El país de los animales está lleno de una mística de sabiduría, amargura y farsa.  La hiel ha sido endulzada con la moralidad y la religión. El perro no come de la mano de su amo y la cucaracha desea tener un lugar en la mesa entre su familia. Ambas subespecies son las mejores conocedoras de los humanos.

 

 

Por: Diego Firmiano 

 

 

 

 

 

Ni el cínico Diógenes, ni el judío Kafka trascendieron más allá de sus propios círculos. El primero se creía un perro (o al menos actuaba como tal) y el segundo se figuró una cucaracha, tanto en su imaginación como en su vida real.  ¿Pero por qué razón? Por una cuestión de orden, naturaleza y tiempo. Los animales tienen suficiente inteligencia para ocuparse de su conservación, pero los hombres ¡oh, los hombres! La naturaleza les entregó un recurso contra el miedo a la muerte haciéndoles creer en la inmortalidad. Ese es el punto de inflexión ya que ni Kafka, ni Diógenes creían en una vida de ultratumba o reencarnación. ¿Para qué? No somos lo suficientemente animales como para esperar ser otro en otra vida, parecen decir con sus obras.

A ambos los separan siglos, pero los une el sentimiento de alienación al que están sometido los que creen en la inmortalidad. ¿Ser de la misma raza de los dioses? Hay un precio a pagar, ora con la locura, ora con un escape a otros mundos posibles. Ambos entendían que ser inmortal no era en ninguna forma no morir, esa idea pertenece a la metafísica de la religión, ser inmortal era (según las chispas de sus expresiones) entender dos palabras terrenas: la de “hombre”y “montaña” (al menos en la etimología china). En corto, la vida introspectiva y solipsistas in ipse. La vida separada de los demás, la vida fragmentada desde el interior.

Qué he de importarle a un perro el reconocimiento de la mayor gloria del mundo conocido: Alejandro Magno; o a una cucaracha, recibir amor o desprecio por su forma: Gregorio Samsa. Ambos son relegados, uno a un tonel, otro a las rendijas debajo del piso o la cornisa de su propia casa. Dos personas y personajes que viven entre paréntesis en la historia. Y aquí surge una preciosa ironía.  Los hombres se equivocan, los animales rara vez, salvo los más inteligentes de ellos.

Entre los autores que más han sido influidos por la obra de Kafka , podemos contar a Camus, Sartre, Borges y a Gabriel García Márquez. El autor es tan influyente, que incluso el término kafkiano se utiliza en nuestro idioma para definir algo angustioso, que roza con lo surrealista.

Las cucarachas son antediluvianas y Franz Kafka lo sabía, o creía que lo sabía, ya que, al removerse en su interior, añora los lugares vírgenes de la calidez y la humedad entre los de su misma especie. Pero esta imagen es contundente, ya que estos insectos (Kafer) huyen de la luz y no solo comen patatas, verdura, pan, chocolate, azúcar o miel, sino también papel, tinta y betún. Gregorio Samsa es luminoso en su forma, aunque los alemanes al ver una “prusiana” corran a barrerla o exterminarla.

Toda su madriguera literaria es una trampa para engañar al enemigo, en este caso, o la chancleta de la vergüenza que puede matarlo, o el hombre, ese ser animal entre los animales. Para entrar a su narrativa se puede usar cualquier vía, o un tubo o un sifón. Al final lo que Kafka expresa en su espíritu es un callejón oscuro.  Como cucaracha o Samsiano, deseaba pasar inadvertido, ser suprimido, como aquellos indeseables insectos. Solo así se entiende que al final de su vida quiera quemarlo todo: su biografía, sus escritos, y por qué no, sus alas café transparentes que le permiten desplazarse desde un rincón encima de un plato lleno de sobras.

Lo paradójico, y aquí emparenta el juego animal, es que cuando Gregorio Samsa despierta convertido en cucaracha, solo una cosa le preocupa: ¿cómo, en este nuevo estado, llegar a tiempo a la oficina? Es la preocupación del capitalismo monstruoso. La enajenación humana. ¿Es Samsa un criptograma? Cinco letras, la K reemplazada por la S. Su apellido y el nombre de su personaje de La transformación (O Metamorfosis, como se conoce en nuestro ámbito) están emparentados. El insecto era él.

“Alejandro Magno (356-323 a.C.), ante Diógenes. Cuando le pregunta de dónde es, el filósofo le responde ‘Cosmopolita’ (quizás bautizando ese término)”.

Diógenes no es un perro en su forma, sino en su esencia. Un perro ebrio como él, e igual que los elefantes, contenía ideas que no serían indignas de cualquier sistema filosófico, pero al resultarle inútiles, el cínico las desprecia. ¿Qué busca con su linterna a plena luz del día? No busca hombres, los hombres no son perros, no son de su misma especie, él busca un indiferente. La sociedad en la que vivió era un infierno de conquistadores y salvadores del espíritu. El animal solo desea rascarse sus pulgas, y cumplir su función de vigilar, aunque pase todo el día durmiendo en un tonel.

Diógenes como un dios inmortal es el hombre solipsista al que se le permite todo. A Alejandro lo respetan, pero a él lo aman. Y es tanto el aprecio que cuando sale de la ciudad lo extrañan y cuando regresa, Atenas sabe que la casa está en orden. Aúlla, orina en la vía, tapa el excremento con sus patas y olfatea la humanidad. Esta última le era indiferente por no oler como él. Tradujo sus pensamientos íntimos con una insolencia sobrenatural, como lo haría un dios del conocimiento, libidinoso, pero también puro. Diógenes es el perro celestial por antonomasia. Le es indiferente si va al cielo o desciende al infierno a visitar al cancerbero, su pariente más próximo.

¡Pídeme lo que quieras! Dice otro dios semi inmortal. ¡Quítate, me tapas el sol! Solo eso. Quizá las pulgas salgan después de sentir el chispero de Heliogabo.  El perro, el mejor amigo del hombre, se encrispa. Cuando lo toman prisionero y antes de venderlo le preguntan qué sabe hacer y alega: “mandar”; luego grita a sus captores: “pregunta quién quiere comprar un amo”. Este Sócrates irónico, es igual al Shakespeare absurdo de Kafka. Renuncian a las convenciones. Uno falsifica monedas; el otro, la vida. ¡La vergüenza de ser un hombre!, ¡oh sí! El inri de existir.

El país de los animales está lleno de una mística de sabiduría, amargura y farsa. La hiel ha sido endulzada con la moralidad y la religión. El perro no come de la mano de su amo y la cucaracha desea tener un lugar en la mesa entre su familia. Ambas subespecies son las mejores conocedoras de los humanos. Los hombres giran a su alrededor y no a la inversa.  Solo un hombre insensato lo pensaría así. Diógenes y Franz Kafka son los verdaderos santos de la risotada. Un perro, una cucaracha y un hombre, sería lo necesario si acaso un cataclismo devastara la tierra.