Brujas desplazadas

La representación de la realidad en la que se ha tornado este festín del miedo prefabricado a través de  telarañas, calaveras y brujas de plástico, promueve una lúdica que refleja la angustia cultural en la que vive una sociedad suplantada por el exhibicionismo, el mimetismo y la mediocridad.

 Por: Carlos Victoria

El denominado mes de los niños que  culmina este 31 de octubre con millones de ellos y ellas desfilando por las calles de las ciudades, exhibiendo todo tipo de disfraces, al que se suman, cada vez más, adultos envueltos hasta en pañales y cubriéndose el rostro con mascaras palaciegas, es una auténtica apología al terror, al horror y finalmente a la construcción  de una  ciudadanía del miedo, como bien lo argumentó Susana Rotker en el 2000.

El guion perfecto para fabricar esta comedia no solo se remonta a la tradición anglosajona de rendir culto a los símbolos de la estética del miedo encarnado en calabazas y brujas, sino a la necesidad de promover un imaginario cada vez más ligado a una tradición trasnacional que invade mostradores de almacenes, oficinas públicas y  por supuesto las preferencias de los consumidores. La jornada del Halloween también esquilma el bolsillo de los padres de familia.

La representación de la realidad en la que se ha tornado este festín del miedo prefabricado a través de  telarañas, calaveras y brujas de plástico, promueve una lúdica que refleja, como dice J. Martin-Barbero (2000) la angustia cultural en la que vive una sociedad suplantada por el exhibicionismo, el mimetismo y la mediocridad. Si bien todos llevamos una careta en medio de la hipocresía social –advierte Elster- el 31 de octubre niños y adultos viven la obsesión de representar un mundo de tapujos, angustias e insolvencias que la cotidianidad no resuelve. Hay que salir a la calle y centros comerciales disfrazados de alguna cosa.

Por supuesto que este ritual es incomparable con el rizoma cultural en el que están enraizados los carnavales mestizos, como el que ya se prepara para enero de 2013 en Riosucio, Caldas, donde el diablo es la metáfora de la libertad, y no el espejismo de la transculturización del Halloween. Este diablo no construye imaginarios de temor ni convida a pactos con la muerte. Por el contrario se regocija con la alegría, la convivencia y la sedición de la fraternidad entre parroquianos, turistas y colonias.

Bien lo dice el profesor Rodrigo Arguello en su Ciudad Gótica, “esta se ha vuelto un escenario sado-masoquista por excelencia” y por tanto en “es el escenario más adecuado para el nuevo terror, para los nuevos miedos, para el enigma y el misterio”. En fin, aquí como allá conviven lo simbólico y lo diabólico. Brujas, vampiros y un buen repertorio de fantasmas se darán cita en unas calles donde la fascinación por el horror también es una herencia de ese cristianismo que cultivó el miedo para controlar las almas.

Por supuesto que me quedo con la leyenda de las brujas de Santa Ana junto a Cartago, o las de Zaragoza en sus postrimerías. Y mejor aún las de San Antonio, un caserío de techos pajizos al borde de la carretera Panorama cerca a Toro, Valle del Cauca, o las de Marmato que, como estudia el antropólogo Carlos Julio Colonia González, simbolizan la resistencia cultural de los pequeños mineros contra la usurpación neocolonial. Estas brujas de carne y hueso han sido desplazadas por las que por estos días se toman los grandes centros comerciales. Las de mi época eran gratis: estaban en la memoria y los labios de mi abuelo Evangelista en sus relatos fantásticos de media noche.

En este 2012 se están cumpliendo 100 años de la muerte Bram Stoker, el autor de Drácula, como lo recordara hace poco el profesor Carlos Rincón,  y cuyo legado no es otro que de la transgresión. El vampiro no ha muerto, y por el contrario la industria del cine y la televisión lo han recreado por montones. Tampoco sus versiones parroquiales como la del «Drácula» del norte del Valle, que deambula entre el mito y la leyenda. Gerardo Martínez, a quien lo rebautizaran con ese alias, le fascinaba la sangre. Sus colmillos de capo dejaron huellas profundas en la piel de una sociedad que sigue postrada por el miedo. Por esto y muchas más cosas estamos llevados del Diablo…