Que los medios, los caricaturistas y los ciudadanos  dejen de hacer las veces de caja de resonancia de sus declaraciones, insultos y amenazas.

Gustavo ColoradoPor: Gustavo Colorado

“Bueno es culantro…pero no tanto”, dicen en algunas regiones colombianas para referirse a una situación que  en principio les resultó novedosa y atractiva, pero muy pronto se tornó pesada hasta la náusea.

Eso es lo que ha empezado a sentir un creciente sector de la sociedad frente a las andanadas y vituperios del expresidente Álvaro Uribe cada vez que algo no le gusta o no corresponde a la  medida de sus intereses. Incluso muchos de quienes  en principio respaldaron a rajatabla sus prejuicios convertidos en doctrina política rondan ahora los límites del hastío.

Bien sabemos que la obsesión del poder constituye una de las formas extremas de locura. Tanto, que quienes la padecen se pasan la tercera parte de la vida tratando de alcanzarlo. Una vez obtenido dedican otro tanto a conservarlo. Y cuando lo pierden consagran lo que les resta de aliento a recuperarlo a cualquier  precio. Abran  un libro de Historia y encontrarán miles de pruebas.

Pero lo de este hombre ha superado todos los límites. Buen comunicador y encantador de multitudes, como corresponde a la tradición culebrera paisa, ha sabido aprovechar como nadie el poder multiplicador de las redes sociales para mantenerse en boca de la gente, y sobre todo en los primeros planos de los medios de comunicación.

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Como estos últimos viven en esencia del escándalo, todo lo que el hoy senador publica en Twitter es  replicado y acentuado hasta la exasperación. Los 140 caracteres parecen un formato hecho a la medida de su  megalomanía: no hay que pensar mucho y, en su defecto, las  emociones atávicas se  encienden con facilidad,  desatando una reacción en cadena imposible de controlar. Palabras como patria, bandidos y traidores tienen la capacidad  casi mágica de despertar lo más primario del ser nacional.

El 15 de junio, día de la segunda vuelta electoral en Colombia, fui testigo de un hecho singular.  Eran las seis de la tarde. Para un reportero de televisión la noticia a esa hora  no era el triunfo del presidente Santos y el consiguiente respaldo a sus propuestas de paz sino el silencio de  Uribe. El hombre examinaba la pantalla de su teléfono digital y miraba a su alrededor con el aire ansioso y desamparado de un adicto acosado por el síndrome de abstinencia. Incapaz de controlar su incertidumbre, se preguntaba  a qué horas se pronunciaría el artífice electoral del partido Centro Democrático. El asunto resultaba claro: por alguna razón, el periodista necesitaba y esperaba el trino del expresidente.

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Por esos motivos, como  me cuento entre  quienes piensan desde hace muchos años que   la veneración  despertada por  Uribe en  un sector de la sociedad obedece a su capacidad para    encarnar las facetas más irreflexivas del ser nacional, me atrevo a formular  una propuesta, que empezaré a poner en práctica en mi blog: que los medios, los caricaturistas y los ciudadanos  dejen de hacer las veces de caja de resonancia de sus declaraciones, insultos y amenazas. Tal vez así consigamos que algún día, abrumado por tan ensordecedor silencio, decida  retirarse a apacentar vacas en su hacienda El Ubérrimo y podamos  iniciar un nuevo capítulo de la vida  nacional, esta vez sin su sombra.