A lo mejor algunos de ustedes dirán que soy yo otra vez, Miguel Hernández, el Miguel ese, como alguna vez escuché decir con un deje de desprecio, el muchacho que siempre escribe cosas que los hacen poner a todos incómodos y preguntarse cosas que nadie quiere preguntarse.

Liceo Frances

Por: Miguel Hernández Franco*

Padres de Familia
Directivas
Profesores
Estudiantes

Me enteré hace unos días de lo que ha venido sucediendo en el colegio con respecto a los tres niños que fueron expulsados definitivamente por haber sido sorprendidos fumando marihuana en las instalaciones. Quiero escribirles porque me siento un poco avergonzado, un poco triste y muy decepcionado ante esta decisión tan ejemplarizante y que, personalmente, considero tan dura que raya en lo injusto. Durante estos últimos días, amigos y familiares me han hablado y contado esta historia sin dar mucho crédito a lo sucedido; tanto por el error cometido por los estudiantes como por la decisión tomada por el Consejo de Disciplina. Quiero que sepan que no estoy de acuerdo, que pienso que es un error terrible el que cometen y que lo único que van a lograr es condenar a unos niños, a unos adolescentes sin experiencia y sin mucha vida vivida, a la exclusión y al ostracismo, dejando de lado sus necesidades vitales, manifestadas inadecuadamente en un acto sin duda reprochable, pero que, desde mi experiencia personal, puedo asegurarles que no es otra cosa que un grito de auxilio, una súplica por ser escuchados y atendidos por su familia, por su hogar, por las personas que están ahí para formarlos y darles las herramientas para que puedan vivir y ser felices, como se supondría que debería ser la educación.

No es la primera vez que escribo, tampoco creo que será la última. Esta vez escribo como egresado, como un estudiante del Liceo Francés de Pereira que todos los días cuenta historias de su colegio, con el pecho hinchado de orgullo y con la certeza de que no pudo haber estado en un lugar mejor. A lo mejor algunos de ustedes dirán que soy yo otra vez, Miguel Hernández, el Miguel ese, como alguna vez escuché decir con un deje de desprecio, el muchacho que siempre escribe cosas que los hacen poner a todos incómodos y preguntarse cosas que nadie quiere preguntarse. Y sí, tienen razón, eso hago, lo he hecho y lo haré, porque creo que es importante saber mirarnos y cuestionarnos, aprender de nuestros errores y corregirlos cuando sea tiempo. A un amigo que con sus setenta años se ha hecho ya muy sabio, le escuché decir un día que las personas inteligentes se equivocan menos, pero que cuando lo hacen, sus errores suelen ser más graves. Creo que eso es lo que ha sucedido; somos un colegio distinto, un colegio que marca la pauta, un colegio de la Ilustración y creo que tenemos más avances en educación que muchos otros de nuestros pares, y sin embargo, hoy, ante estos hechos, creo que como institución (y me incluyo) hemos cometido un error: condenar a unos niños a la exclusión de una comunidad, como los peores criminales, por algo tan, todos ustedes saben, verdaderamente tonto, como fumar marihuana.

Como ya dije, no estoy disculpando a los niños, simplemente digo que hay cosas más graves y más terribles que fumar marihuana. Creo que como comunidad, ante hechos de este tipo, nuestro deber no es excluir, sino, todo lo contrario, acompañar, estar ahí, atender ese llamado de auxilio que son las drogas, cualesquiera que sean (marihuana, alcohol, cocaína, cigarrillo). No voy a entrar a discutir algo tan polémico como el uso y el abuso de las drogas, no es el momento ni el lugar. Sin embargo, sí quisiera que todos, como comunidad, como estudiantes, como profesores, como educadores, como directivas, como padres de familia, nos detengamos y pensemos en qué bien podemos estar haciéndole a unos niños al excluirlos a ellos y a su familia de la posibilidad de un futuro, enviándolos fuera de nuestra zona de comodidad, donde podrán hacer de las suyas sin interferir con nosotros, la gente de bien, la élite. Yo no creo que esa sea la solución, yo no creo que un colegio que se la juega por un país diferente, por una juventud crítica deba excluir, pues la exclusión, queridos todos, no es otra cosa que violencia, la misma violencia que utilizan los paramilitares, los guerrilleros y el Estado y que tanto dolor nos ha causado.

