Canonización de un ornitorrinco

cristian cardenasAsí las cosas, el amancebamiento de vieja data entre el periodismo y la literatura, fue legalizado de un plumazo por Sara Danius, primera mujer en ocupar la secretaría permanente de la academia. No podía ser de otra manera, la crónica –para seguir con las metáforas acuáticas- está fuera de madre…

 

Por: Cristian Cárdenas Berrío

Desde los cisnes negros de Horacio, pasando por los bestiarios medievales y los centauros de Alfonso Reyes, la fauna literaria se encuentra hoy más saludable que nunca. La academia sueca –que como la sabiduría popular, muchas veces acierta porque nunca apunta- acaba de otorgarle el premio nobel de las letras a una cronista y reportera, Svetlana Alexievich.

Es que ese grupo de 18 venerables profesores, para furia de muchos, canoniza cada año a un escritor o escritora. Con su inapelable dictamen introduce a alguien en ese parnaso hecho de tinta y papel que llamamos canon literario y en esta ocasión parece, que además de una autora, le han dado su bendición a un género, el de la crónica. En una tradición ya larga en la literatura que consiste en sentir por los símbolos algo cercano a la veneración, Juan Villoro ha bautizado a la crónica como “el ornitorrinco de la prosa”. No le falta razón al mexicano. Dentro este género en el que la bielorrusa se mueve como ornitorrinco en riachuelo, cabe desde la poesía, la narración, el reportaje, hasta el ensayo.

Así las cosas, el amancebamiento de vieja data entre el periodismo y la literatura, fue legalizado de un plumazo por Sara Danius, primera mujer en ocupar la secretaría permanente de la academia. No podía ser de otra manera, la crónica –para seguir con las metáforas acuáticas- está fuera de madre, al menos al decir de Caparrós. Cada año se dictan cientos de talleres sobre el género, se realizan numerosos encuentros alrededor del tema, los cronistas reconocidos son invitados permanentes de las numerosas ferias del libro que bajo el cielo existen, se dictan cursos universitarios sobre esta clase de textos y los académicos se devanan los sesos debatiendo sobre si el género es o no literatura.

Tal y como sucedió en 1798, cuando fue descubierto, el ornitorrinco hoy está de moda, sobre todo por su canonización. Pero para desgracia de muchos lectores que tienen como mantra y jaculatoria leerse cada año al ganador del Nobel, de la bielorrusa sólo tenemos dos textos traducidos, ambos sobre el desastre de Chernóbil. Y es una desgracia porque ante la ausencia de la Nobel en nuestras librerías, ya se oye al fondo el ajetreo de los editores –esos fenicios que suelen posar de atenienses- llamando a sus traductores para que trabajen a destajo, mejorando la diagramación y la calidad del papel de los libros de Alexievich, preparando ediciones de lujo, prologadas y anotadas. Todo con el fin de que los libros que antes adquiríamos a precio módico, de hoy en adelante nos cuesten un ojo de la cara. Nada que hacer, los editores son los obispos encargados de popularizar la veneración del nuevo santo.

Lo cierto es que no pocos llevaban largo tiempo esperando este reconocimiento, no solo a unos de los suyos, ya que Svetlana Alexievich nunca ha escrito una novela -algunos dirán que no ha escrito ficción- sino también al género por donde transitan, con más fervor que ángel en algunos casos, muchos escritores de nuestra geografía. Hoy es uno de esos días en que una institución para muchos estéril y anquilosada, logra sacudirse, propinándoles en el proceso un enorme mentís a los puristas de lo literario, más que de la literatura. Mentís ante el cual -desde su lugar en el parnaso de papiro de las bellas letras- sonríen satisfechos Monsivais y Walsh; Canetti y Miró; Tejada y Cepeda Samudio.