Jhonattan Arredondo (nueva)Recuerdo que sus clases eran las que más se robaban mi atención; casi la única, a decir verdad, porque con los números nunca tuve simpatía, es más, aun tengo secuelas de mi fría y amarga relación con las matemáticas. Eran un tormento, pero gracias a las leyes divinas y a las clases de mi maestro, encontré mi norte a buena hora.

 

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

La literatura es un lugar donde los sueños toman alas para viajar por los mundos de la imaginación-. Decía poéticamente mi antiguo profesor de literatura en aquellas clases donde me quedaba absorto escuchándolo hablar de las tragedias griegas, del arte barroco, de Cortázar, de Borges, de Márquez -su favorito-, de Rulfo y entre un millar de literatos, dramaturgos y poetas que habían entregado sus vidas a ese bello y azaroso arte de imaginar.

De sus clases debo esa extraña atracción hacia las palabras, esa devoción por los libros que desde entonces me ha acompañado con la lealtad de un canino. Y es que la persona que desee tomar la decisión de sumergirse en los universos de la lectura, dentro de poco tiempo será un adicto, un aventurero, ¡un trotamundos!; porque en toda buena lectura siempre se encontrará algo nuevo; siempre se hallarán miles y miles de parajes en donde lanzar el ancla, y en donde apasionarse como un loco enfermizo.

Recuerdo que sus clases eran las que más se robaban mi atención; casi la única, a decir verdad, porque con los números nunca tuve simpatía, es más, aun tengo secuelas de mi fría y amarga relación con las matemáticas. Eran un tormento, pero gracias a las leyes divinas y a las clases de mi maestro, encontré mi norte a buena hora. No mi paraíso, porque, en realidad, es un verdadero infierno caminar por este cuento.

Este hombre del que les hablo es profesor de la I. E. Carlos Castro Saavedra, un colegio ubicado en una de las zonas más vulnerables de la ciudad de Pereira, pero un colegio donde Mauricio Trujillo -el culpable de mis largas noches de insomnio en las que me la he pasado intentando seducir a las palabras- ha dejado una huella imborrable en los corazones de muchos estudiantes que han pasado por su aula de clase.

Algunos han optado por seguir sus pasos en el campo de la literatura y otros no; sin embargo, sí han tomado su humildad, sus ganas de salir adelante y de hacer las cosas bien. Algo que nosotros los jóvenes de esta población tan escasa de oportunidades hemos sabido agradecer y vivificarlo con la mismas ganas de interponernos a las adversidades. Ahora, después de un buen tiempo, podemos decir que si todos los profesores de este país fueran como él, seguro las cosas serían diferentes tanto en la realidad como en las urdimbres de los sueños.

Mauricio es egresado de la Universidad Tecnológica de Pereira de la Licenciatura en educación, español y comunicación audiovisual; y ahora realiza una maestría en educación en la Universidad Católica, maestría en la que fue becado por su desempeño y compromiso como docente. Y claro está, por su gran humanismo.

Él es un claro ejemplo de la lucha por la liquidez de la educación, un Quijote moderno que se preocupa por el porvenir de los jóvenes, quienes cada vez más se ven destinados a las marañas de estos tiempos tan convulsos e indiferentes.