Foto GeraldineLo entiendo Señor Presidente, pero discúlpeme si no se me da la gana de creer que usted vaya a solucionar las crisis agraria, educativa, política, económica, social en las que vivimos, pues es ésta la naturaleza Estatal

Por: Geraldine Martínez González

No puede culparse a un Presidente, a la figura e imagen (aunque sea pública) que este representa, de las tormentas económicas, políticas y sociales de todo un territorio. Recuerde usted aquel cuento de Borges, en donde, por más que se le intente es inútil querer abarcar un territorio tan amplio, pues, aunque sea con la disciplina científica más rigurosa entre todas, requeriría para mapearle rehacer el territorio entero y este, el mapa, terminará siendo caduco. Por ello mismo, las fuerzas que libera un Estado tampoco pueden, en realidad, ser solo su  responsabilidad.

Por eso yo lo entiendo, Señor Presidente, cuando pregona su voluntad conciliadora y habla de un país que nosotros no conocemos, porque su país y el de nosotros no es el mismo. Entienda también que la ilusión de la omnipresencia y omnipotencia del Estado, esta en cabeza suya (la omnipotencia, y la ilusión también). Pero por suerte, para nosotros, es solo eso (y en ello le doy mis más sentidas condolencias): una ilusión, aunque no fácil, sí reversible, porque, como también me lo enseñó Borges, todo es reversible.

Se imagina usted qué sería de mí, de nosotros, si en realidad el Gran Hermano siempre nos vigilara, si como en el 1984 de Orwell no existiesen puntos de fuga, quebrantables, frágiles, inconsistentes. Por ello me alegro (aunque no deje de entristecerme por usted), por nosotros, porque la fuerza de este lado ha de tomar ventaja de los juegos que ustedes han implantado, nos aprovecharemos sí, usaremos parte de sus reglas, para construir y sembrar las nuestras propias, aunque tengamos que destruir sus sueños Señor Presidente, pero esta es la lección que ustedes mejor nos han enseñado.

Por eso yo no lo culpo Señor Presidente, porque para hacer una revolución, micro o macro (que es lo mismo), hay que desbaratar las estructuras mentales propias, hay que dejar de creer en esas ilusiones ya rotas y esos sueños que nos han hecho ver como nuestros, dejar que la inspiración transformadora se anide en nuestras ideas y nuestros cuerpos, derribar los dioses, derribar los ídolos, parar de profesar pedestales desde donde zombies encerados nos dicen qué o qué no hacer, por supuesto, para mantenerse cómodamente con sus tiaras, y que nosotros cumplamos cual borregos al matadero, ocultando nuestras potencialidades y vendiendo nuestra vida.

Por eso yo no lo culpo, ni de la crisis agraria, ni de los perros rabiosos que armados han sucumbido a la ilusión del poder  y van por ahí, desesperados y olfateando cualquier chispa que huela a tierra. No lo culpo, pero tampoco le creo. No creo que sea usted uno de esos que se hacen llamar gigantes para tener estampitas en enciclopedias, y no le creo porque ya no creo en gigantes; no creo que usted, ni su cúpula y ejércitos, que obviamente no son tan suyos, puedan salvarnos del status quo que a ustedes los mantiene tan bien viviendo; no creo en su Senado, divisiones, leyes o tratados; no creo en sus votos, fraudes ni intenciones. No creo más en su poder que en el mío, en el nuestro.

Lo entiendo, Señor Presidente, pero discúlpeme si no se me da la gana de creer que usted vaya a solucionar las crisis agraria, educativa, política, económica, social en las que vivimos, pues es esta la naturaleza Estatal, que aunque usted la represente (muy bien, eso sí) está por encima suyo, pues las fuerzas que ha desatado el hombre hoy le gobiernan y no viceversa, y yo ya no quiero creer en sus poderes divinos y sus promesas paradisíacas.

Por eso no creo que su discurso tenga más peso que el cacao preparado a mano, que el desayuno que huele a leña, que el café que sabe a humo, que los ojos de la papas llenos de tierra, que subirse a un árbol y alimentarse de los frutos que gratuita y amorosamente nos da.

No crea Señor Presidente que he dejado de creer (aunque lamentablemente sí en usted). Déjeme decirle que aún creo: creo en esta común-unidad que lucha y resiste a sus juegos macabros; creo en las ideas que se cocinan con la diversidad de la tierra, en las fuerzas que hierven conjuros de paz y nuevos mundos, nuestros mundos; creo en la sangre que nutre las montañas y regresa a la tierra, no la sangre de la guerra, sino la sangre fértil que chorrea por las piernas de las mujeres; creo en las historias que se cuentan al calor de la hoguera, en las realidades que se siembran alrededor del fuego, no ese fuego de las armas, sino el fuego primigenio, el fuego que transforma y alimenta, el fuego que narra cuentos e ilumina la tierra y nuestra visión en ella; el fuego que, visto desde otra galaxia, luce como estrella.