Estamos quitándole a unos adolescentes la posibilidad maravillosa del error, de la equivocación, de lo que hace al Hombre, Hombre. Porque todos nos equivocamos: yo cometo errores todos los días de mi vida; he cometido graves errores que han dejado cicatrices en mi cuerpo y en mi alma, y sin embargo, he tenido derecho a segundas oportunidades, y a terceras, y a cuartas, y a quintas: porque soy humano, porque me equivoco, porque yo mismo he pedido auxilio desesperado, desde el alcohol, desde la droga y mi llamada fue atendida y hoy, puedo decir sin asomo de duda que soy cada día una mejor persona, que cree en la educación, porque, como dijo alguna vez Jaime Garzón: “Yo creo en la vida, creo en los demás, creo que este cuento hay que lucharlo por la gente, creo en un país en paz, creo en la democracia.” Yo creo en todo eso porque me lo enseñaron en el colegio, un colegio que atendió, sin saberlo, mis necesidades vitales, ocultas en comportamientos rebeldes, y me ayudó a salir de caminos oscuros y destructivos. Echar a unos niños de un colegio es llenarlos de resentimiento, es aplicarles violencia, es condenarlos a perpetuar los ciclos de violencia que asolan nuestro país. Y ése no es mi colegio. El Liceo Francés de Pereira, del que me gradué, es una institución que acoge, que acompaña, que forma y que sabe que tiene a su cargo una juventud que necesita de más colegios como el nuestro, para que haya mejores seres humanos cerca. Mi colegio, más que ningún otro, debería saber que caerse es parte de la vida, pero levantarse no es otra cosa que el acto mismo de vivir. Y nosotros estamos negándoles esa oportunidad a tres niños inmaduros que como yo, como mis amigos, como mis padres, como mis profesores, cometieron un error, uno más entre muchos.

Yo no quiero que ése sea mi Liceo Francés. Yo no quiero que mi colegio sea capaz de abandonar a unos niños en el momento en el que más lo necesitan, sólo porque cometieron un error de adolescentes inmaduros. Yo no quiero ser parte de una comunidad educativa que condena a sus estudiantes al ostracismo, como si fueran los peores ciudadanos y no les dan oportunidades para que puedan aprender de sus errores y volverse a levantar, rodeados por la familia a la que todos pertenecemos. Miembros del Consejo de Disciplina, no apoyo, en ningún momento, su decisión de expulsar a los niños del colegio. Creo que el deber de un colegio es acoger a sus alumnos y estar ahí para ellos, incluso en esos momentos en los que los alumnos odian a su Liceo. Excluirlos, echarlos y sacarlos de una comunidad es perpetuar un ciclo de violencia, es no apostar por una juventud renovada, es no creer que podemos cambiar y mejorar. Y, sobre todo, lo más grave, lo más terrible, es que echarlos es una decisión incoherente con lo que representa el Liceo Francés de Pereira, es atender lo urgente, pero no lo importante, que son los niños, que importan por sobre todas las cosas, hoy y siempre. Sacar a esos tres niños de nuestra comunidad es optar por la salida fácil, por la que no construye sino que destruye, por la que no nos ayuda a crecer sino que nos reduce. La decisión tomada hace poco por el Consejo de Disciplina es un llamado a la desesperanza y al desconsuelo. La expulsión de los tres adolescentes que fumaron marihuana en uno de los senderos del colegio es la infamia que Voltaire dijo que debíamos aplastar.

Eduardo Galeano tiene un poema muy bello que se llama el Derecho al Delirio. Sus primeros versos dicen así: “¿Y qué tal si deliramos por un ratito? / ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia / para adivinar otro mundo posible?”. Yo deseo, con toda mi alma, que el Liceo Francés de Pereira sea ese lugar donde podemos delirar por un ratito, pensarnos un lugar mejor, otro mundo posible, pensar que la infamia es algo que nosotros podemos combatir juntos, desde donde sea que estemos, porque juntos construimos paz, construimos comunidad, construimos bienestar. ¿Seré demasiado idealista yo que siempre se me ha acusado de pragmático?

Con la esperanza de que estas palabras puedan hacerles revaluar las decisiones tomadas.

Pontificia Universidad Javeriana. Ciencia Política y Literatura. Egresado del Liceo Francés.