Mis reflexiones sobre los objetos que poseo han sido de tiempo atrás, así que el artículo no podía pasar inadvertido pues considero que tengo una extraña fascinación por los objetos y es del caso aclarar que no se centra solo en los propios, también en los ajenos, en los públicos que reposan en museos o en las vitrinas perfectamente expuestos a la vista.
Escribe / Adriana González – Ilustra / Stella Maris
Hace un par de semanas un amigo me envió un artículo de Beatriz Ruibal publicado en El País de España titulado “Inventario de posesiones íntimas”, en el que se relata ligeramente su contacto con objetos preciados de poetas y escritores que ha fotografiado en los últimos cuatro años.
Mis reflexiones sobre los objetos que poseo han sido de tiempo atrás, así que el artículo no podía pasar inadvertido pues considero que tengo una extraña fascinación por los objetos y es del caso aclarar que no se centra solo en los propios, también en los ajenos, en los públicos que reposan en museos o en las vitrinas perfectamente expuestos a la vista.
Además de considerarlos un deleite estético siento que llevan su propia historia y la que nosotros acumulamos con ellos -una historia común-. Sin duda que hay en esto una idea muy romántica de las “cosas”, no puedo desconocer que es mi impronta y sin pretender idealizarlos, sí los guardo con recelo y consideración en el lugar que habito y deshabito, el lugar que es mi ancla y refugio, que en silencio conoce mis intimidades, desafueros, jolgorios, dolores y todo aquello que compone la vida de un ser humano común y corriente que no teme vivirla.
Por ello creo que los objetos son parte de nuestra esencia, de nuestra identidad, de nuestra historia, y en lo particular no podría apartarlos con facilidad porque en ellos hay un trozo de mi vida: un viaje, un deseo, un sueño, un familiar, un amigo, una experiencia, un recuerdo, un amor; son el retrato de un momento, de lo que fuimos en ese instante o con esa persona, cobran carácter de intimidad porque somos únicos en cada soplo de vida, nunca somos los mismos todos los días de la vida y ellos -los objetos- son testigos inmutables de lo que dejamos de ser y somos, son un pasado y un presente constante de nosotros mismos.
Repito, hay una idea romántica en lo afirmado, pues para quienes transitan por el mundo líquido perfectamente descrito y analizado por Zygmunt Bauman -la vida y el amor mismo- y por lo tanto, los objetos son temporales, utilitarios, desechables, sin carga emocional, pues la liquidez de su universo, la necesidad y facilidad para consumir, desposeer algo para poseer un nuevo algo y de adquirir de manera vertiginosa todo aquello que el mercado ofrece, es la expresión de la vacuidad de su mundo, que necesita obligatoriamente el vacío para que transite con rapidez lo que se va adquiriendo con desenfreno. No hago un juicio de valor en ello, solo una descripción de por qué algunos amamos los objetos y hay quienes no.
Podría pensarse que yuxtaponer las cosas junto a la experiencia de vivir es darles una relevancia innecesaria, por el contrario, creo que son las cosas las que cuentan nuestra historia como humanidad. Los objetos que han logrado superar el tiempo son los únicos testigos que retrataron el pasado y confiesan en el presente lo que fuimos. La experiencia museística plasma lo que fue nuestra cultura, nuestros lujos, nuestra idea del mundo a través de pequeños o grandes objetos que fueron elaborados por nuestros ancestros, por lo menos, es lo que siento cuando visito algún museo, muchos han revuelto mis entrañas y perduran vívidos en mi recuerdo, pues creo que constituyen una sabia acumulación de la experiencia humana a través de los años.
Un europeo común tiene en su hogar cerca de diez mil objetos, posiblemente si miramos a nuestro alrededor la suma no es del todo absurda, pues entre cables, artefactos tecnológicos, instrumentos, muebles, libros, ornamentos y demás, seguramente el número es muy similar, es claro que en la vida contemporánea la acumulación es casi un valor de identidad.
No pretendo una reivindicación del síndrome de Diógenes, por el contrario, es un anhelo de encontrarle sentido a los objetos que conscientemente hemos decidido nos rodeen, que constituyen una parte de nuestra identidad o algún momento memorable de la vida, son estas características las que hacen la diferencia entre banalizar y acumular como parte de la experiencia capitalista que solo pone el acento a las cosas en el valor de cambio y no de uso.
Por eso, afirmo que tengo una extraña fascinación por los objetos, tanto por aquellos que hacen parte de mi inventario y que contemplo, siento y me emocionan por las evocaciones que en mi provocan, son el presente de lo que pasó, son la foto animada de lo que fui. Adoro lo que las personas amadas me han regalado, son su presencia perenne en mi intimidad. Pero también venero y me vivo en otra dimensión al visitar lugares que los contiene, que me permiten descubrir mis sentidos, tocarlos, aunque nunca los posea, guardarlos en mi retina para siempre como el recuerdo de lo que no fue.
Soy poco coleccionista, adquiero aquello que me atrae, a lo que le doy un valor estético o que constituye el recuerdo de lo que viví en algún lugar del planeta, así que cada cosa que hay en mi casa tiene un sentido profundo y una emoción, resaltan en su repetición algunos dedales y caleidoscopios, los primeros porque sin buscarlos asoman sus narices en algunos viajes, los segundos porque en su magia de tener siempre formas distintas me sumergen en la infinitud de la vida, en la infinitud de la reflexión humana.
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