“A la vuelta de unos años a los niños recién nacidos les insertarán un chip con toda su historia personal. Algo así como el libreto que habrán de representar hasta la hora de su muerte”
Por: Gustavo Colorado Grisales
Exaltado como es, el hombre llegó al café blandiendo una de esas revistas de divulgación científica que los lectores sin tiempo devoran a modo de postre después del almuerzo. “A la vuelta de unos años a los niños recién nacidos les insertarán un chip con toda su historia personal. Algo así como el libreto que habrán de representar hasta la hora de su muerte”, sentenció señalando con su índice admonitorio la pantalla del televisor donde las selecciones de fútbol de Ucrania y Rusia se enredaban en un duelo tan anodino y mecánico como la vieja burocracia soviética.
Vamos con calma, compadre, le respondí, sin entender todavía las razones de su asombro. Después de todo, estamos hablando de una práctica tan vieja como los humanos. Sucede que antes recibía otros nombres. Como cultura, educación, tradiciones y todos sus derivados. Solo que en el mundo de la tecnología al implante lo definen con el monosílabo anglosajón utilizado también para nombrar cierto tipo de galleta: Chip.
Me miró irritado. Como sucede cada vez que su interlocutor no obra en correspondencia con su excitación. Como si en lugar de prepararse para una saludable discusión, estuviera ante la inminencia de un ayuntamiento carnal -así definen algunos credos religiosos al acto de follar- y la otra parte no se comportara a la altura de las circunstancias.
No sé si ustedes estarán de acuerdo, pero la vida del Homo ¿sapiens? poco o nada tiene de original. Una vez desembarcado a este lado del útero, el proyecto de ciudadano es objeto de un recibimiento que lo inscribe de entrada en una serie de códigos: religiosos, políticos y sociales. El primero es la escogencia de un nombre, lo que no es poca cosa. Durante mucho tiempo no era bien visto entre las clases altas llamarse Roberto, Jerónimo, Guadalupe o Salomé: O sonaba demasiado raizal o estaba impregnado de un tufillo bíblico bastante incómodo para una sociedad cada día más laica. Pero cuando, aturdidos por la televisión y las estaciones de radio, a los pobres les dio por bautizar a sus retoños con nombres como Leidy Di, Maicol Estiven o Freddy Indurley, los ricos y sus imitadores de la clase media se rebelaron y volvieron a lo elemental : Ana María, Juan José, Arturo, Miguel o Josefina. Lo dicho: El mundo no hace nada distinto a dar vueltas.
Después del nombre viene lo que todos sabemos y padecemos. La escogencia de una escuela, o lo que algunos educadores llaman “Espacio de socialización”, está mediada por la intención de ubicar al vástago en un territorio acorde con las expectativas de los adultos, que su vez recibieron el mensaje de sus mayores, que la heredaron de otros todavía más viejos y así hasta los tiempos de Matusalén, si hemos de conformarnos con la capacidad de síntesis de los simbolismos bíblicos. Por lo visto, solo ha cambiado el ropaje exterior. Antes recibíamos el mensaje en papiro egipcio: ahora nos lo entregan en memoria USB.
De esa manera un entramado invisible decide por nosotros el tipo de pareja que ha de gustarnos, la profesión más indicada para desarrollar nuestras competencias, la clase de vecindario apropiada para establecer relaciones y hasta la forma de morirnos: ni siquiera en los sectores populares es bien visto enterrar a la parentela en los anacrónicos cementerios de nichos. Para facilitar las cosas, los burgueses inventaron los clubes sociales y los proletarios les respondieron con sus guetos. Así no se corre el riesgo de verse involucrado en culebrones y tragedias propios de telenovela mejicana o venezolana , que son por definición los únicos lugares de la tierra donde las niñas ricas se enamoran de los muchachos pobres y además se mueren por ellos: esas cosas no están en el chip de la vida real.
Para entonces, el hombre había optado por refugiarse en los chispazos cada vez más espaciados de Andriy Shevchenko, el legendario goleador ucraniano del Milan de otras épocas. Alternativa en todo caso más saludable a la de admitir de una buena vez que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera los chips de la personalidad.

