Las huellas de los neumáticos comienzan a desdibujarse en los campus universitarios. Los pasillos administrativos parecen hospitales abandonados. Nadie mira a las j(aulas) de frente, en ellas solo hay una negrura infinita que seduce a muchos en sus cavilaciones cannábicas y a otros invita a movilizar.

 

Por: Diego Hernández Arias

“Todo tiene o bien un precio, o bien una dignidad”

Dany-Robert Dufour

Es interesante que, en un país donde los ciudadanos discuten sobre política solo en tiempos difíciles (o sea continuamente), se adviertan las voces de las nuevas generaciones. Llámese Movimiento Estudiantil o Profesoral; Federación o Sindicato, es llamativo que las movilizaciones de hoy tengan arterias juveniles y ojos de esperanza. Los estudiantes de nuestro país están evidenciando que marchar no es solo un desplazamiento físico sino un acto simbólico en el que se le exige a unos cuantos ganaderos iletrados que sepan administrar el terruño que fue colonizado antaño a machetazos.

Al interior de las Universidades se maneja una discreta y tensa cuasinormalidad. El pueblo habla fuertecito, con argumentos. Hace reconocer que sus derechos tienen cuerpo y que no solo están consagrados en el fantasma de la Constitución, sino que son constructos sociales. Parece que estamos asistiendo al pensamiento de Hannah Arendt: “el derecho a tener derechos”.

Muchos jóvenes tienen certeza del urgente procedimiento cognitivo y técnico que requiere la política colombiana. Colombia sigue como Macondo, suspendida en el tiempo. Aunque es una nación propensa a las averías, ni siquiera por ellas se ha filtrado la modernidad. No hay ni un asomo de sensatez por parte de los agregados de esta finquita.

A excepción de los infiltrados en las manifestaciones, se respira creatividad y una marcada inconformidad no solo en materia de educación sino en el retraso en la toma de medidas político-ambientales, lo que resulta más novedoso para un pueblo que acusan internacionalmente de chambón por poseer muchísimos recursos y aún ser tan premoderno: el país donde hacer conejo; colgar un mico y tocar una guitarra son expresiones artísticas.

Las consignas de hoy, apelan a la optimización de la biomasa; a la preocupación cósmica como base de las formas históricas; a la responsabilidad geo-política y geo-histórica que debemos asumir todos, en especial quienes procrean indiscriminadamente para que figure su nombre en los listados de subsidios paupérrimos que otorga el gobierno nacional.

En términos generales y a pesar del expresionismo exagerado y las ansias y el consumo de bienes y poder, muchos ciudadanos se están viendo seducidos por el ejercicio de derechos y los están promulgando como inalienables.

Por desgracia, nuestro país se hizo acreedor desde hace muchos años a una administración política neofóbica y arcaica y una cifra preocupante de electores que se sume a diario en una hipnosis y un confort soporífero.

Un presidente ridiculizado internacionalmente es, más que un acto merecido, el resultado de la violencia simbólica en la que incurre la misma sociedad, porque en últimas, medio país terminó siendo “cómplice de la dominación a la que está sometido” y los demás, queramos o no, hemos entrado indirectamente en el juego de la espectacularización.

Sin embargo, el panorama no es tan desolador, la inconformidad social va en aumento y los jueces tienen hoy más trabajo que antes. La “lucha” de muchos tiene ecos supranacionales y eso ya es diciente.

En un hermoso país donde aún se manipula la historia a su antojo y se invisibiliza a las minorías, todo resulta ser ya un conflicto de orden público. Todos son extraños y representan una amenaza.

Es afortunado que varios de nuestros representantes políticos se hayan despojado de sus miedos y estén debatiendo –aun costándoles su vida– con el sistema gargantuesco de estatalismo que quiere hasta privatizar, como lo expresó Saramago, “el mar y el cielo, […] el agua y el aire, […] la justicia y la ley, […] la nube que pasa, […] el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos”.

El colombiano promedio asiste a diario a una realidad con altas dosis de horror. Aquí caben todos: los depresivos de fin de semana y los que gozan de su ignorancia autosatisfecha, todos… en una naturalizada monotonía.

Para asegurar su existencia, el ser humano ha recurrido a la autoexplotación; a la producción excesiva para garantizar el rendimiento y la “eficacia” que requiere la nueva industria de la tecnificación y el consumo acelerado.

Hay algunas palabras que se leen en las pancartas de las marchas y que son bien significativas en medio del comportamiento explotador de la sociedad moderna: ¡Incremento!, ¡maximización!, ¡explosión!, ¡estipendio! ¡despilfarro!, ¡corrupción!

Esos conceptos aluden directamente a una administración hipócrita que no ahorra siquiera palabras en los debates nacionales (porque desconoce la prudencia y la cordura). El pánico; la doble moral y el discurso hegemónico son los verdaderos tótems de nuestros gobernantes que están entre exigir el derroche mínimo y decretar el ahorro depresivo con sus políticas de pretendida “expansión” y su discurso imperialista.

La Asamblea Permanente decretada por los estudiantes, así como los paros nacionales e indefinidos de los diversos sectores de nuestro país, está causando pesadillas a todo un gabinete de dudosa reputación.

Las huellas de los neumáticos comienzan a desdibujarse en los campus universitarios. Los pasillos administrativos parecen hospitales abandonados. Nadie mira a las j(aulas) de frente, en ellas solo hay una negrura infinita que seduce a muchos en sus cavilaciones cannábicas y a otros invita a movilizar.

Afuera, en las calles, sonrisas vacilantes; cadenas humanas y bocas circulares, lanzan al aire cánticos, consignas, aplausos. Su protesta es pacífica y va dirigida a una regencia que se ahoga en su Institucionalidad y administra mejor sus miedos que sus recursos.

Un estudiante de música grita: “las humanidades no humanizan, eso es un invento posmoderno”. Mientras ancianas y niños se cuelan en las marchas para animar a la multitud, otros gritan y abuchean desde sus casas liliputienses.

Contados noticieros regionales dan ejemplo y en vez de titular el inicio de sus notas como disturbios, enfrentamientos, terrorismo, vándalos o criminales, asisten al lenguaje creativo que emana de cientos de estudiantes, padres, docentes en formación y en ejercicio comprometidos personal, ética y socialmente con sus derechos.

Aunque el diálogo debiera ser permanente entre gobierno y pueblo, parece forzarse. No hay voluntad política, lo que vemos es que los derechos se conquistan en las calles, se pantallizan en las redes y se disuelven con la represión.

Los problemas de una finquita o villita hispánica como ésta no son tantos, solo un marcado racismo y unos cuantos asuntos de privatización desmedida.

¿Necesitaremos más guerras civiles?, ¿surgirán apocalípticos desesperados y con experiencia en política para que podamos ver avances en este platanal? Seguiremos ensayando, simulando vivir bajo condiciones dignas. Continuaremos contemplando lo peor como posibilidad real.