Armas para matar el hambre

Hay dos locomotoras que están arrasando con enormes recursos forestales e hídricos como son la de la minería y el lucrativo negocio de estupefacientes.

Por: Victor Zuluaga

En la Conferencia sobre Desarrollo Sostenible convocado por la ONU y celebrado en Río, algunos manifestantes exhibían un tanque de guerra, forrado con panes y un enorme letrero que decía: “Para matar el hambre del mundo”.

Con ello resume bien las políticas que algunos países desarrollan de comprar armas, sustrayendo enormes recursos que bien podrían destinarse a aliviar el hambre de sus pobladores.

Enorme frustración ha causado el compromiso adquirido por las naciones que firman Río+20, en la medida que aún no se quiere tomar conciencia sobre la interdependencia que existe entre todos los seres vivos que habitamos la tierra. Pareciera que la consigna bíblica de “creced y enseñoreaos” sobre la naturaleza, sigue viva a pesar de todos los descalabros medioambientales que ha causado. Esa concepción antropocéntrica de mirar la naturaleza como una simple despensa para los seres humanos, nos ha llevado a aniquilar especies completas de organismos y microorganismos, poniendo desde luego en peligro la vida del planeta.

El crecimiento desmedido como paradigma que hace presencia en todos los niveles educativos formales e informales, contrasta con la pérdida de fuerza que ha tenido la idea mucho más racional de “progreso”, entendido ello como que no basta con crecer si ello no significa elevar el nivel de vida de la población ni la posibilidad de un “buen vivir”, tal como lo siguen predicando muchas comunidades indígenas. Y el “buen vivir” entre los pueblos indígenas se ha venido abriendo paso en el sentido de recuperar aquellos espacios en donde las comunidades se reunían a compartir alimentos, festividades, duelos y en fin, lo que dicen los psicólogos de la afectividad, la verdadera vida en comunidad, mientras que en las grandes ciudades cada día construimos muros que nos separan con unidades de viviendas cerradas con alambres de púas, vigilantes y perros.

Pero es claro que si en otras latitudes se apuesta al crecimiento económico sin importar las consecuencias que ello traiga sobre la naturaleza, en el caso de Colombia tenemos que agregarle el hecho de que hay dos locomotoras que están arrasando con enormes recursos forestales e hídricos como son la de la minería y el lucrativo negocio de estupefacientes. Así se diga que las hectáreas destinadas al cultivo de coca se ha logrado disminuir lo cierto es que son cifras descomunales que hieren de muerte los bosques tropicales.

Y mientras los delegados de Colombia en Río llevan un mensaje de compromiso por el respeto al medio ambiente, por otro lado no cesan de expedir licencias de exploración en el campo de la minería, que se traducen muy rápidamente en licencias de explotación, con las terribles consecuencias que se han venido denunciando en el caso de Marmato, Cajamarca, Murindó y otros cientos de lugares en donde existe el codiciado metal, que ha sido la ruina de miles de hectáreas de bosques para beneficio de unos pocos.

Coletilla: Tejedora de sueños: me decía una indígena de Riosucio que la parte del cuerpo que más amaba era el cerebro. Y yo, como muchos creíamos que se trataba de amor a la racionalidad, pero no, su razón fue “porque es el que me permite soñar”.