía de dulzura, tal vez por la cantidad de botellas de aguardiente sin azúcar que llevábamos dentro –dos, tres, cuatro, no lo recuerdo–; el caso es que caminábamos hacia el interior de la mañana con la seguridad de solo hallar la noche.

Sin embargo, todo era normal, y esto ya es mucho decir. Hay borracheras alegres, otras son salvajes, otras –gracias a Baco– amnésicas, algunas tristes como un perro que ladra a la luna queriendo morderla sin saber que está atado a un poste y algunas borracheras, para consuelo de muchos, son en extremo lúcidas. Es que el alcohol no es un vicio fácil. Bien pensado, nada hay más inelegante que un vicio fácil. Saber navegar las diferentes etapas de la ebriedad requiere disciplina y no poco arte, aunque el abstemio empeñado en su superioridad moral lo ponga en duda.

Pero como decía esta amanecida era normal, había tanta familiaridad en el tambaleo de nuestro andar sobre el puente que da inicio al valle del río Cauca. La noche, como siempre, había tenido de banda sonora mucha Salsa, de “la brava”, y es que de la década del 90 en adelante llegó una salsa más bien mansa; pero esa madrugada solo había conversación y la certeza de que “nuestra única esperanza era el próximo trago.”

No recuerdo de qué hablábamos, el discurso era confuso, turbio, las palabras se apilaban una sobre otras; pero el diálogo era claro, fluido, verdadero. En ocasiones no es necesario comprender para conectar, así se construye la amistad… la familia, sin frecuencia como intuyó Borges, pero con altas dosis de descuido y precisión, a la manera de lo vegetal, tan familiar, tan acogedor, pero al tiempo tan poderosamente arisco y orgulloso en su silencio; sé que puede parecer confuso, pero muchas veces la vida es tan inadecuada para explicar la vida.

Lo importante era la compañía, caminar junto con… es lo único que nos aliviana este tránsito. La vida –como todos saben– es lo que sucede entre dos soledades: la del útero y la del ataúd, y aun así le exigimos eternidad a lo perecible. Pero más que comprendernos o comprobarnos lo que hacíamos esa madrugada era personificar en las calles aquella canción de Altemar Dutra, “Caminemos”, conscientes de que el alcohol era la única posibilidad de destilar la eternidad en ese instante.

Por fin llegamos a mi casa, la mañana era ya plena y la ebriedad también. Busqué sin éxito un libro para regalarle, nos despedimos sin angustia de una borrachera también sin perplejidades; yo, debiéndole un libro, mi primo prometiendo otro amanecer.