Códigos errados

En el fondo, películas  del talante de El último Tango en París, así como La naranja mecánica o Sunset Bulevar  despiertan en muchos  el temor de que un día el arte sacará fuerzas de no se sabe donde  para derribar al menos unos cuantos de  los muchos fetiches que nos asfixian.

Por: Gustavo Colorado

La pregunta me la soltó a quemarropa un joven de veinte años, vocero a su vez de un grupo de estudiantes de artes visuales : ¿ Por qué una película como El último  tango en París suscitó tanto alboroto hace cuatro décadas, en plena revolución sexual, si la más audaz de sus escenas eróticas podría servir hoy para amenizar  la fiesta de fin de  curso de un jardín infantil?

-El problema es ese, le respondí, intentando un argumento frente a la inquietud que yo mismo me  formulé  hace mucho tiempo: Una vez más, el establecimiento se las arregló para  cambiarnos los códigos. Quiero decir: el film de  Bernardo Bertolucci no fue atacado en realidad por escenas  como aquella de Marlon Brando  consagrado a lubricar con margarina de mesa el trasero de María Scheneider. La indignación de los poderes civiles,políticos y religiosos  venía por otro lado: la película fue -y sigue siendo- uno de los más feroces alegatos contra  los valores de  la institución familiar planteados en la historia del cine. La paternidad, la monogamia, la fidelidad, los patrones económicos y la doble moral son sometidos  a un juicio cuyas  resonancias se sienten todavía hoy, cuando una cruzada neo conservadora se apodera del mundo.

-Aún así, no entiendo del todo,  replicó  una  chica pelirroja con pinta  retro punk. La mitad de los presentes somos hijos de padres separados o de madres  solteras  y aquí estamos: vivos.

-Vamos por partes, contesté : Una cosa es sobrevivir  y otra muy distinta vivir, en el más amplio sentido de la expresión. De hecho, el mundo está lleno de sobrevivientes de múltiples holocaustos, con el corazón y la cabeza desbaratados por tanto perdigonazo. Pero  ese no es el punto. Volvamos mejor a El último  tango:

La obra del director de Novecento asustó a muchas conciencias por su propósito manifiesto de socavar los cimientos de una institución postulada como la esencia misma de la sociedad. Basta con hacer un breve recuento  histórico para entender por qué el mismísimo Vaticano  se pronunció sobre el asunto. Para empezar, en el reino animal la familia es la manada, organizada para reproducirse, buscar alimento y protegerse de los depredadores. Es decir, una cuestión de pura supervivencia.

Acto seguido viene el primer componente cultural: la tribu. A los móviles mencionados esta última añade las pugnas por la conquista o la conservación del poder, ligadas a la ocupación de nuevos territorios. Y no  hablamos de poca cosa en una especie afecta a multiplicarse a un ritmo de locos.

Un poco más adelante aparece el simbolismo religioso como agente de cohesión: es la Sagrada Familia instaurada por la divinidad a modo de barrera contra la  amenaza de disolución manifiesta en los instintos y apetitos de la bestia mencionada dos párrafos atrás. La familia es aquí la antítesis de la manada.

Y lo último pero no menos importante: la familia es también, y sobre todo, una institución de carácter cultural y económico. Cultural, en su papel de transmisión de valores y anti valores. Parámetros éticos, prejuicios, clasismos  y racismos se reparten en dosis desiguales, dependiendo de los intereses y el grado de formación de quienes detentan el poder al interior del grupo. Y económico, porque hasta ahora no se ha inventado un mecanismo más confiable para conservar, transferir y multiplicar los bienes materiales ¿O no han pensado ustedes en el terror sagrado que  les inspiran a los padres millonarios las andanzas sexuales de sus hijos disolutos? Pura cuestión de herencias.

De modo que el escándalo tampoco tenía relación con lo planteado por algunas feministas  de la época, indignadas  por la desnudez completa de la protagonista femenina, mientras en algunas escenas el maniático de Brando tenía sexo sin desabrocharse un botón . En el fondo, películas del talante de El último tango en París, así como La naranja mecánica o Sunset Bulevar, despiertan en muchos  el temor de que un día el arte sacará fuerzas de no se sabe donde  para derribar al menos unos cuantos de  los muchos fetiches que nos asfixian. Si lo dudan, vuelvan a ver la obra de Bertolucci. No importa si  han pasado cuarenta años.