Mucho tiempo ha pasado desde esas lecturas secretas bajo las cobijas, a la luz de una linterna, como bien las describe Daniel Pennac, o aquellas otras lecturas febriles que apenas nos permitían recordar comer algo ligero o cumplir con otras necesidades fisiológicas.

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Por: Antonio Molina

La lectura es un vicio solitario, eso se ha dicho mucho. Incluso, Valéry Larbaud le añadió que era el “vicio impune”. Esto, que no siempre fue así, hace de ella un ritual que deriva maneras diversas de asumirla. El encuentro entre quien lee y el libro leído es un acto cargado de complicidad.

¿Pero quién puede encontrar cómplices en una época dada al trasfuguismo, la trampa, la deslealtad y el pillaje? Cierto que la complicidad basada en la camaradería y mutua lealtad es rara avis en este mundo interconectado, pero salen a flote de vez en cuando otros cómplices que aseguran su silencio sin necesidad de juramentos. ¿O quién ha visto a un libro haciendo el papel de delator?

“Leemos porque nos es imposible conocer a toda la gente a la que desearíamos poder escuchar”, escribe Joaquín Leguina. Aunque pareciera que al ritmo de las publicaciones actuales, leemos para que el olvido no avasalle la posibilidad de leer, o, peor aún, leemos como una lucha contra ese mismo olvido. Asimismo, releemos para confirmar sospechas inquietantes, como aquella de que solo el tiempo nos enseña a leer.

Mucho tiempo ha pasado desde esas lecturas secretas bajo las cobijas, a la luz de una linterna, como bien las describe Daniel Pennac, o aquellas otras lecturas febriles que apenas nos permitían recordar comer algo ligero o cumplir con otras necesidades fisiológicas. Leer hasta atragantarnos de lectura, de libros, de autores, de personajes, de historias. Leer hasta diluirnos en la literatura, en las hojas que parecen encubrir los secretos mejor atesorados, así sea de libros mil veces leídos antes.

También, cuando se lee por primera vez un libro, allí, en ese momento, nace esa historia. Antes no existía, ni siquiera en la mente de su autor. Ese universo allí contenido nace y vive por y para nosotros, así de egoísta es el lector consumado.

Cada libro desconocido, apuntado de manera furtiva en cualquier trozo de papel, se convierte en un aliento para seguir viviendo/leyendo, para explorar en las profundidades de corazones apenas conocidos, incluso, para sorprendernos con almas cuasi gemelas que parecieran estar repitiendo momentos o, incluso, toda nuestra vida misma.

Para el lector por profesión apenas queda recordar a Harry, aquel personaje de Hemingway en Las nieves del Kilimanjaro, justo cuando se da cuenta que su vida no va más y se percata que ya será imposible leer centenares de libros cuyos nombres llevaba grabados en su mente. Y eso acelera su agonía.

Leer como una vocación… trabajar por necesidad. He ahí el dilema.