La bici, cicla, burra, el caballito de acero, la cleta, la bichicuela, es un artefacto que desde su uso y nuestra relación con ella nos lleva a nuevos niveles de estados conscientes, nos plantea nuevos retos a nivel físico, nos coloca como relacionistas y recicladores de energía, nos mantiene saludables, vitales y alegres, nos exige, nos potencia, nos hace felices
Por: Gerital Martínez
La bicicleta se convierte, cada día, en parte fundamental de la vida de los ciudadanos: estamos hablando del siglo XXI en gran parte de las ciudades del planeta. Es asombroso ver cómo estudiantes, obreros, ejecutivos, etc., se apropian masivamente de este medio, que de cara al cambio climático se compromete desde una conciencia ecológica y ambiental que merme la contaminación y el caos que se viven hoy en las ciudades.
El uso de la bicicleta, no parece sin embargo, ser ningún sacrificio para sus usuarios; al contrario, disfruto ver la alegría de quienes la usan, la solidaridad que despierta per se, la maravillosa sensación de libertad y la conciencia que conlleva el “simple” hecho de rodar por las calles de tu ciudad en bicicleta.
El otro día iba caminando al centro de la ciudad, un poco desprevenida frente a la cotidianidad de este trayecto. De repente, y como la imagen que pudo salvar mi día, pasa a toda velocidad un hombre montado en su bici, sonriendo, a carcajadas, con los brazos abiertos, y el viento golpeándole su rostro; un hombre de unos sesenta años, que típicamente podría llamársele viejo y que, al contrario, en ese momento irradiaba toda la inocencia y la alegría de un niño que juega.
Como este, podría nombrar varios encuentros que muestran no solo las ventajas y la urgencia ambiental de la bicicleta sino también el goce y la conciencia de una humanidad que pide a gritos nuevos paradigmas relacionales, nuevas formas de existencia, nuevas formas de habitar el mundo y ser en él, tanto en su naturaleza externa como interna.
En esta práctica, que se plantea como cotidiana, entras en zonas de experimentación de tu propio cuerpo y del ambiente que te rodea de una manera completamente diferente. Aquí el combustible eres tú mismo y tu propia energía, utilizas la energía de la Tierra presente en el aire, aprovechas la energía del sol o la noche que te llega a través del espacio, aprovechas tu ser de energía renovable, experimentas tu energía vital siendo consciente de ella, observas el paisaje a otra velocidad, eres parte de nuevos paradigmas de movilidad urbana.
El mecanismo es muy simple, una sinergia entre artefacto y usuario, que saca el máximo provecho de ambos: sostenible, ambiental y consciente.
Bien todo esto parece sencillo y utópico. Sin embargo, requiere a su vez de políticas públicas que logren consolidar el uso de la bicicleta como nuevo paradigma de movilidad urbana. En Colombia, por ejemplo, a pesar de “que en virtud del decreto 1404 de 1998, por el cual se reglamenta el manejo del espacio público en los planes de ordenamiento territorial, las ciclorutas hacen parte de los elementos constitutivos artificiales o construidos dentro de los perfiles viales” y de que la ciudadanía marque un interés sobresaliente en el uso de la bicicleta, pocos son los planes y políticas que tienen en cuenta esta premura y llevan a su justa ejecución este nuevo modelo.
Bogotá, por ejemplo, se ha logrado destacar a nivel latinoamericano porque alienta a sus ciudadanos al uso de la bicicleta, brindándoles 376 kilómetros en ciclorutas, una cifra que se plantea en aumento, ciclovías, ciclopaseos, programas como “al colegio en bici” o “en bici a la U”, días sin carro, préstamo de bicicletas públicas, semanas de la bicicleta, etc. Un fenómeno vial que no es sencillamente el uso masivo de este artefacto, sino que implica, sobre todo, un análisis del ordenamiento territorial teniendo en cuenta los ecosistemas, el cambio climático, lo público, la movilidad, etc. Planes de ordenamiento territorial en los que prime el interés general sobre el particular y que estén al nivel de las nuevas dinámicas sustentables, sostenibles y ambientales en los que la humanidad se encuentra en reto.
En Europa, a su vez, la cuna de la revolución industrial y por ende de la contaminación y destrucción de la Naturaleza, en los últimos años tanto la compra como el uso del carro han disminuido considerablemente en relación con la bicicleta, planteando de esta manera la necesidad de nuevos modelos de movilidad, relación con el ambiente y salud pública.
Sin embargo, en Pereira la cuestión es diferente. Los debates frente a esta materia son pocos, la sensibilidad de la ciudadanía aún más: por poco podemos decir que el silencio administrativo impera sobre estas cuestiones. Contamos apenas con un par de ciclorrutas en abandono y que, sin un análisis claro de la realidad, te dejan a mitad de camino, obstruyendo una armónica movilidad. Desde las políticas públicas se da prioridad a vehículos particulares y sistemas de movilidad privados, pisoteando los intereses y manifestaciones de la ciudadanía en general y de aquellos colectivos o individuos que se han pensado esto de habitar ciudad y construir ciudadanía. El peatón y el ciclista pasan desapercibidos y son blanco fácil de una esfera de los pereiranos insensibilizada y poco consciente. El andar como práctica se vuelve caótico, en el cual pasear las calles de La Perla se parece más a intentar huir de un laberinto que a una tranquila y disfrutable experiencia. Andar o rodar en bici en Pereira es más una carrera de obstáculos que una experiencia armónica y vital.
Aun así, son muchos los espacios, encuentros y dinámicas que ha generado una ciudadanía comprometida y apasionada. Los amantes de la bicicleta han logrado recuperar espacios importantes de movilidad. Son bien conocidas las rutas rurales que hacen grupos de ciclistas, el hormiguero que los días festivos recorre el río Otún, los ciclopaseos diurnos y nocturnos, colectivos como Pedaleando X la ciudad, los ciclistas que solos recorren las carreteras, las personas que han decido adoptar la bicicleta como medio de transporte en su vida diaria son cada vez más. Todo ello como parte de estas nuevas dinámicas de ciudad, movilidad y conciencia que la humanidad hoy asume.
La bici, cicla, burra, el caballito de acero, la cleta, la bichicuela es un artefacto que desde su uso y nuestra relación con ella nos lleva a nuevos niveles de estados conscientes, nos plantea nuevos retos a nivel físico, nos coloca como relacionistas y recicladores de energía, nos mantiene saludables, vitales y alegres, nos exige, nos potencia, nos hace felices. Como dice Mujica: “cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama felicidad humana”.


