Si acumulo libros, soy un bibliófilo, si guardo objetos viejos y los limpio, puedo ser un experto anticuario, si compro vehículos viejos y los pongo malamente a funcionar —solo en películas se ven los carros viejos moverse sin problema— soy un coleccionista de clásicos, pero si, en cambio voy llenando la casa de objetos inservibles y ellos, a su vez, me van expulsando, entonces sufro del mentado síndrome.
Escribe / Pablo Felipe Arango T. – Ilustra Stella Maris
No sé si todavía es así, pero hace años, cuando era niño, el tarro de leche Klim tenía además de la tapa metálica que cerraba a presión, un empaque adicional, también metálico, que se retiraba cuando se iba a consumir la leche en polvo. Imagino que se trataba de algo que impedía que se humedeciera el producto. Mi padre retiraba aquel empaque adicional con un esmero superior. Empleaba un cuchillo, afilado, de hoja delgada, que se hundía en el polvo cremoso y azucarado con facilidad, y que, justo por eso, él creía llevar con destreza de cirujano. Mi padre no era bueno con las manualidades, pero en este caso se esmeraba, y quedaba entonces una lata circular, delgada e inofensiva, que aun así él alejaba de nosotros como si se tratará de una guillotina que fuera a rebanarnos los dedos. No había riesgo alguno, pero él veía peligro donde no lo había y en cambio no percibía situaciones realmente riesgosas. Aunque pensando mejor, tal vez no sea curiosa esa característica sino justamente la explicación de su vida, y de algunos de mis comportamientos.
Pero volvamos a la tapa metálica de la leche Klim que mi padre retiraba con cuidado y luego iba guardando en el armario debajo de sus camisas, o entre los libros —a veces abro alguno de los suyos y encuentro uno de esos trozos de aluminio que deslumbra con su brillo y sus bordes doblados—. Él los guardaba porque imaginaba que serían útiles para algo. Y tenía razón, no porque alguna vez hubieran servido para algo —ni siquiera sirvieron para las lunas del Capitán Centella que me hice con unas que sustraje—, sino porque ciertamente eran de un material y de una belleza que bien deberían haber servido para algo; tal vez en otras manos, unas más curiosas y artesanas, y en otras casas, efectivamente sirvieron. No importó nunca, sin embargo, que aparentemente fuera inútil guardarlas; el rito, aun así, se cumplía indefectiblemente.
Igual sucedía con el cartón blanco en el que venían envueltas las medias de seda que compraba mi madre. La disculpa era que esos trozos de cartulina, de apenas una cuartilla, podían servirnos para alguna tarea escolar, y así se iban acumulando cartones en los cajones, o, y esto sí es una proeza mayor, debajo de los colchones.
Podría agregar más ejemplos, pero estos dos me parecen lo suficientemente ilustrativos de la preocupación que se tenía por las cosas, por los restos que va dejando nuestro consumo, y por la creatividad con la que se intentaba, no siempre con éxito, darles nuevamente valor. Arrojar no era una alternativa, era preferible guardar con la idea de que tarde que temprano les llegaría a los objetos una nueva oportunidad.
Cuentan que Diógenes el Cínico, discípulo del asceta Antístenes, tenía apenas un manto, un bastón, un zurrón y un cuenco. Resulta paradójico entonces que se haya dado su nombre al síndrome que supuestamente padecen las personas que acumulan objetos de manera compulsiva. Según los psiquiatras tienden a padecerlo personas de más de sesenta y cinco años y según ellos la compulsión termina convirtiéndose en un problema para la familia y los vecinos. ¡Qué va! No hay tal síndrome, lo que hay es la idea social de que ciertas acumulaciones son legítimas y limpias mientras que otras no. Si acumulo libros, soy un bibliófilo, si guardo objetos viejos y los limpio, puedo ser un experto anticuario, si compro vehículos viejos y los pongo malamente a funcionar —solo en películas se ven los carros viejos moverse sin problema— soy un coleccionista de clásicos, pero si, en cambio voy llenando la casa de objetos inservibles y ellos, a su vez, me van expulsando, entonces sufro del mentado síndrome, y si la casa o el terreno lo esperan ávidamente unos futuros herederos, seremos un problema para la familia, y si ellos se asoman amenazantes por las ventanas del predio, o llegan hasta el lindero y no se arruman con orden, entonces los vecinos se sentirán amenazados, y unos y otros llamarán a la policía y a las autoridades que luego llegarán a desocupar el local y dejarlo limpio como se imaginan que debería estar.
Cuenta Rosa Montero que cuando entrevistó a Doris Lessing en su casa en Londres, tuvieron que hacerse un lugar para sentarse en medio de la cantidad de cosas que cubrían el piso y los muebles; la primera planta de la casa era prácticamente inhabitable gracias a su llenura. Alda Merini, la más lucida, bella y mística de las poetas italianas contemporáneas, vivía en un pequeño apartamento igualmente cubierto de libros, fotos, collares y pintalabios. Elkin Obregón, el pintor y escritor paisa, habitaba un zarzo tan bello y poblado como su mente, libre y oloroso, presumo por las fotos, a café, cigarrillo, licor y orina. No son ni serán los únicos artistas dados a la acumulación o despreocupados por ella, tal como mi padre no era ni será el único afanado por detener el maldito derroche que abruma nuestra época, aunque no hubiera leído nunca, creo, a José Emilio Pacheco: “Nuestro mundo se ha vuelto desechable”,/ dijo con amargura./ “Así, lo más notable,/ en el planeta entero/ es que los hacedores de basura/ somos pasto sin fin del basurero”.


