Uno puede estar dispuesto a apoyar el proceso de paz cuando vayan a refrendarlo, pero algo de asquito debe darle ver a los confesos violadores de derechos humanos tomando whisky Sello rojo en La Habana, muy campantes, fumando un habano sobre un yate, buenas copas de vino. Eso, lo menos.

GIUSSEPE RAMÍREZ MINIYo sé, yo entiendo, es el precio de la paz. Qué se le va a hacer.

Los demócratas de izquierda van con sus esposas a visitarlos, a tenderles la mano como si fueran los prohombres de esta tierra. Dicen las malas lenguas que sellando alianzas para la próxima elección presidencial—cómo a alguien, que aspira a presidente, se le puede ocurrir echarse semejante muerto encima con lo disminuido que viene de la alcaldía.

Los videos de las negociaciones del Caguán repugnan, perdón, dan asquito: ese abrazo apretado entre el presidente y Marulanda. Que sí, que es una negociación, no una rendición, y al fin y al cabo era solo para la foto y Marulanda ya se murió.

Les preguntan a los plenipotenciarios de los delincuentes si van a pedir perdón, y uno de ellos, siempre con lentes oscuros, se acuerda de Los Panchos, y canta, socarrón, quizás, quizás, quizás. Qué cinismo, qué desfachatez. Pero ya sé, la guerra es más costosa en cuanto a vidas se refiere, y hay que tragarse unos sapos. Todo sea por la ansiada paz, que tampoco va a llegar porque el mercado de la droga seguirá siendo ilegal y varios estarán dispuestos a matarse por ese negocio que da tantos rendimientos, el capitalismo puro y duro. Porque podrán acabar hasta con el nido de la perra, negociar con cuanto genocida aparezca, pero los violentólogos siempre tendrán un nombre para los nuevos dueños del aviso. Porque siempre habrá nuevo dueño. Sencillo.

Y daría mucho asquito que lleguen al congreso sin lucharla, con curules regaladas, sin que la gente pueda cobrarles en las urnas todo lo que hicieron. Porque quién, con dos dedos de frente, después de todos los crímenes que cometieron, va a elegir a estos asquerositos en las primeras de cambio. Que sufran, que sientan nuestro rechazo mientras nos tragamos ese sapo.

No ve uno atisbo de solemnidad en sus sonrisas. No sienten pena. Parecen esperar un acto de agradecimiento del país para con ellos por su denodada lucha revolucionaria, porque aguantaron más de cincuenta años en el monte, porque traficaron con drogas pero ya no tienen plata, porque los sociólogos dicen que las causas del conflicto son políticas.

Y ahora la nominación al Nobel de paz de uno de sus cabecillas. Parece un mal chiste, la obra maestra de esta tragicomedia que es Colombia. Pero que se lo gane, da igual, porque no hay Nobel más desprestigiado ni más político que ese. Pareciera que el eslogan que queda de todo esto fuera: ¡Qué bueno ser delincuente! ¡Qué bueno exigir matando! Pero vamos por la Paz, así, con mayúsculas, para ahora sí ponerle atención a la corrupción, a la colusión, a la feria de contratos.